28.8.12

TABULADORES

Salvo que confíe en la fiabilidad de la regla, si utiliza una regla para medir una mesa es posible que esté utilizando la mesa para medir la regla.
Nicholas TALEB
Engañados por el azar

El rasgo más característico que distingue a los revolucionarios de los reaccionarios no es el esmalte ideológico que puedan aplicar al oscurantismo de sus causas a fin de hacerlas presentables, sino la ubicación del objeto de sus veleidades dentro del devenir: para los primeros, la Utopía está al final del tiempo, vehículo que de algún modo la contiene en potencia, de lo contrario no es fácil entender su confianza en el desarrollo tecnológico y el dinamismo social a los que como hijos legítimos de la modernidad convierten en las incubadoras providenciales del progreso; para los segundos, presas enconadas de un romanticismo que dicen repudiar, la Edad de Oro está localizada en los idílicos orígenes, en el Edén anterior a la caída en los albañales de la historia, por lo que la continua sucesión de avatares que componen la materia de la cronología representa desde su punto de vista una decadencia que se aleja a cada instante del modelo primordial. El revolucionario lucha porque su futuro mirífico conquiste la eternidad del presente; el reaccionario, desearía que su visión idealizada del pasado fuera un presente eternamente cerrado a cualquier intento de sabotaje o de ruptura. Planteadas así las diferencias entre unos y otros, es lógico hasta cierto punto acusar de necio a un obrero con inclinaciones derechistas, ya que tradicionalmente el productor prostituido por cuenta ajena ha sido un agente despreciado por las élites, a las que cree servir el caramelo de la plusvalía a cambio de una posición ínfima en la sociedad; también hasta cierto punto, lo natural en alguien que sufre la inquietud creciente del descontento, máxime si está enquistado en la ingenuidad de sus complejos de clase, es sucumbir a la atracción irradiada por los paraísos terrenales que anticipan los programas revolucionarios, pues a un condenado le resultará preferible abrazarse a la esperanza de lo posible, aunque su realización parezca dudosamente plausible e incluso vislumbre la voluntad de farsa que la mueve, que resignarse al lamento por una perfección perdida cuya mera evocación escapa a la pobre capacidad imaginativa de un entendimiento embrutecido por las plegarias de cambio y redentora armonía de las relaciones de poder. El reaccionario, por estar de vuelta de las ilusiones innovadoras y conocer desde dentro los móviles reales de quienes las abanderan, goza de una sabiduría que en efecto se ve libre de las habituales supersticiones acerca de las posibilidades benévolas de la condición humana, pero padece, con una pasión que iguala al celo del más fanático jacobino, la no menos irrisoria obsesión por regenerar el mundo, en su caso para conseguir asemejarlo a un conglomerado estático sometido a leyes inmutables que pongan a cada hombre en estrecha e irrevocable conexión mística con esa pretendida unidad absoluta tan útil, principalmente, para justificar el hambre de esclavos perpetuos e integrales que tienen los muy temporales amos, o aspirantes a serlo, cuando se sienten exacerbados por fantasías de restauración teocrática. 

Ambos, revolucionarios y reaccionarios, comparten el prejuicio de creer viable el triunfo de sus idolatrías a través de la acción política porque los une la misma vocación tiránica, en calidad de culpables antes que víctimas, amamantada en la alucinada comunión de perspectivas donde la ecúmene es codiciada cual un vivero necesitado del orden resultante de la puesta en práctica sus teorías, más vomitivas y dignas de hostilidad cuanto más puras e insuperables se proclamen. Doble faz de un movimiento de creación, mantenimiento y destrucción de instituciones que parece funcionar con un automatismo ajeno a sus actores, quizá esta consanguinidad radical explique por qué el revolucionario, una vez se instala en el poder, se convierte en un conservador más represor que el mando precedente en el uso de los instrumentos de coerción que adapta del régimen derrocado, y por qué el reaccionario, al ser vencido por la eclosión de un nuevo sistema, asume la beligerancia propia del proscrito contra una autoridad que se niega subversivamente a reconocer. Quiéranlo o no, devotos fervientes de sus respectivos absurdos categóricos, revolucionarios y reaccionarios hacen atavío de una psicología intercambiable como permutables son sus crímenes bajo la mirada que los escruta con desapego.

