2.7.15

MISTERIOS

Nicolas Poussin, Le triomphe de Pan
A Iván Sánchez, hombre de mente alada e ideas aplomadas

«Los grandes hombres marcan una línea y, cuando los hombres desaparecen, la línea queda»: sentencia atribuida a Joseph Goebbels que no he podido verificar y no porque, dicho sea a la zancada, al ser yo de los que sienten como un saber genuino que el mejor paso no deja huella haya querido obviar el rastro, sino porque con la frase, que bebí hace años, parece ser que me tragué la fuente... si es que no la imaginé.

Retorno al cañón, surcado por un inescrutable curso de aguas serenas, que tan recurrente ha sido en los paisajes simbólicos de mi biografía sumergida. Simplificando al máximo el mapa argumental del episodio, que se ejercitaba con tensiones crecientes y tenía un desenlace afortunado, un grupo de expedicionarios con Luno a la vanguardia dedicamos las luces que caben en una jornada a avanzar por un desfiladero boscoso del que sólo él conocía la senda certera para salvar las dificultades del terreno, que para algunos superaban con creces los mayores peligros que habían imaginado antes de salir con el Sol y les obligó a encarar un miedo sin cribar ni descifrar, en estado puro, renuente a los procedimientos reductores del pensamiento.

Tras varias horas de internamiento en la naturaleza entre circunvoluciones de trayectoria y una letanía de traspiés, cuando el cansancio rozaba su apogeo hasta en los mejor adaptados al escabroso itinerario, con un sigilo digno de hechicero Luno se detuvo para dar paso a la sorpresa de un espectáculo, preparado de antemano, que se valía de ingenios escondidos en los accidentes geográficos para producir, en respuesta a pequeños estímulos, una batería de efectos especiales a cual más singular: al retirar una piedra en cuya apariencia nadie hubiera reparado antes de activarse la epifanía, ninguno de los presentes olvidará cómo se desató una tormenta que duró apenas un minuto pero caló hasta los nervios de esencias cuanto podía tocarse con la vista en derredor. No menos preciosa de labrar recuerdos fue la alucinación de proporciones colectivas provocada por esta especie de guía y taumaturgo al insuflar aliento por un conducto horadado en la angostura de una cornisa: toda una cascada de sonidos hábilmente tramados recorrió el valle mediante ecos que se encaramaban de forma progresiva a los tímpanos con los atributos de una melodía capaz de evocar desde juegos de sinestesias polícromas a complejas experiencias virtuales relacionadas con el río: yo me viví en su tersura hidráulica con el cuerpo a flote, mirando al cénit y estirando las extremidades a lo largo de una distancia prodigiosa que cubrió en su totalidad, con sus saltos y meandros, ambos sentidos del cauce; la ilusión se disipó cuando los gases que ardían en el hornillo esférico que servía de reloj de nuestro sherpa arrojaron un reclamo que absorbió en un adiós los demás.

Dando tono a peripecias de menor envergadura, llegamos a una torrentera seca que ofrecía un fácil tránsito hasta los aledaños de la civilización y los malditos signos de su afición a barnizar con hormigones los espacios ariscos a la industria. Algún alcalde, eminente sin duda por la combinación de mal gusto y ligereza para recalificar parajes, había mandado erigir, en la falda más amable de la sierra, una terraza cuadrangular, destinada en teoría al descanso de turistas inexistentes, en cuyo centro se erigía la estatuilla de una Virgen que miraba, con el rostro erosionado, en dirección al abismo que habíamos remontado. Esta imagen venía a reemplazar un relieve del Paleolítico que representaba a una joven en actitud lasciva ante la cual, según cierta leyenda local, no había varón, por casto que fuera, que no experimentase una necesidad cósmica en el deseo irreprimible de masturbarse. Una vez el semen impregnaba la flor pétrea enraizada en misteriosos canales ctónicos, emanaba de sus entrañas sedientas un rocío, muy acre al paladar, que dejaba dormido a todo el que lo probaba para despertar en él la facultad de entender el lenguaje de los pájaros a su vuelta a la vigilia. Rememoré una clase de poder análogo en el adquirido por Sigfrido, el gran héroe nórdico, al lamer involuntariamente la sangre que rezumaba del corazón de Fáfnir, el dragón al que había dado muerte, cuando al disponerse a asarlo sobre las brasas hubo de llevarse un dedo a la boca para calmar el dolor causado por una quemadura accidental.

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