23.4.13

METANOIA

¡Ahorrad a los planetas que os desconocen la huella infame de vuestras pisadas!
Rigoberto SOLFERINO
Locus amoenus

Mi genio quedó atrapado dentro de la botella que en un deliberado despiste vacié previamente de conciencia en la transición de virtudes al anochecer. En alguna latitud llegada a holganza de bitácora, esa ampolla rodó después mástiles arriba cual sonda de veneno galáctico hacia las profundidades que ejercen su respiración omniausente bajo el encantamiento persecutorio de las esferas. A hendir de entonces, ergo todavía, ha irrumpido aquí abajo la primavera que tanto me inaltera en una primera fase, y de permanecer cerrado a alterarme en una segunda me descompone, a mayor abundamiento, sin que por ello deje de estar quieto, calma huesa cuyo precio cabizalado conlleva una deuda de altura harto incomunicable a ras de mueca.

Sea por fobia reciclada a cualquier tiempo pretérito, sea por asentir con un ápice de expectación los vítores de novatores y transhumaníacos, el auge animista de la tecnología (electrocracia) que engalana hoy el declive espiritual (psicopauperización) difícilmente podrá obrar portentos de evasión poética en el aire viciado de grisura que confiere a la tragedia su cualidad cromática preponderante, su visible y divisible oscuridad. Cercado por cacharritos que superponen la pixelación de sus naturalezas muertas a las pantallas sobrevivientes durante miríadas de ciclos, cae mi rendimiento en los múltiples planos de la guerra y recuento más deserciones en combate que posiciones conquistadas. Inactual a todo de nada, ni craqueado en la derrota soy dócil para mí por mucho que guarde en la huella de la sombra de un reflejo los florecimientos marchitos que aboné regularmente con la materia decolorada que vuelve a rebosar de las cloacas de mi personalidad. Cuanto quiero ha de tributarme su mal; cuanto no, peor que mal. Debo de ser rico porque ya tengo bastante...

A la mecha pujante de mis faros, desvélase el rorro microbio de moribundo. Salvo en las premoniciones, invariables chivatas del desastre, me oriento con una brújula ilegible que por fallar siempre me acierta, pues estar prevenido sobre la conducta futura gracias al conocimiento de la pasada me acongoja al ceder a luz un acto de imperdonable trivialidad. No sé cómo, me lo sé.

Vivida desde la existencia finita que atada se halla a los violentos engaños de la temporalidad y en la que sólo un juguete contento de serlo no se sentiría intruso, la creación adquiere con sus pegamentos de apariencia la condición original de un adversario absoluto contra la simultaneidad en la que se adivina a cada qué alcanzar su qué. No es que el mito, como defendía Eliade, sea una realidad viva necesaria para ilustrar con modelos imperecederos la epopeya intrahistórica de la bestia humana, sino que la realidad es un mito devenido histórico cuando su presencia empieza a ser creíble por aquel impulso que Burroughs definía, en otros contextos, como «el álgebra de la necesidad».

Doy pausa.

Árbol de la Sabiduría —de la Ciencia del Bien y del Mal— según la miniatura del Codex Amilianensis que se conserva en la Real Biblioteca de El Escorial.

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Aunque uno sea por defecto dueño de lo que calla y prisionero de lo que dice, por aquí gustan las cabezas que no marchan al pie de la letra.

 
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