6.5.13

IGNOMINIAS (selección)


José de Ribera, Magdalena Ventura con su marido
Como forzar la fuente a dar lo que no fluye es arriesgarse a hacer un lodazal del santuario, traigo en sosiego del manantial habitual un acopio de epigramas que desmembré, con algún relato de entresueño mediante, durante la convalecencia de un accidente que casi me tritura la vida en la primavera de 2003. Sobrevivir significó un renacimiento desfibrado en la crueldad que me obligó a discernir, por nuevos canales, lo esencial de lo accesorio. No habré vivido mucho, pero he muerto varias veces. Que en la actualidad, al releerme, me reconozca y no pueda suscribir con un sentimiento de legítimo orgullo muchas de las opiniones expresadas sería un certificado de haber ganado en amplitud de miras si excluyera la constatación del deterioro que supone, por contraste, entenderme más roído de colmillos. ¿Habría pensado lo mismo de haberme visto ahora con los ojos de entonces?

Sin mayores preámbulos ni conmemoraciones, disfruten a su malicioso capricho de aquellas mordeduras que quise asestar ignominiosas:


La disparidad irreconciliable entre la mayoría y el invasor hiperbólico que, para abreviar, suelo promulgar en un yo, obedece a la ecuanimidad empírica: mientras ellos esperan mansamente que Dios, la Suerte o el Destino les resuelva el enigma de sus vidas al culminar en la muerte, yo me despeñé en los abismos del tiempo desde las áridas cumbres del saber cuando tuve el primer indicio de poder asegurar algo, aunque sólo fuese la dureza de mi calavera.

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La vida me agota porque no la agoto, pero durante ese intervalo crepuscular que va del deseo a la desilusión concentro una riqueza tan gloriosa que podría sobornar a Dios.

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Censurar es un complejo: se reprimen conductas ajenas por pánico a consentir los propios vicios; lo cual es de por sí un consentimiento desviado.

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Siempre que entres en un laberinto pregúntate de que otro enredo estás huyendo.

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Vagamos en el dédalo de la existencia ignorando que estamos perdidos, pero al vislumbrar la esencia caótica de nuestro recorrido nos extraviamos definitivamente... Claro, que siempre conforta el depravado orgullo de haber ensombrecido la oscuridad por sumar un laberinto singular al laberinto original.

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Quien no valora el ocio teme secretamente perderse en su espíritu, o mejor, en su ausencia de goces espirituales. Y es esta incompetencia para crear un mundo interior la que anima a desvirtuar como inútiles a los que saben caer en sí mismos.

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CONDENADO A LA TRANSPARENCIA. Una vez que se ha visto, los párpados se desvanecen.

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La medida de nuestra fuerza individual se expresa en la virulencia con que la sociedad nos reprende.

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Si dispones de un gran capital y vives miserablemente sólo mereces que te expropien. En cambio, si a pesar de tu jugosa fortuna te arruinan las ambiciones, bendice tu suerte: el destino te ha proporcionado el lugar que te correspondía.

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HACEDORES. Todo lo justificable es impermisible; todo lo intolerable está permitido. Comprendo a quienes, sabiéndose mejor individualizados, aspiran a debelar al resto elevando sus deseos al rango de dogma; pero también entiendo a los que, hartos de esclavitud, se rebelan contra los tiranos en ciernes: ambos están hechos de la misma pasta maldita cuyo molde es la insatisfacción.

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Schopenhauer: «Pero ¿qué significa ofender a alguien? Significa desengañarlo de la buena opinión que tiene de sí mismo» —y de la mala, añadiría yo.

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La dignidad es un patrimonio intransferible que prospera o decrece con nuestras cualidades. Si en verdad somos dignos, al oír declamar dignidad humana deberíamos ofendernos con el hedor caritativo de este falso concepto que a tantos seres mediocres pretende consolar, ya que cada persona es una bestia hasta que no demuestra lo contrario.

