7.7.12

EL INCREÍBLE HOMBRE MENGUANTE

No nos contentamos con la vida que tenemos en nosotros y en nuestro propio ser; queremos vivir, en la idea de los demás, una vida imaginaria, y nos esforzamos por esto en parecerlo. Trabajamos incesantemente en embellecer y conservar nuestro ser imaginario, descuidamos el verdadero. Y si tenemos tranquilidad, o generosidad, o fidelidad, nos apresuramos a hacerlo saber, con el fin de vincular estas virtudes a nuestro otro ser, y estaríamos dispuestos a arrancárnoslas para unirlas al otro; y con gusto seríamos cobardes con tal de adquirir la reputación de ser valientes.
Blaise PASCAL
Pensamientos

La exhibición estética como ideología de la sumisión a las apariencias facilita el autoengaño de creerse los papeles que la sociedad le va asignando a cada uno, una sociedad fascinada por el voraz consumo de espectáculos que se entrega con morbo al espectáculo feroz de su consumación. A través de las telarañas públicas que los ingenuos llaman redes sociales, se efectúa la última fase de expropiación de la personalidad con las maniobras envolventes de un imperialismo agasajador que ofrece sus tropas de mascaradas interactivas como una difusión de evasiones accesibles al reemplazo de lo que uno es por lo que todos, en la fachada, quieren representar. De este modo, uno cree multiplicar sus posibilidades de relacionarse configurando a capricho el guión de sus días sin saber que lo más probable es que empiece a menguar atrapado por los tentáculos invisibles de un Leviatán que, a cambio de sangre, proveerá deslumbrantes carmines: lo esencial es hacer del hombre un extraño para sí perdido en una atracción controlada donde podrá adoptar cualquier identidad, poco importa cual sea, siempre que se atenga a la estrategia prefabricada. Ha sido necesaria la cosmética virtual de una servidumbre customizable para socializar lo íntimo y privatizarlo después en beneficio de otros que no son los sujetos originales; sujetos que se ven reducidos a artificios disponibles sin descanso en un perfil enajenable; sujetos abaratados en los dispositivos dinámicos de la seducción abierta que promueve la dictadura evanescente de las mercaderías; sujetos de derecho devenidos, finalmente, objetos de hecho tras los puntos de fuga que parecen sitios de encuentro dentro del régimen mediático que los grandes negociantes pergeñan para obtener un reclamo perfecto sobre los artículos reales, que de complementos subordinados al uso han ascendido a una posición de culto que los reviste del halo mágico procedente de una glamurosa mistificación en virtud del influjo publicitario por el cual simulan cobrar vida y ganar alma a medida que el usuario va decreciendo en el escaparate total donde está condenado a banalizar su propia extinción en lúdica, y quizá inadvertida, complicidad con los tratantes de ganado humano. La razón del éxito de tales trampas comunales se explica porque a la gente le encanta la gente cuando comparten el espejismo de fetiches semejantes, señas de reconocimiento que calman la ansiedad del extravío de no poder ser o de ser un no poder.

