25.3.14

LA PLATEA DEL VAGABUNDO

Si sólo pudiésemos admitir la validez de los hechos científicamente verificables, perderíamos más de la mitad de nuestras experiencias fundamentales.
Claudio FURCIFER
La impiedad recompensada

Ante la mirada de un hombre herido de lucidez, la cultura es una fracción de universo demasiado exigua, aunque lo bastante intrincada para hacer que se sienta perdido allí donde el periplo del cultivo enrede su atención. Desde este palco que empieza a encontrar entretenido cuando desiste de buscar la desgracia de ser feliz, se evita asimismo el error de coagular credos a partir del espectáculo ofrecido por sus propias particularidades, pues las experimenta conectadas al origen inaudito del caos al que acuden en su último suspiro los eventos de la materia inmolada a la putrefacción de los fines por los medios y de las partes por el todo; ni con toda la corteza del mundo a su favor, podría decir por más tiempo yo mismo desde su perspectiva sin enturbiarse la visión o arrancársela entre espasmos de falsedad; a él sólo le queda el asiento encallado del aquí, ese ahora de tozudas mangancias contra el que perfila su extrañamiento como una sombra solitaria que se desliza entre los prolíficos ripios del vacío. Incapaz ya de empeñarse a sus constantes discontinuidades con empresas de amor o de temor, adversarios ambos de la sana despreocupación sin la cual el vivir sólo presta lamentos a las permutaciones inapelables del anhelo, sabe, como saben los animales que pueden prescindir del pensamiento, que todo está prefigurado en este páramo o lodazal poblado de seres cruentos, inmediatos a la envoltura desafiante de sus siempre entallados precipicios, mares de nada que la fractura subjetiva remeda congelando en un canto eterno con el signo enigmático de su función desconocida, acaso ninguna. Surca así este fingido valle de fuegos fatuos que le resulta tan insustancial como la esperanza de la que obtienen consuelo los bobos, algo de tono los más avinagrados correctores de fantasmagorías y trabajo muchos maleantes; lo surca y en vano descamina el siniestro pellejo de cada trecho que rara vez, sin esperarlo, lo desespera: se reconoce en cada tramo cautivo de un lugar inaprehensible que parece haber sido concebido para jugar eternamente al escondite o, quizá, escupirle al silencio murmurador aquellas palabras de Tom Spanbauer que han de sonarle furtivas a la imaginación deficitaria: «Encuentro la verdad mintiendo sobre ella».

Hecha la proclama del ventoso día, permítanme la abstracción de arriesgarme a ser concreto; concretamente errático, derramándome por las glías de injertos y raíces, que ando espeso...

El lago también pesca en Lonely Goblin de Tianhua Xu.

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Aunque uno sea por defecto dueño de lo que calla y prisionero de lo que dice, por aquí gustan las cabezas que no marchan al pie de la letra.

 
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