9.3.13

ERRORES CELEBRADOS

Había un pobre hombre alcanzado a ser barrendero de la santa Iglesia de Toledo, con cien ducados de salario. Y como no cupiese en sí de placer y preguntase otro: «¿De qué está aquel tan alegre?», respondió: «De verse hecho hombre del polvo de la tierra».
Juan RUFO
Apotegmas

Cuando se comprende que la conquista de la felicidad es una meta irrelevante para el orgullo individual, que la descifra como una calderilla lastimosa para franquear analgesia de conformidad a las angustias, y al mismo tiempo se la concibe desde la delicada y poco ensalzada vida imaginaria como una metafísica indispensable para soportarse en las obvias estrecheces de la nimiedad, uno puede disponerse a convivir en el sistema carcelario de la realidad sin darse a mayores intrigas de fuga que el hábito de ser mimado por una desapasionada insatisfacción en la que no falte la justa dosis de animación para seguir olvidando en compañía de contrastes imprevisibles la monótona necesidad de ser feliz. Simulaciones y hechos se suman en la experiencia, y para Jardiel Poncela «hay dos sistemas de conseguir la felicidad: uno, hacerse el idiota; otro, serlo». Conocer de cerca la felicidad equivale a asfixiarla, pero ese crimen no está exento de cierto goce, de una secreta exultación en la que uno puede hacerse desfallecer para dinamitar mejor sus debilidades, autoatentado análogo a las zarabandas recurrentes de la dimensión onírica.

Rarista por nutrición hiperproteica de extrañezas, me gusta soñar porque allí soy el protagonista controversial y a menudo reversible de un guión del que nunca me espanto por disparatado que sea, afición que cultivo más por la costumbre de oficiar lo pésimo óptimamente trabado que por narcisismo, género de destripamiento que me deja bastante apático, quizá por su aridez en la falta de sencillez, cualidad que estimo en mucho porque no la tengo, porque es el modo de apariencia más natural y el más difícil estilo de estar en la escena sintomática de lo humano. Como en un clima aventajado por monzónicas pesadillas, he crecido salvaje, asaltando de mata mi labranza de embarrocado vergel. Desde niño, con un sentimiento sin consentimiento, siempre he hecho lo que me ha dado la gana, es decir, que desde entonces la mayor parte de las veces no he hecho básicamente nada porque no me salía la gana. Y no pretendo propagar que los demás hagan lo mismo —dar ejemplo es restarse soberanía—, basta que no me impidan sufrirme de forma distinta que ellos, pues no ando lejos de la doble personalidad —raíz de yerro doble—... lo que hago público con mi tercera —un acierto casi cierto.

Pintor de críticas morales bajo fisonomías de bodegón, Jan Davidszoon de Heem parece incitarnos a repensar la naturaleza tenebrosa del esplendor mientras contemplamos, con un punto de estupefacción, esta jugosa floresta que a mí me huele a melodía de salterio.

2 comentarios:

  1. Gracias por la referencia a mi abuelo. Un saludo.

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  2. Enrique, el agradecido soy yo, y doblemente además. En primera retribución, por los buenos momentos que el genio de tu abuelo me ha proporcionado a través de la lectura y, en segunda gratitud, porque tu intervención me ha permitido establecer contacto con tu obra. Tus Humoradas van directas a mi sección Fugaderos.

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Aunque uno sea por defecto dueño de lo que calla y prisionero de lo que dice, por aquí gustan las cabezas que no marchan al pie de la letra.

 
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