28.4.13

EXCURSIÓN AL DESMAYO


Hay que seguir viviendo a pesar de todos los firmamentos que se hayan desplomado.
David Herbert LAWRENCE
El amante de Lady Chatterley

Para un niño, el mundo se divide en cosas agradables y desagradables con breves fluctuaciones entre ambas; para un espíritu desgranado, ya no es posible efectuar ese taxativo deslinde: lo desagradable ha llegado a ser el mundo todo, y lo agradable se acopla al sentimiento de perfecta aunque lúcida ausencia que de manera esporádica proporciona, precisamente, el contacto irresistible con las ruinas de las cosas. Tanto se busca esta salida, tanto se pierde uno al cruzarla, que nos creemos dioses porque no tenemos dioses, porque obviamos que son los mismos dioses quienes nos han hecho así, pulpa de adioses.

El paso de la laguna Estigia de Joachim Patinir, obra que puede verse en el Museo del Prado.

3 comentarios:

  1. Me encanta tu juego de palabras con dioses y adioses. El espíritu desgranado es, espíritu al fin. Decir que este mundo es desagradable es al fin de cuentas eso: manifestar algo. Lo malo es cuando ya todo es tan lo mismo que pareciera ser que ni siquiera existe un espíriitu. Solo un montón de asquerosidades ocupando un lugar físico en el mundo.

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  2. Buena observación, Emilie. Lo malo, lo que apunta a lo peor, es llegar a verse tan contaminado por los detritos del mundo que no se logre distinguir el espíritu de un chapapote interior, y se acepte como normalidad lo que solo es un compostaje de horrores. Si me sintiera menos próximo a la disonancia, te diría que hasta ese deterioro por descomposición puede asimilarse al nigredo, la primera fase en el arte de la transmutación según la alquimia, que entendida como ciencia del ser no se propone un simple cambio de estado (insuficiente para trasciender la cadena de ilusiones), sino el encuentro con la imagen real de sí mismo.

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  3. Que a nadie asombre lo que el ojazo no vio hacer a la manaza: el mecanógrafo traicionó al léxico por un inexistente trasciender (gracias por advertirlo, Rosa).

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Aunque uno sea por defecto dueño de lo que calla y prisionero de lo que dice, por aquí gustan las cabezas que no marchan al pie de la letra.

 
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