20.5.13

POLOS DESCOMPUESTOS

¿Aquello que queremos es realmente la vida o simplemente vivimos para liberarnos de ella?
Sandra BOQUEDANO
¿Voluntad de vivir o voluntad de morir?

Ninguna ley es sagrada, y cuanto más lo pretende, con mayor celo profanará a los vivos en nombre de una instancia muerta o irreal. La libertad tampoco es molde de ley, sino pintarrajo en devenir, un laberinto, la geometría mudable de la experiencia por donde discurre la expresión loca del mundo, y quien se adentra en ella construye su propia prisión, la más grande de todas y también la más engañosa, pues incluye en su deambular a las demás, de las comunes y materiales ataduras a las inabarcables trabas imaginarias. Nadie está libre de ser libre, del continuo ciclo de desmesura y desplome que confiere su profundo sentido irreparable al espíritu, convertido en el instrumento punzante que aúna la tensión entre el apetito de esclarecimiento y la certeza de perdición, entre la elevación insuficiente y la infalible caída. Su destino, símbolo crucífero de dualidades, parece servir de cauce a una radiación ambivalente velada en las ganas de sobrepasarse a sí mismo por hallar la intensidad máxima, la efervescencia del apogeo al que sigue el obstáculo hecho a medida que la exaltación, en la suma disponible de sus fuerzas, nunca puede vencer. Con una lógica desafiante por su obsesiva regularidad, la depravación dicta de tapadillo la única norma inviolable en los dominios del territorio psíquico mediante la torsión de sus dos directrices básicas: porque la vida tiende a ahogarse en la aspiración a querer tomarlo todo, y porque una vez se precipita en la fase de contracción solo puede transformar con volátiles enredos de perversidad las pulsiones tectónicas de su deseo.

Tras los esfuerzos imperiosos de la voluntad no hay satisfacción, salvo que merezca tal concordancia el regosto de una decepción directamente proporcional a la alegría buscada, que llegará a tedio integral de persistir en los empeños. Chapoteando en la nostalgia del fango, pretenciosa en las sublimaciones de sus designios, la volición adoptará a partir de entonces una forma reincidente y cada vez más apagada de afirmarse que adolecerá la intermitencia de un poder carente de energía, marcado por angustiosas complicaciones, donde el deseo de ascender —tanto en su programa trivial de lograr el éxito, como en su vocación trascendental de iluminación— se interrumpe con la evaporación de lo que antes era concebido, aun con otros apelativos, como un sólido ideal de bondad, belleza y verdad, y queda subjetivamente trastocado por el bloqueante adobe de malicia, fealdad y falsedad que le instruye plúmbeos anticlímax.

De cerca, la imponente grandeza que consigue proyectar un humano trasluce, poco menos que más, un combinado venturoso de impotentes bajezas. Entregado a la atracción desestabilizadora de sus polos descompuestos, nadie por nada se colmará. El sueño degenerará en pesadilla; la pesadilla, en realidad; la realidad, en historia; la historia, en literatura; la literatura, en mito; el mito, en fraude; el fraude, en ley; la ley, en frustración; la frustración, en sueño y así, en rotativo descenso helicoidal, hasta trasroscarse el raquis. ¿Un disfemismo? Ya quisiera... de la memez voy díscolo a la melarchía; allí, si me entiendes, nos felicitaremos.

Famine de John Charles Dollman.

2 comentarios:

Aunque uno sea por defecto dueño de lo que calla y prisionero de lo que dice, por aquí gustan las cabezas que no marchan al pie de la letra.

 
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