18.9.12

SONATA DE LOS CAÍDOS

En estos orificios y cuchitriles que somos vive un rostro oculto que no se nos parece.
Guido CERONETTI
El silencio del cuerpo

Errado, o quizá camino de no estarlo, por haber comprendido que el alivio de abandonar con la sonrisa alta la carga de emprender una proeza supera en su nulidad la consecución de los compromisos y logros que se enroscan al pecho cual boas de plomo fundido, he perdido el gusto de entender que la realidad, a torsión de irrespirable, se mueve necesariamente por ficciones que son resultado de las fricciones entre los seres que comparten la extensión inconclusa de un vacío vital donde sólo el tropo de una invención mayor, autoinclusiva, permite conectarse a las fuentes evaporadas del conocimiento, esos reversos coincidentes que excepcionalmente nos toleran porque quien halla, calla. Hay, por hacer un símil de lo próximo inasimilable, pensamientos que vienen de lo alto y otros que proceden de lo hondo; vuelos diurnos que se elevan sobre la conciencia y tribulaciones nocturnas que la disminuyen sorbidas por la gravedad de un insoluble; proyectiles de lógica agonizante que transgreden incendiarios a quien los recibe en una coronación intransferible de dolor, y seductoras cascadas de connotaciones envolventes que empañando desnudan a la visión los paisajes conceptuales donde se manifiestan.

No sé de qué enclave saldrá: si de arriba, de abajo o de alguna transversalidad improvisada, pero me siento tan tentado de afirmar que todos somos avatares divinos y cada vez que alguien muere la divinidad despierta un poco más del sueño cósmico, que me tiento sentido de provocar la inversión del aserto y negar en el rotundo inmediato, sin evidencias ni transparencias, lo que por supuesto carece de ellas. Efusivo del desdoblamiento, uno no puede permanecer demasiado tiempo lúcido ante su lucidez sin que le arda por dentro la mirada: es un derrame de ausencia por el monstruo poético que representamos como viajeros de lo humano. No hemos venido a este mundo para ser libres; tampoco para sufrir por sufrir ni purgar culpas anteriores a nuestro nacimiento: si nada objetivamente lo indica, si en el eterno revuelto prevalece la omisión de nuestra razón de ser, mi añorada desesperanza es que estamos aquí no para algo, sino por querer descubrir las claves con que nosotros mismos hemos cifrado en un proyecto de encarnación el enigma de la existencia.

De las cinco versiones que conozco de La isla de los muertos de Arnold Böcklin, la atmósfera onírica de la primera  transmite como ninguna el temperamento lóbrego del autor. 

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Aunque uno sea por defecto dueño de lo que calla y prisionero de lo que dice, por aquí gustan las cabezas que no marchan al pie de la letra.

 
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