13.7.15

EL ESCROTO POR BANDERA

Para un patriota, la mayor gesta está en la jeta.
«La patria es un campamento en el desierto», reza un proverbio tibetano, y Cioran, pensando a justo calvario en otra clase de asentamientos, dejó impreso en Desgarradura que «un hombre que se precie no tiene patria. Una patria es un engrudo».

No por haberlos lucidos abundan los ciudadanos lúcidos, incluso la conjunción de ambas voces raya el contrasentido por cuanto la autoconciencia, que comporta el exilio del barullo popular, tiene de agreste y relamida, pero baste usarla una vez como excepción para aproximar que allí donde las minorías más despejadas hacen buena savia en las gentes que lo son menos, el nacionalismo carece de vigor propagandístico y anda escaso de abonados dignos de ser elididos.

Cuando un territorio respira con el desembarazo de un tejido social que es capaz de funcionar lejos de los tumultos de una cohesión patriótica lograda a costa del pillaje y de un enemigo, real o imaginario, en lo concerniente a sus reservas espirituales; cuando digiere la ilusión mínima de lo nuestro como una norma de garantías públicas y no como una sacra verdad, concurren tantas naciones en él como individuos lo habitan, da lugar a una textura de variadas tesituras que no por ser afines a un mismo acervo y sentimiento de aduar indican la existencia de un caldo de cultivo idóneo para la hostilidad del todos contra todos que anida, bien anudada, dentro del marco de nuestra naturaleza, sino que la pechina de la cúpula cultural compartida se sostiene sin necesidad del pecho que algunas facciones políticas sacan en nombre de la exclusividad, si anhelan segregarse, o de la inclusividad, si temen desmembrarse.

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Aunque uno sea por defecto dueño de lo que calla y prisionero de lo que dice, por aquí gustan las cabezas que no marchan al pie de la letra.

 
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