3.9.12

UN OFUSCADO DESPERTAR

Lo único insoportable es que no hay nada insoportable.
Arthur RIMBAUD

5:55 de la mañana. Aunque la luna persiste alta todavía desde la rueda interrogante de sus gestos, bajo esa cenefa de penumbra sólo puede llamarse noche al prontuario horizontal de los tejemanejes del día, no al preludio del fastidio laboral que interrumpe súbitamente el descanso o su irredenta dispersión en el insomnio. Enciendo el dial mientras preparo el desayuno y mi cocina se llena de un hedor sofocante. No se me han quemado las tostadas de pan autobendecido, es el tufo que desprende el canal informativo Radio 5, Todo Inmundicias.

A pocos sorprenderá en este avanzado entremés de la lobotomía cultural que la radiotelevisión pública, liviana en contenidos comerciales, sirva casi en exclusiva de medio propagandístico a los gerifaltes de moda; uno espera que los periodistas, esos crótalos de la palabra, se muerdan la lengua a la hora de contar según qué cosas so pena de ver extirpado tan versátil órgano bucal, diestro por igual en el mentir y en el lamer, pero encontrarme con un sermón en toda regla como cabecera del noticiero de las 6 me ha dejado noqueado. En el fragmento que he podido escuchar —por fortuna para mi reacio despertar, la homilía estaba acabando— se increpaba a los más desfavorecidos a «recomenzar, que es comenzar de nuevo» y «no darse por vencidos» ante el infortunio porque «tirar la toalla es una cobardía», empleando al hacerlo un tono de falsa dulzura, digno de madrastra metida en créditos de reprimenda, que no dejaba ninguna duda sobre el sentido último del discurso: nadie, salvo quien los sufre, es el culpable de sus apuros económicos. Así de simple. Al final, tras el locutor sujetándose con una torpeza muy voluntariosa las ganas de decir amén, se olvidaron de añadir a la tabarra su ya clásico «que se jodan», que hubiera tenido la ventaja de ser menos deshonesto.

Tribunal de la Inquisición de Goya. Sin comentarios.

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Aunque uno sea por defecto dueño de lo que calla y prisionero de lo que dice, por aquí gustan las cabezas que no marchan al pie de la letra.

 
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