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ANANTROPOLOGÍA. No se puede definir al Hombre porque, sencillamente, ese majestuoso señor no existe. A preguntas huecas, respuestas vacías.

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La ventaja de ser humano es que por mucho que te analices, jamás obtendrás un conocimiento concluyente de tu naturaleza; la desventaja, exactamente la misma.

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A un intelecto riguroso no le basta con ver; debe pensar lo que ve y, por encima de todo, pensar cómo se piensa lo que está viendo; ver cómo se piensa lo que está pensando.

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Haz de cada día una vida y de cada vida una preciosa muerte.

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La burla hiere más profundamente que la negación, puesto que para anular es preciso un acuerdo en lo esencial, mientras que la risa —maremoto del sarcasmo— transgrede su objeto desde todos los ángulos, lo deshace sin necesidad de oponerse. De ahí que la habilidad crítica por excelencia no sea la argumentación beligerante ni el reproche cruel, sino el dadivoso humor que habiéndose instalado sobre un colchón de indiferencia, sólo se levanta para corroborar la eficacia purgante de su ironía acumulada.

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PROFILAXIS. Primera lección: aléjate de la sobriedad cuando hayas olvidado tu última fiesta. Segunda lección: vuelve a ella cuando no recuerdes el desenlace de tu último homenaje.

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Frente a la absurda noción —¿y qué noción no lo es?— de un Dios omnipotente creador, opongo mi versión del dios final producto de la autoconciencia del cosmos en descomposición, que habiendo comprendido súbitamente su ilimitado delirio de formas y azares comete la única, suprema acción de suicidarse.

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Descartamos como primitivo o salvaje aquello que nos parece inútil y, en cierto modo, incomprensible, pero no hay nada tan fatuo —tan adolescente— como la manía civilizada de renunciar al estudio de lo superfluo.

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Si no eres capaz de encontrar los mejores bienes en ti mismo, tal vez llegó el momento de recrearte con tus males, porque fuera de tu alma no hallarás tesoro sin ponzoña.

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Tanto me gusta la muerte que rehúso de ella por temor a estropearla.

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AUTOTEDIO. La sociabilidad es sospechosa de insociabilidad con uno mismo. El anhelo de compañía responde a la urgencia de anestesiar la sarna que uno es para sí y contagiar al resto las flatulencias mentales que, sin público, terminarían reventando. 

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Amar al prójimo es la reacción morbosa ante las torturas que uno pueda ocasionarse en soledad.

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PSICOLOGÍA QUE NUNCA FALLA. «Díme de qué presumes y te diré de qué careces»... ¿Amas la vida sobre todo lo demás? ¡Falso! Lo que ocurre es que la perspectiva irremisible de la muerte te horroriza. ¿Te gusta escuchar a los otros, compartir tu tiempo con ellos y demostrarles tu interés por sus asuntos? En el fondo huyes de tu angustiosa monotonía. ¿Lo que más te apasiona es viajar? Signo inequívoco de que la rutina te ha vencido, o quizá ni te atreves a recorrer tu geografía interior y la sustituyes poniendo tierra de por medio. ¿Eres un devoto creyente? ¡Falacias! Tan culpable te sientes, que para evitar un posible castigo divino lames el altar más asequible. ¿Tu debilidad son los niños? Lo que pasa realmente es que ante el espanto que despierta tu vejez, vampirizas cualquier indicio de vida, especialmente allí donde más pura se manifiesta. ¿Prefieres la dignidad del trabajo a perder el tiempo sin hacer nada útil? Está claro: muy poco debes valer cuando ni tu ocio te estimula; desempeñarás a la perfección tus funciones de hormiga, pero para desarrollar las dotes de tu sensibilidad eres un necio.

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Puede que la soledad no sea confortable, sino oscura y dolorosa, pero la sociedad es oscura, dolorosa y, además, idiotizante.

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Quien teme sus deseos está deseando sus temores.

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La muerte es un manantial de sueño que recibimos cuando hemos evaporado lo que podríamos soñar.

