15.8.12

RUEGA POR NOSOTROS PECADORES

Matadlos a todos. Dios reconocerá a los suyos.
Cesario de HEISTERBACH
Libro de los milagros

Hoy, 15 de agosto, según el santoral católico que rige en la mayoría de los países hispanohablantes se conmemora la Ascensión de Nuestra Señora, esa buena mujer que según puede deducirse de su prosapia legendaria debió desvirgarse desde dentro hacia fuera con la fontanela irruptora del Señor, afortunadamente con treinta y tres años de adelanto a su majestad espinosa, porque si no, vaya desastre... 

Al margen de las chanzas de carácter blasfemo a las que sería poco elegante entregarse para calmar estéticamente mi fiel enemistad con los discípulos del Nazareno, baste decir, como mera anotación antropológica, que hay que ser muy pervertido para adorar en efigie a una especie de heroína sobrehumana que por guinda de imperfecciones ni siquiera tiene una insinuación amable de coño, pues en esta enrevesada idolatría uno de los principales atractivos del culto parece residir en el deficiente uso que, se supone, María hizo de su sexo, al menos en la casta edad previa a su preñez, que después nadie sabe de sus coitos presumibles, inmaculados o con mancilla, beatíficos o cercenados, al carecer de alusiones canónicas lo acaecido dentro de ese perpetuo sepulcro vaginal al que debe sus honores póstumos. Compárese con las celebraciones religiosas paganas involucradas en la experiencia mágica y polivalente de la feminidad, como las fiestas en honor a Artemisa o los misterios presididos por Deméter, sin olvidar la voluptuosa prostitución litúrgica ofrendada a Afrodita en sus templos, por traer a colación algunas de las espléndidas ramificaciones del fenómeno. Puede que el parentesco entre la mariolatría cuyo éxito se resiste a la parquedad del pronóstico y la veneración ancestral a las diosas madres sea sólo una de cuestión de sincretismo o pervivencia encubierta, no rechazo las pruebas, y tampoco ignoro que al ser la vileza parte consustancial del hombre en todas las épocas, resulta difícil poner en práctica la ingenuidad con que se minimizan las más profanas que luminosas crueldades a las que también era dado el mundo antiguo a través de sus ritos, pero el dato de contraste apuntado, la negación obstinada de la naturaleza erótica en el lustre icónico de la Virgen, lo encuentro muy revelador para acusar la malformación del propio sentido corporal que todavía sufren y predican los enganchados a ese producto de síntesis que es la fe cristiana, adulterada cada vez más por los traficantes de la Santa Sede. 

En verdad, más vale el arte inherente a un generoso posado pornográfico, incluso cuando debe su reclamo a la devoción menos creíble, que las habituales estampas sagradas destinadas a enaltecer los prodigios virtuosos, aunque sin chispa, de la Madre de Dios.

Alucinado simbolismo de la eternidad en la placa número siete del Libro de Urizen de William Blake.

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Aunque uno sea por defecto dueño de lo que calla y prisionero de lo que dice, por aquí gustan las cabezas que no marchan al pie de la letra.

 
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