Imagen perteneciente al manuscrito de Lauren de Premierfait Les cas des nobles malheureux hommes et femmes (1420), que es una traducción al francés de la obra original de Boccaccio donde se expone la arbitrariedad de la fortuna a lo largo de una serie de relatos protagonizados por varones prominentes de la antigüedad.

3 comentarios:

  1. El Perpetrador30/8/12 02:59

    No comparto esa igualación entre el revolucionario y el reaccionario, máxime habiendo tantos límites problemáticos en uno y otro concepto. La restauración de jerarquías sociales antiguas pero degradadas es una reacción de grado bajo. De hecho, la acepción política del vocablo "reacción" surgió en plena Revolución francesa, cuando solamente refería la reacción de los aristócratas más o menos corrompidos que empero legítimamente se negaban a que les desposeyeran de sus viviendas y de sus cabezas. Una reacción a un punto demasiado cercano al presente conduciría nuevamente a la situación presente en poco tiempo, y ello en virtud de la aceleración progresiva de los tiempos.

    Pero, volviendo a la frontera entre revolución y reacción, me pregunto: ¿qué cosa es el fascismo? ¿Movimiento revolucionario o reaccionario? En cierto modo ambas cosas, y hasta cierto punto de una forma un tanto esquizofrénica: en Occidente ha habido demasiados autodenominados reaccionarios que sin embargo eran ateos e industrialistas. Una barbaridad. Una dinámica de partido y de estructura estatal en sentido moderno no puede generar más que una terrible eficiencia modernista: he ahí el porqué del parecido entre el gobierno de Hitler y el de Stalin, por mucho que uno hablase de resucitar el Reich y el otro del paraíso proletario. Ambos ponían al obrero y a la productividad como fundamentos icónicos de la nación, e idolatraban al ejemplar carismáico que se había situado en el poder con todos sus complejos sociales y su total desorden psíquico. Pese a quien pese, nada tenían que ver esos regímenes enloquecidos con el de Franco, quien a la fuerza se veía morigerado por la tradición y la religión, por muy simple y tosca que fuera su psiquis y por más que la influencia de la modernidad fuera inevitable. Pero en términos generales, un gobierno de shudras siempre habrá de tener aspecto revolucionario y soez, un gobierno de vaishyas será más o menos democrático y cobarde, uno de ksatriyas será un gobierno autocrático pagano, y uno de brahmanes será una teocracia, el único plenamente legítimo aun con todos los errores e injusticias contingentes que pueda acarrear. Que yo sepa, hoy por hoy la única corriente teocrática occidental organizada es el carlismo, al que me adscribo a pesar de sus carencias (debidas a su origen en la época moderna).

    Por último: el reaccionario de grado máximo, aquel que añora un orden idéntico a los tradicionales antiguos (aun conociendo la imperfección de aquéllos puesto que no puede haber perfección en el mundo de los hombres), no es en absoluto optimista como pareces dar a entender, y por ello no suele contar con partidos o guerras más que como elementos contraproducentes. La única esperanza estriba en que, tras la total decadencia del Kali Yuga en cuya fase final nos encontramos, debería comenzar un nuevo ciclo, habiéndose diezmado la perversidad de la humanidad a base de catástrofes en curso y por venir. Seguro que tras los próximos desabastecimientos debidos a una superpoblación mimada en una abundancia material insostenible y tras la guerra nuclear que se desatará las tarde o más temprano, todos (los que queden) serán fanáticamente reaccionarios.

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  2. Celebro tu esmerada réplica, Perpetrador. A decir verdad, y con una brizna de maliciosa provocación, la esperaba.

    Los conceptos que he querido fijar en los términos revolucionario y reaccionario son problemáticos porque derivan del resultado de una generalización, no así la comprensión del juego recíproco que plantean en la historia en régimen de oposición en el mismo sentido que lo son, alternativamente, los pistones dentro de un motor al sincronizarse para transformar el movimiento vertical en circular. Baste esta línea de pensamiento como síntesis, necesariamente insfuciente, que deja abierta la cuestión de examinar la contradictoria riqueza de significados que aflora con las convulsiones de un orden que agoniza.