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Si los gusanos te roen, ¡cómetelos!

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En la inspiración sólo hay espacio por llenar, mientras que en el tiempo el espacio que poseemos —que nos posee— se quema.

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En muchos sentidos escribir equivale a defecar: si no lo sueltas, te pudres. Empero, nada huele tan lascivamente como un manuscrito sazonado de putrefacción.

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El azar es nuestro destino y predispone, imprevisiblemente, la cantidad de energía que cada ser puede disolver en el tiempo; la calidad con que esa fuerza se desenvuelva nos afectará siempre, pero es ingenuo confiar en la voluntad para gestionarla: su influencia es un factor en juego, la ilusión de una especie que al estar condenada a la inanidad sólo puede apostar por su arrogancia.

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Quien no añora la esponjosa intuición de la infancia demuestra que sigue siendo un niño.

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Prevenirse del miedo es temer virtualmente lo peor a efectos de no hundirse cuando suceda.

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Bello es aquello que me supera y, sin embargo, no me afea.

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Si las ideas estuvieran ausentes, los hechos se derramarían inundándonos de ambigüedad, pues no hay fluido que conserve la honradez sin envase.

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Tengo mis fórmulas, pero sólo prolongan la incógnita elemental.

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La verdad no está contenida en los hechos, mucho menos en la fe —que es la estrategia de sobreponerse a los hechos—; la verdad se ha escondido en el último miedo.

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No es extraño que las virtudes actúen como enzimas de corrupción; los defectos sólo nos ayudan a soportarlas.

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En todo momento deberíamos ser recíprocos con la sociedad, es decir, que al individuo desfavorecido, injuriado o estafado por los avatares que lo vinculan a un grupo habría que permitirle atentar contra las instituciones que se nutren de su ordinaria pleitesía. La política estatal seguirá siendo un abuso mientras el desafuero no sea reconocido como derecho inalienable frente al acoso de las circunstancias. Hume lo tenía claro: “No estoy obligado a hacer un pequeño bien a la sociedad si ello supone un gran mal para mí”.

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Si conociésemos el futuro por anticipado no haría falta tomarse la molestia de corregir el presente: antes de reflexionar ya habríamos sido fulminados por el hastío.

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Tal vez detrás de cada suceso exista la palabra secreta que lo conjura con precisión absoluta, tal vez responda al lenguaje de un creador; creador que a su vez pertenece a la creación de otro creador: creadores superpuestos que se remontan en torbellino al infinito y castigan con irrisión los intentos de objetivar la realidad.

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Cuando el poder legisla quiere reparar sus vacíos, expiar sus culpas: elude ser juzgado haciéndose inquisidor.

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Tan artificioso me resulta una naturaleza que evoluciona de formas simples a complejas y de simios a hombres, como otra diseñada por algún dios en prácticas o decididamente tarado. Mi intuición analítica confirma más bien lo contrario al proceso evolutivo, o sea, que la tendencia natural es reducir los organismos a su máxima sencillez (incluso la todopoderosa muerte se declara a favor de esta hipótesis cuando obliga a la disgregación inorgánica de las estructuras más sofisticadas) y que el fenómeno humano es un accidente acaecido entre dos inmensas épocas de monopolio bacteriológico. En cuanto a la posible genealogía de este singular fenómeno, me parece un despropósito relacionarlo con los fortuitos residuos óseos de las especies extintas que tuvieron la desventura de ser vagamente similares. A veces se me ha ocurrido pensar en el hombre —o despensarlo, que para dispensarlo de otras intrigas no estamos— como un producto de sí mismo en el sentido más literal de la expresión. No sé cómo articular esta idea que pulula en mi cráneo con impulso automático, pero trataré de esbozarla: supongamos un intrincado futuro donde es factible viajar en el tiempo. Supongamos a los científicos ensayando diversos prototipos humanos en la prehistoria con la esperanza de esclarecer el mapa genético del eslabón perdido tras la iniciativa fallida de distribuir sistemas de vigilancia etnobiológica. Supongamos que uno de esos prototipos se establece y comienza a reproducirse hasta desplazar con el tiempo a sus competidores. El ciclo de la historia se cierra con una paradoja: el hijo habría creado al padre a su imagen y semejanza.

