24.7.15

ANACRUSA

Gabriel von Max, Mono lector
«No viendo más allá de sus errores, tómalos el necio por aciertos»: incorpórese, si no chirría, esta paremia de mi cosecha al acervo popular.

Una duda me persigue con un millón de caras que conforman la hosquedad de una sola en la necesidad de esclarecer si estuve roto o enterado en cuanto suscribí, pues el criterio de juicio muta bajo el peso de esa millonada miradora que se filtra con la inteligencia de una media entidad, indiferenciada del otro hemisferio que uno se enfunda como identidad, hasta sentirse en crudo la amargura de hacerla dura, no vaya a provocarse la blandura de volver confortable la estrechez de ideas y situaciones que la sociedad propone para ser más parecida a sí misma de lo que puede soportar sin aplanar cabezas.

Más que otros muros interiores, detesto el salto de la lipemanía a la altivez del reduccionismo en que a veces deshago pie cuando reboto por afirmar el paso en vez de dejarlo fluir o sacarlo con decoro de la pista. Más adepto a la ocultación que amante de las transparencias sociales, he de ludir ante sus señorías que nunca busqué la proyección de difundirme en ningún campo —ni ético, ni literario, ni biológico—, y si filósofo es quien crea como poeta la imagen de la realidad que como escrutador habrá de desmontar y como sabio volver a componer con ensanchado esmero, por favor, hagan caso de no hacer caso a mis esporádicos maximalismos; no soy yo filósofo, sino un equilibrista accidental, con la sola red de unos tendones cansados, que terminará cayendo encima del desprevenido que se ponga debajo.

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Aunque uno sea por defecto dueño de lo que calla y prisionero de lo que dice, por aquí gustan las cabezas que no marchan al pie de la letra.

 
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