12.7.15

QUINTA COLUMNA

Allí donde Dios tiene un templo, el demonio suele levantar una capilla.
Robert BURTON
Anatomía de la melancolía. Compárese con el refrán, españolísimo, «detrás de la cruz está el Diablo».

Si la psicología, la sociología, la economía y otras ramas del saber profano no acudieran a demanda de nuestros interrogantes y perplejidades frente a los excesos políticos de la historia; si la corriente casamata de comodidad que frecuentamos al amparo de categorías conceptuales no nos indujera a obviar que aún disponemos de escarcelas repletas de una ciencia simbólica apta para interpretar los signos indelebles de la perduración del factor monstruoso entre nosotros, habríamos de concluir que personajes como Stalin, Hitler, Mao, Paquito Franco y Pol Pot, o las aportaciones de la emérita saga Bush, antes que caracteres humanos son manos visibles de la potencia mercurial y pendenciera que los cristianos llaman Diablo. 

Con mengue o sin él, la monarquía, como la dictadura, es un culto a la unidad de mando que concentra la máxima autoridad en un hombre alfa sin cauciones respecto a lo necio o feral que pueda ser, mientras que la democracia aboga por poner los instrumentos de gobierno a disposición de una mayoría numérica cuya improbabilidad menor es que llegue a estar compuesta o encabezada por imbéciles, situación tan ominosa como la deparada por la plutocracia al ceder la dirección efectiva de los asuntos públicos a los grandes extractores de fortuna aun a sabiendas de lo limitados que se revelen a otros niveles los caciques del peculio que manejan, con secular sigilio, los trasmallos de las operaciones anónimas. Así pues, no el mejor sistema político, que acontece solo en provincias imaginarias, sino el menos vitando en sus funciones será aquel que, al margen de la retórica de sus apariencias formales, impida de buena manera que la estupidez y el oscurantismo influyan decisivamente en los poderes oficiales.

Vanitas de Yuri Gherman, nombre artístico que engloba la actividad pictórica de Yuri Bakrushev y Sergei Gherassimov.

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Aunque uno sea por defecto dueño de lo que calla y prisionero de lo que dice, por aquí gustan las cabezas que no marchan al pie de la letra.

 
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