Tal vez demasiado pronto olvídanse los individuos de que son antes de tener que calumniarse por entrar en una categoría de identificación, pero el poder, que carece de sustancia ontológica, sólo encuentra la paz encasillando a los súbditos dentro de su radio de ficción. Inventa, promueve, coadyuva y organiza para ello modelos de identidad, estereotipos que condensan clichés, en alianza con el adoctrinamiento comercial: si el primero establece cómo ser a partir de un repertorio de patrones de pensamiento y de conducta, el segundo determina con qué adminículos lograrlo. En el fondo, lo que está verdaderamente en juego tras los ritos inofensivos de la representación social es la irreconciliable simultaneidad entre la autenticidad de la vida inmediata y la falsedad instituida que se ocupa de mediatizarla haciendo del mundo un postizo que extiende el escenario de las maquinaciones autoritarias allí donde la espontaneidad amenaza con entrar en escena y desbaratar la función. Desde el instante en que el individuo acepta representarse tal como se espera que actúe, se compromete de lleno con el mecanismo que define los límites y proporciones de su comportamiento, cuya sucesión de cotidianidades asumirá con la satisfacción de no tener que preocuparse por su autocultivo al descuido de su aparente otro y en verdad genuino ser: ha aceptado la misión de interpretar un títere que es más cómodo y menos arriesgado que el voluble desafío de interpretarse a sí mismo sin la muleta de un personaje. De la imprevisibilidad y desahogo en toda su riqueza que es sinónimo de pasar a la vida, retrocede hasta un posar en vida que finge ser la antítesis de lo muerto mediante la renovación continua de lo perecedero, informales o ceremoniosas actualizaciones que no son otra cosa que la adaptación al ritmo de las mismas cosas, cosas con las que los conflictos, simulados, entre marcas desfiguran los conflictos, reales, de clase que si fueran reincorporados a la intensidad del sentimiento podrían marcar otro ritmo de acción y de creación a pesar, incluso, de las cosas mismas.

A renglón torcido surge la duda: ¿qué ocurre con quienes fracasan, bien por no acomodarse a los roles que les toca caracterizar, bien por haber rechazado conscientemente el rebajamiento de una obra que se encarna a costa de desnaturalizar a sus actores en la imagen adulterada de uno para todos y de todos para uno? Flotarán a la deriva sobre la vanidad colectiva sin poder mezclarse con la corriente ni ser eliminados por completo de la teatralidad, convertidos para la galería masificada en unos residuales locos y gandules, los averiados marginales que al ser propensos a nada en particular se vuelven especialmente peligrosos para poner en entredicho la credibilidad del conjunto, cuyo valor general tiende a la nulidad que los integrados, lejos de admitir, redirigen hacia una repulsa de la desviación que reserva a los inadaptados el signo indeleble de la sospecha. Y cuando por su número o repercusión los postergados estorben demasiado el ejercicio multitudinario del embuste, se evacuarán hacia campos de ocultamiento, deslugares de reclusión indefinida aplaudidos como refugios donde el poder, que se encarga de vigilar el estado del simulacro, procurará aislar la inconsistencia que el sistema, con su afán de extrapolar su permanencia ilusoria, remite mostrencamente a la periferia.

Rodada en 1957 por Jack Arnold, la imagen promocional de la película que tan laudatorias críticas atesora desde entonces y da título a la entrada.

2 comentarios:

  1. "Nada le es más desagradable a un hombre que tomar el camino que conduce a sí mismo", dice Herman Hesse en su novela Demian. Creo que lo que escribiste da cuenta de todo esto, y es evidente que va mucho más allá de las llamadas redes sociales. La gente ya era así antes de que aparezcan. No es fácil ser quien uno es de verdad, pero la recompensa es no es equiparable a ninguna otra cosa en este mundo. Es la satisfacción de que podés irte del mundo tranquilo, porque seguiste tu verdad, y no te vendiste por la de nadie. "Los hombres con valor y carácter siempre les han resultado siniestros a la gente". Saludos, que estés muy bien.

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  2. Bienvenida y bienhallada, Emilie.

    No podía ser más adecuada tu llamada de atención sobre el hecho que oportunamente ilustras con palabras de Hesse. Es más fácil creer en cualquier cosa, mejor cuanto más abstracta, unitaria e inabarcable parezca, que confiarse a la subjetividad, cuya fundamentación procede de la voluntad solitaria que la busca dando un rodeo por el mundo donde, acaso, no hay lugar para ella, ni siquiera el mínimo reconocimiento que serviría para anclarla al alivio de una realidad superior.

    Un abrazo.

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Aunque uno sea por defecto dueño de lo que calla y prisionero de lo que dice, por aquí gustan las cabezas que no marchan al pie de la letra.

 
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