    Para soslayar las frecuentes confusiones originadas en la última centuria alrededor de las relaciones entre estatismo y socialismo, agravadas por la ya exhausta polaridad que divide el campo de la lucha política en izquierdas y derechas —campo que yo prefiero situar en una escala comprendida a lo largo del eje autoridad-individuo y en relación con las coordenadas que van del escepticismo al fanatismo—, al reaccionario deberíamos llamarlo justamente tradicionalista, pero aquí chocamos con otro problema: ¿de qué tradición se trata exactamente y en qué punto o grado de formulación, si no existe un acervo universal, estanco e incorruptible, que levite por encima de las limitaciones humanas sin verse alterado por los vaivenes de su naturaleza inconclusa? ¿Hay que referirse a las tradiciones que mejor expresan los valores de lo que se entiende como filosofía perenne? ¿A la primera civilización indoeuropea, a la antigua sociedad japonesa, a los mayas, a los dogón... o al denominador común de unidad sacramental que desde luego tienen muchas comunidades arcaicas? En sus primeras configuraciones culturales, los estados tradicionales de la organización social hubieron de ser innovadores, no sistemas acabados que brotaron del inconsciente o cayeron de las estrellas. Si bajo nombres distintos y matices tan cambiantes como sus personajes estamos abocados a reproducir variaciones sobre la estructura de castas de la tradición hinduista, o al menos eso pareces sugerir al deducir de ella las polivalencias del poder, habría de convertirme en un sadhu dedicado a explorar paraísos artificiales, pues carezco de la delicadeza que exige pasearse por el mundo practicando el soberano desprecio propio de los aghori mencionados por ti en otro lugar.

    En cuanto al carlismo, supongo que el programa defendido por Carlos Hugo, legítimo sucesor de Javier de Borbón-Parma, te parecerá una adulteración modernizadora del «Nada sin Dios» de los seguidores de su hermano Sixto, a quien me evito el mal sabor de retratar.

    Un saludo.

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  3. El Perpetrador30/8/12 15:16

    "¿De qué tradición se trata exactamente y en qué punto o grado de formulación, si no existe un acervo universal, estanco e incorruptible, que levite por encima de las limitaciones humanas sin verse alterado por los vaivenes de su naturaleza inconclusa?"

    Se trata de que cada pueblo sea fiel a sí mismo, es decir, a su tradición. Todas las tradiciones son radios que convergen en el centro de la Tradición Unánime y Perenne. Siempre y cuando dichas tradiciones no se encuentren en su fase final de decadencia, claro. Un legitimismo maya, por ejemplo, no debería incluir de nuevo su etapa final con sacrificios humanos. Un Islam político auténtico debe articularse en monarquías o califatos, no por una república popular estatista como el actual Irán. Una vuelta al cristianismo teocrático debería ser de corte medieval, no dieciochesco, y mucho menos embadurnado en la pegajosa licuefacción surgida en torno a la secta del Vaticano II. En definitiva: el modelo ha de ser siempre el de la cumbre histórica de dicha tradición o sus orígenes apostólicos.

    Para ser un sannyasa al margen de las castas (o un eremita en el mundo occidental) es necesario primero cumplir con el cometido social ordinario, pues el que menos derecho tiene a liberarse de su casta es precisamente aquel que arrogantemente empieza por despreciar el sistema. Por lo demás, siempre hubo castas en toda tradición axial, pero el sistema hindú es el más diáfano y por eso es común tomarlo como estereotipo.

    Y en efecto: el carlismo reconvertido en socialismo pierde toda su esencia, valiéndoles más a la sazón hacer piña con partidos de izquierda y, por ende, agentes del caos. Un rey que reniega de los arbotantes espirituales del mandato del Cielo que lo corona, deja de ser legítimo. Incluso los que se engloban dentro de la llamada Comunión Tradicionalista Carlista, enfrentados a la CT de Sixto, han renunciado implícitamente a sus derechos: Carlos Javier, al incurrir en matrimonio morganático, priva a su descendencia de derechos sucesorios. Y para colmo, Sixto no se considera pretendiente al trono, así que el movimiento es ahora una hidra triplemente descabezada.

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Aunque uno sea por defecto dueño de lo que calla y prisionero de lo que dice, por aquí gustan las cabezas que no marchan al pie de la letra.

 
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