6.2.13

ENCOMIENDA RUPTURISTA

Mi avidez de agonías me ha hecho morir tantas veces que me parece indecente abusar aún de un cadáver del que ya nada puedo sacar.
Emil CIORAN
Silogismos de la amargura

Me brotan tantas yemas de ideas que no se me sostiene ninguna y en ninguna me llego a sostener. Más que vacío, me atañe tañerme desprendido en la ventura que se denueda por despojarme de los besos, ahora convictos, robados a las ambivalencias. En esta casa movediza donde nunca se pone la luna y el placer de los aplazamientos solamente es superado por el alivio de la consumación, una pleamar de impronunciables rupturas que hubiese adjetivado de haber podido curarme sin irrigar mis pensamientos con alcohol, pronostican que toda vocación de destino nace con doliente voluntad de rechazo en un parto de ventanas rotas blasfemo por igual para víctimas y verdugos. Comparado con las trampas del mundo, mis asechanzas de contino se revuelven en una contracción en la contradicción prestas para ejecutar la enorme higa abacial que doy por honra de castigo a cuantos próceres e ilustres gendarmes de la vana se rebozan de estupendos márgenes de irresponsabilidad en la fechoría: entiéndase, sólo cuando me creo lo que creo, porque a lo casi mejor, contra toda apariencia, el cosmos es inmutable gracias a los cambios que creemos introducir en el orden temporal de los acontecimientos, y en tal caso nada importa, o no lo es porque cada cambio representa la reestructuración completa del orden temporal, de lo que se extrae en lógica patatera que lo inmutable no es la secuencia de los acontecimientos, sino la propia llave del cambio, y entonces todo vale, como poco, lo que salpica cuando estalla...

Indagando en las arquitecturas quiméricas de las necesidades humanas sin las cuales las triquiñuelas laterales de las que se sirve el instinto de conservación serían más que cuestionables difícilmente creíbles —hemos aprendido a defender de forma automática nuestra integridad física porque damos comúnmente por hecho demasiadas relaciones que no nos exigen ser conscientes para su efectividad—, se descubre que así como el valor de un bien o servicio no depende del esfuerzo ni del tiempo invertido en realizarlo, sino de la relación entre disponibilidad y demanda que define la utilidad marginal de cualquier mercancía, el valor de la libertad no está en consonancia con su papel específico dentro de la conducta, que biológicamente es mínimo, sino con lo que llamo utilidad de conciliación incentivadora; dicho de otro modo: si el libre albedrío al que se remite la espontaneidad fuera una propiedad objetiva del ser, no precisaríamos creer que obramos libremente, como en verdad sucede. Cada decisión individual, por reflexiva que sea, obedece a causas de origen inextricable cuyo proceso de maduración interna ignoramos en lo fundamental a costa de producirnos el convencimiento posterior de su autenticidad. Recordando el hallazgo onírico de una secuencia causal inversa con que ilustraba Nietzsche uno de los cuatro grandes errores en El ocaso de los ídolos, cabe preguntarse con la más sensible de las intuiciones y la razón alerta si es plausible advertir en la voluntad una especie de ensoñación cursada por otros medios, una reconstrucción mental retrospectiva que genera el hábito de una ilusión inteligible como causalidad interactiva. Al rememorar del revés los eventos aceptando el sesgo de poner al sujeto como responsable de los mismos, sólo nos queda alimentar el fetiche de nuestra volición, hambrienta de motivos, para reducir los márgenes desconocidos del ingrato mundo que nos rodea contribuyendo a la creencia de que de un modo u otro lo creamos, todo sea para mitigar el desamparo existencial con una sensación de alivio e integración en la trama de la naturaleza que escapa a nuestro control, pues «es preferible contar con una explicación cualquiera que no tener ninguna» y «la primera consecuencia de esa necesidad es que determinemos que la causa es algo que ya conocemos, que ya hemos vivido, que se encuentra grabado en nuestra memoria. Queda excluido como causa lo nuevo, lo no vivido, lo extraño».

Como a nivel ético soy un inconsecuente funcional con mi visión fatalista —entra dentro del destino la anomalía de negarlo en la proporción que a uno le plazca—, encuentro tan ridículo el poder que otros buscan en mandar como la seguridad que otros hallan en obedecer. La ficción de mi voluntad no se novela entre promiscuidades jerárquicas, más bien lo hace entre pedregales recurrentes donde nada está a salvo de rodar. Lamentable es que me haya perdido de nuevo en un anciano problema de mucho humo y poca lumbre, pero que lo haya hecho con una elocuencia menguada respecto de ocasiones anteriores me preocupa, y cierto que no debería, veo en ello el remanente de un positivismo que adquirí por bisoñez juvenil y en función del cual tiendo a veces a conjeturar que mis orgasmos serán mejores, mis excrementos menos olorosos y mis palabras más sabias, transitables o expertas en disfrazar su torpeza con ropajes evasivos, como esa socorrida amalgama entre pesares propios y malestares generales. «¿Es la Tierra una fruta pasada —podría decir— y la especie humana el peculiar e hiperactivo hongo de su podredumbre noble?» Alto. Me veo llegar. Cuando los sueños conducen al error de la arrogancia, que es la ignorancia entrenada para disimularse, es que ha llegado el instante de despertar.

Imagen cazada en un vagabundeo por estas meditaciones en blanco y negro.

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