6.7.15

CON ESTE SIGNO VENCERÁS

Está pasando en la política como ya pasó en la economía de las empresas. A la riqueza personal han seguido las sociedades anónimas. Ya no hay poder personal sino poder posicional. El poder reside en el mandato no en la habilidad personal. Y la habilidad de mantenerse en la posición depende de la aceptación de un juego de poderes anónimos. Todos somos culpables pero nadie es responsable.
José Luis RAMÍREZ
Homo instrumentalis

Salta a la conciencia que no solo los ejércitos y las obsesiones colectivas con emblema divino, también la economía puede ser un arma proterva dirigida contra los pueblos allí donde estos no se pliegan a las concupiscencias de los poderosos. Y no me ajusto pronta y obviamente a un determinado régimen de estafa, cuya legitimidad se confunde con su generalización, que recaba de unos el jolgorio y de otros la caquexia intestada al montante de una deuda engordada con dietas mórbidas, sino de un asedio en toda regla, calculado desde algunos núcleos de decisión que nadie ajeno a ellos elige, para reventar ciertas membranas sociales poco permeables a celebrar la condición de animal de carga asignada por la compraventa de servidumbres. A este respecto, resulta muy ilustrativa la voluntad bimoral —paradójica, suavizaría un pancista— mantenida por organismos multilaterales como el Fondo Monetario Internacional, santasanctórum del monipodio mundial, para desregular a nivel global las ganancias y fiscalizar a nivel nacional las pérdidas, todo ello dentro de un contexto de ausencia de un patrón real de cambio sin el cual puede crearse moneda a partir de la nada y henchir de activos fingidos una riqueza que se cobra coacciones duraderas cuando al fin explota. Insistir en llamar liberalismo —con o sin el neo— al funcionamiento terrorífico de maquinaria tan vaporosa es, a mi juicio despechado, además de una imprecisión semántica, colaborar con la propaganda de quienes, por vocación de ansia o profesión de sinecura, la ensalzan.

Pólvora que tonifica la artillería pesada en las guerras políticas y financieras, la opinión según la cual todos los hombres son equivalentes ha servido por igual a los propósitos omnívoros de los mercados en expansión que al advenimiento de claustrofóbicos sistemas planificados; lo mismo al capitalismo homeostático de los grandes emporios que al capitalismo de economato estatal porque, antes que ser óbice para proyectos disímiles en apariencia, la perspectiva de lograr la uniformidad de respuestas mentales e intereses vitales ha supuesto un incentivo para debelar a quienes aducen que nadie merece tener como norma la merma de ser una pieza intercambiable que se agota en el valor de abuso que puede dar de sí.

Cuanto más irreemplazable se signifique un sujeto, menos vacilará en excomulgarlo como causa de inestabilidad y despilfarro un orden dependiente de esa equiparación de principios y objetivos que se extiende desde, pero sin duda mucho más allá de la fe en el lucro, pues lo que humea sobre el rehús de nuestra encrucijada histórica es el choque inevitable entre cosmovisiones opuestas... y sin recambio.

No esperen de mí mayores finuras que este tintinabulum romano, prisionero del Museo de Arqueología de Cataluña, que es justo recrear a su albedrío en otros atrios listo para poner en fuga los malos humores con el sonido de unas campanillas que en la foto, pillada a un usuario de Flickr, ni se adivinan (las imágenes del museo brillan por su racanería). Bien quisiera oírlo, junto al taladro de las cigarras, ahora que la canícula en mi latitud exige amadrigarse en un despertar incompleto que se agrava hasta licuarse con el mador impuesto al madrugamiento, palabro que acuño a expensas del clásico madrugón donde no hallo esa pochez o arrugamiento anímico que ocasiona el levantarse antes de lo que aconseja el instinto, siempre mal perdedor. «Lo peor no es la calor —dicen por aquí—, sino revolverla con el trabajo». ¡Y cuánta razón tienen!

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Aunque uno sea por defecto dueño de lo que calla y prisionero de lo que dice, por aquí gustan las cabezas que no marchan al pie de la letra.

 
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