17.7.12

OTRO SUEÑO

¿Qué es el conocimiento, en el fondo, sino la demolición de algo?
Emil CIORAN
Conversaciones

Las malezas de la ribera congraciaban el hipnótico efecto del grillerío jurquero con el perfume que, irisado de eutanasia, salía disparado hacia la raya del ocaso por las trompetas de daturas. Con vista antes que con retina, advertí la flecha de un ofidio dividiendo el arroyo en siseantes trazos por la diagonal más reposada de su cauce. Sin mediación de propósito alguno, con la misma intrepidez que de pequeño me impelía a dar alcance al reptil sorprendido en la oquedad de un tronco o bajo una matriz de piedra, me hice brazos tras ella —el cura de mi barrio, de quien siempre desconfié por instinto como él de mí, me impartió la segunda venganza bautismal con el apócrifo nombre de Culebro—. Aunque la serpiente se revolvió en el agua, no fue difícil capturarla; lo peor fue mantener asida su cabeza mordedora que culminaba indómita el tesón de una musculatura enfundada en el arcaísmo de su pulimento escamoso. Casi a punto de recibir el bocado traicionero que quizá merecía mi intromisión en su mundo, detuve la otra boca que tenía en el extremo donde había confiado ubicar el remate de la cola. En el interregno del pulso establecido entre nuestras fuerzas, comprendí que son las circunstancias atravesadas por la insignificancia o el absurdo las que bruscamente nos apuran a despertar para mirar las cosas en su insoportable crudeza. Como en grumos de insoluble realidad, en un instante pensé lo insuficiente que resulta componer explicaciones suficientes para la existencia, que llegar al centro del laberinto sólo es haber alcanzado la mitad del recorrido y que el ser más perdido de todos es el que vive en la certeza de que no lo está.

La lucha se prolongaba en contra de lo deseado por ambas partes; casi de buen grado hubiera tomado una porción de su veneno dosificada mediante el rito veloz que tanto pavor inspira, pero el saurio que también soy se negó a soportarla después de sentir la humillación a curvas de frialdad enroscarse en mi antebrazo. Apreté más y supe con un espanto de límites rotos que acabaríamos pronto, no había otra opción. Ladina, fingió disminuirse a mi reavivado empeño de victoria. No la creí; tampoco nadie hubiese podido presagiar lo que ocurrió a continuación: desde el interior y a lo largo de su anatomía, cubrió su abrazo conminatorio de espinas cónicas, recias, marfileñas, dignas de un cactus criado en la soledad desértica hasta el paroxismo defensivo de la intimidación. Ni por esas cedí el esfuerzo a la fútil transcripción que obtuvo mi resistencia en la vida que entregó el enredo de alimaña con el donativo múltiple de la punción. Antes de desmadejarla por completo de mis carnes lastimadas, mientras contemplaba con un germen de culpa el extraño maridaje de sangres frías y calientes, insistí en aceptar, como se acepta una resaca, que lo propio de fantasmas es el convencimiento de ser el superviviente menos refutable de un cosmos entretenido en reproducir la huidiza complejidad de materias elementales que, acaso, ni son.

Sobria visión del enfrentamiento entre Zeus, muy jamonoso a la izquierda, y Tifón, la deidad engendrada por la unión de Gea y Tártaro que protagonizó el último intento de vindicar a la raza derrotada de los Titanes.

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