11.2.13

BAHÍAS

Si necesidad le ha de obligar a escribir, plega a Dios que nunca tenga abundancia, para que con sus obras, siendo él pobre, haga rico a todo el mundo.
Licenciado Márquez TORRES
Aprobaciones a la Segunda Parte de Don Quijote de La Mancha

También yo quiero acostarme temprano con la cabeza desocupada de corales antropológicos, los nervios desfibrados de voltajes foráneos, el redoble silencioso de haber aprendido a enseñarme cosas que ya sabía y la satisfacción estética de haber hecho del mundo un lugar menos horrible, o al menos más inmune a los ecos de tanto hormiguero para bípedos desplumados, pero como apunta el escalpelo de Lardín «lo más penoso de la tarea de escribir es que tiene que hacerse con los ojos abiertos». Puesto que el aludido tampoco yerra al asestar hachazos dialécticos y tomar por las bravas esa luz agraz que bien puede acogerse como reserva de lucidez, suscribo el tajo donde asevera que «destinar energía a hacerse entender me parece un derroche, ha de ser el mundo quien haga el esfuerzo, alguien ahí fuera, y así el que escriba podrá dedicar sus herramientas a intereses mayores, más atroces»... ¿Más aún? Aplazado el asesinato de los demás en uno mismo, que no es del todo un mal recurso, queda pendiente el asesinato de uno mismo en los demás, cual es dejarse de escribir, es decir, de describirse, es decir, de desdecirse: más atroces, que subiditos, para el propio interés del juntapalabras. Y aquí podría intervenir La Bruyère cuando reparte oficios al oficiar que «escribir bien es gloria y mérito de algunos hombres, de otros sería gloria y mérito no escribir nada».

El escritor de casta —bastardo, padre y espíritu santisacrílego de un incestuoso cruce en la continua encrucijada de la que es centro— sabe que no se debe a sus lectores —si lo hace, su musa está condenada a prostituirse en cada renglón—, sino a la matización de sus experiencias llevadas al colmo de la videncia, mas le conviene no apartarse por completo de las miradas que lo recorren para que su mensaje, si realmente es meritorio de ungirse en las babas de la atención y no sólo en los escopetazos de su diarrea mental, pueda remontarse allende su travestismo literario hasta estrujar el gaznate de los destinatarios que claman al urdidor del verbo ser vapuleados con estilo. Sin demorarse por asimilar la actitud en que pudieran hallarse sus otros unos, encerrado a me callo y canto en su torre de espejos —una Bastilla para la conciencia creadora—, el escritor, ambicioso de subyugar su nadería existencial con el enristre de sus secretos, pronto moriría de inanición entre personajes desidiosamente endiosados, conceptos multiplicados por sí mismos que, en el mejor de los casos, dotarían a su agonía de una caleidoscópica autofagia muy digna de ser contada, amena de recibir el último amén.

Death and the maiden de P. J. Lynchun clásico tema que quizá por ello admite ser leído como el trato de obscenidad que media entre el escritor y su obra. 

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Aunque uno sea por defecto dueño de lo que calla y prisionero de lo que dice, por aquí gustan las cabezas que no marchan al pie de la letra.

 
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