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UN TRAUMA IRREPARABLE. Nuestros genes incluyen la tentación de modificar los genes, y sospecho que es el asco la causa original de esta inquietud. No podría ser de otro modo: la arcada con la que Dios —intoxicado por su narcisismo glotón— expelió al hombre perdura en la intimidad de cada proteína.

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A los muertos se les lleva flores para que, simbólicamente, no apesten nuestra conciencia.

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REFLEJOS. Desde la vida soñamos la muerte como una suerte de secuestro inescrutable, lo que quizá garantice que desde la muerte estamos soñando la vida.

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Sólo las mentes demasiado lógicas son propensas a la locura.

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Toda proposición es verdadera a condición de ser sinceramente falsa.

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¿Es el ∞ un reloj de arena durmiente o es el reloj de arena un ∞ en erección?

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Los pueblos avanzados viven la tragedia celebrando el mundo; los superiores, además, procuran conocer otros mundos. 

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Un nómada recorre el espacio; al místico el espacio lo recorre.

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Mi espíritu no es apto para la religión, sino para el mito. ¿Y qué es lo mítico? La sustancia con la que se elaboran nuevas respuestas para viejas preguntas, y de la que brotan viejas respuestas para nuevas preguntas. Los pueblos, las culturas y hasta los dioses mueren; el mito permanece.

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Nada que hacer por hacer que nada se haga.

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NECESIDAD DEL ANTAGONISMO. Me gustan los buenos: junto a ellos puedo sentirme gozosamente malvado; también me gustan los malos: su compañía realza mi probidad.

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La elocuencia es un feudo de la duda... el maquillaje galante del alarido.

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ETERNO RETORNO DE LA PIEL. Del mismo modo que los papeles que representamos en la vida se repiten generación tras generación con escasas variaciones, las facciones del rostro se reiteran como máscaras para la escena cuando el tiempo estima que no serán reconocidas.

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LATITUD DE LA SORPRESA. Hay túneles que atraviesan el cielo y nubes cuyas rutas terminan en el infierno.

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Leer es un acto divino que resucita los textos, mientras que escribir es la histriónica enfermedad que desguaza la vida en palabras.

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En la actualidad nadie ve a Dios, pero todos se miran en Él.

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Mis órganos no se ajustan con nada ni con nadie, forzándome a una promiscuidad caníbal.

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Entre el cura que reparte hostias y el camello que trafica con pastillas sólo hay una diferencia destacable: el primero ha obtenido un nivel de dominio que le permite el lujo del placebo.

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¡Cuán feliz soy retocando mi infelicidad!

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Lo repugnante de la acción no es el cansancio que acarrea el esfuerzo sostenido, sino la fe que reclaman los nervios para funcionar a voluntad.

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Efectivamente, soy un rotundo fracaso: en lo que invierto más interés es en la apatía, pero ni siquiera esa ocupación me interesa...

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El auténtico pensamiento no se razona, se padece: empuja a la voluntad al vértigo de la inutilidad y horada la carne que lo mantiene.

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Un erudito sólo puede aspirar a la condición de mecánico de ideas; para la sabiduría, sin embargo, hay que estar dispuesto a delirar en el despojamiento del delirio y a brillar a costa de terribles apagones.

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La virtud de un concepto no consiste en servir al intelecto cual si fuera una pieza reglamentaria, sino en arrastrarlo al extremo de sus posibilidades orgánicas.

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La verdadera conciencia ecológica debería ser exculpatoria, no represora. No sabemos si sabemos más que un protozoo y, a pesar de tan lamentable incertidumbre, algunos padecen la jactancia negativa que atribuye al humano el rango de criminal con el medio ambiente, cuando si algo puede afirmarse de nuestra especie es que sufre su presencia en la naturaleza como un chantaje irreversible: la mezquina expulsión del paraíso.

