9.2.13

TALIÓN REVISITADO

Yo, como el demonio, llevaba un infierno dentro; y al comprender mi aislamiento, deseaba arrancar los árboles, sembrar el estrago y la destrucción a mi alrededor, para sentarme luego a gozar en aquella ruina.
Mary SHELLEY
Frankenstein o el moderno Prometeo

Como correlatos menores del mundo cosmológico, psíquicamente vamos de la luz a la oscuridad, de lo unido a lo disperso, de la potencia a la disipación, de lo simple a lo complejo y, sin embargo, la expansión hacia un mayor grado de caos puede albergar fluctuaciones transitorias dentro de las cuales la autoproducción de sentido sea hacedera para volver más respirable el descalabrado sustrato social sin claudicar en un sistema exhaustivo de censores. Desde estas turbulencias excepcionales, me pronuncio a favor de un ejercicio responsable de la venganza como instrumento válido a disposición de quien demuestre aptitudes para emplearlo; de quien no tema llegar hasta el último recodo de su intención.

Habiéndome cultivado mediante un esfuerzo disciplinado entre los estudios y tanteos necesarios para ser un individuo meridianamente civilizado —tradúzcase tal aserto como templado en el autocontrol no a expensas de una asimilación pasiva de los condicionamientos morales recibidos, sino por un interés propio cuyo barrunto mejora al sentirse interrelacionado a larga distancia— no tengo por qué tolerar los desmanes, que son deseos descontrolados o heterodependientes —síntomas y causas de un proceso donde el sujeto se abandona a la barbarie por no dominarse frente a los demás sin el freno de un vigilante externo— de aquellos a los que tenemos la ocasión no buscada de sufrir al cruzar sus intemperancias en nuestro camino. Lo normal al verse atrapado en circunstancias de este jaez, especialmente si el asunto amenaza con desbordarse fuera de toda posibilidad de capearlo o escapa de una razonable corrección inmediata, suele ser recurrir a un representante del orden que haga prevalecer por la fuerza los límites al avasallamiento impuestos por la ley, que con las armas en su poder suele ser la gran avasalladora después del dinero. De antemano nunca doy por descartada esta opción —mis impuestos, mal que los usen, también contribuyen a los gastos policiales—, pero antes debo ponderar si hacerlo supondrá complicar el problema e incluso desposeerme de la oportunidad, no reconocida legalmente, de desagraviarme a mi manera, que para mí sigue siendo la más justa, pues por justicia concibo a rasgos gruesos darle a cada uno lo que merece, tanto en lo bueno como en lo malo, lo que para este específico conflicto exigiría desarrollar una acción contraria proporcional al daño causado más otra que pueda perfilarlo en tonalidad de escarmiento si la gravedad del mismo así lo inspira a la conciencia; por supuesto, no para que el agresor aprenda a conducirse —reeducar a los adultos, terrorífica fantasía moderna— como para que acate la demarcación biopolítica que no le conviene violar: una lección que hasta el mamífero más primario entendería.

Con esta imagen sobran los escolios.

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Aunque uno sea por defecto dueño de lo que calla y prisionero de lo que dice, por aquí gustan las cabezas que no marchan al pie de la letra.

 
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