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Quienes nos atrevemos a morder la manzana prohibida merecemos ser temidos como la Serpiente, amados como Jesucristo y disculpados a imagen y semejanza del imperfecto Universo.

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En un bostezo hay más profundidad intelectual que en mil universidades.

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No es un vanidoso consejo, sino el mensaje cauterizado en la herida de un titán: cuando aprendas a volar, recoge las alas.

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Hay más mérito en la desilusión que en el empeño de alcanzar un objetivo, aunque sea de capital importancia. El desengañado conoce al menos el mísero valor de la vida, mientras que el esperanzado sólo le ha puesto precio a sus días.

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Y, después de tantos sueños plutónicos, ¿quién quiere la minucia de ser Dios cuando tiene toda la vida para arrepentirse de ser hombre?

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Los sistemas filosóficos evocan sospechas afines a las grandes catedrales: el esplendor arquitectónico enfatiza aún más la debilidad espiritual de sus fieles... Por una vez mis incoherencias están a mi favor, pues rara vez una verdad desacostumbra a presentarse caprichosamente.

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Mi improductiva perplejidad sabotea mejor al mundo que cualquier actitud crítica por subversiva que parezca. No hay criterio más correcto —y, a causa de ello, más conflictivo— que la serena ausencia de criterio.

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TENEBROSA CORRESPONDENCIA. Si la vida tuviera sentido yo perdería el mío.

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Hace falta un gran coraje para tomar una indecisión.

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Engaña vilmente quien presume de haber comprobado la verdad: las verdades no se descubren, sólo pueden inventarse por el choque atroz de la revelación.

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Seis mil millones de individuos necesitan un cortocircuito gracias a las secuelas de las buenas costumbres que ha cultivado la civilización. Si se hubiesen incentivado varias generaciones antes la soltería y el aborto, además de distribuir gratuitamente el equipo y la medicación necesaria de asistencia al suicidio; si la gastronomía antropófaga fuera objeto de un prestigio superior al premio Nobel, la vejez se catalogara entre las conductas más procaces y las campañas de esterilización gozaran de autoridad moral sobre las expectativas de las familias y los cálculos pecuarios de la economía, quizá el presente no estaría hundido en los aciagos caudales de miseria y tiranía que los demagogos tratan de solapar con maniobras de exaltación humanitaria. Es ridículo comprobar como un mundo que se vanagloria del poder de su ciencia carece de rigor para aceptar que la especie humana ha llegado a representar una epidemia para sí misma, y tampoco sería un alivio si al fin lo hiciera: demasiado tarde. Los escasos valores vigentes quedaron obsoletos hace más de un siglo, pero quienes lo advirtieron con más vehemencia fueron menospreciados sistemáticamente o vejados en los frenopáticos de la maldición histórica; ahora, en plena resaca de las melopeas codiciosas del progreso, tan arrulladas a su modo farisaico por la sombra ulcerante de la cruz, la decencia sólo es compatible con el exterminio. Seamos sinceros: quien contribuye a la propagación del hombre no sólo está cometiendo un crimen contra su independencia, sino contra la prosperidad global, uno de cuyos tesoros, por escaso, es la sensatez. Y por sensatez, precisamente, conviene recomendar a quien se reproduce la loable acción de ofrecer a cambio un sacrificio: alma por alma, su vida por la que viene.

2 comentarios:

  1. Qué disfrute de lectura.
    Gracias.
    (Se) Muerde usted con tino salvaje y bello.

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  2. Antero, el enriquecimiento ondula recíproco: constituye un suculento hallazgo para el navegante marginal el miradero y cónclave de finas lenguas que vuestra merced preside, tan gallardo en sus semánticas como un jamón bellotero en la cocina.

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Aunque uno sea por defecto dueño de lo que calla y prisionero de lo que dice, por aquí gustan las cabezas que no marchan al pie de la letra.

 
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