7.9.12

FE DE ERRATAS

Lo creado por el espíritu es más vivo que la materia.
Charles BAUDELAIRE
Cohetes

Admiramos a título particular la belleza, la inteligencia, el donaire y cualquier otro rasgo excepcional que no dependa de la voluntad de su beneficiario, en una primera refracción para restarle importancia a las cualidades que sí dependen de ella, pero también, y quizá con más intensidad, como refuerzo psicológico necesario para que esos atributos atípicos se mantengan dentro del acervo que los prolonga a través de la reproducción, interés que proyectado a una escala temporal amplia supone un proceso de selección cultural de los genes causantes mediante el estímulo del prestigio y la calurosa acogida que reciben sus mediatos, quienes sin ser responsables de la generosidad natural que gozan, pueden contribuir por iniciativa propia a la continuidad de algunas de sus singularidades ventajosas. Por razones análogas, deberíamos superar la achatada laxitud que conduce a ese mecenazgo actual de las muestras negativas derivadas de una naturaleza en extremo cruel o precaria cuando se complace en manifestar taras hereditarias que irrumpen con malformaciones incapacitantes, enfermedades degenerativas y deficiencias intelectuales graves, monumentos palmarios de la desgracia en los que su arte combinatoria gusta de fantasear monstruosamente con el hombre. Sin embargo, en vez de paliar la infiltración progresiva de esos errores congénitos, una protección estereotipada de los mismos tiende a presentar a la víctima con el aura beatífica del santo, y de una circunstancia adversa se obtiene por efecto de las gratificaciones una clase de favorecimiento incondicional que ignora el nada improbable impacto de esas lacras en la descendencia. Entiéndase con probidad mi advertencia: no abogo porque los feos o los idiotas dejen de engendrar —para mí, guapos y listos son engendros por igual de un acto, la procreación, que repugna por sí solo—, ni promuevo la vileza de estigmatizar a quienes nos parecen ejemplares poco aptos —¡con lo inepto que soy yo para ser yo!—, ni apruebo la persecución que representa condenar al desamparo a los frutos más débiles del azar o de la frecuente insensibilidad de los progenitores que conscientes de su mal lo propagan; lo que defiendo es la virtud de negarse a conceder recompensas inmerecidas a los renglones torcidos de la evolución para impedir que las erratas soslayables de la especie se multipliquen con el transcurso de las generaciones y lleguen a infligirle un deterioro irreversible. Dado que estoy en el nadir de desplegar al compás de estas objeciones una loa al optimismo social, debo precisar que no hablo de perfectibilidad, que es la ciencia del megalómano, sino de evitación. Así, la distribución arbitraria de premios y castigos, elogios y vituperios, posee relevancia histórica, tendríamos que remontar la conciencia de su función alfarera del comportamiento y arrostrarnos a sacrificar los dioses venideros a la competencia de modelar un diseño biológico en consonancia con el sentido estético de la obra, siempre terrible, que entraña el existir: el animal humano debería aspirar a ser mejor sujeto de deseo y menor objeto de repulsa. No se trata, matizo, de degradar al individuo en el que detectamos caracteres transmisibles indeseables cuya cruz innata sería abyecto remachar, sino de eludir las pautas de valoración que rebajan al afortunado que no los tiene cargándolo con la autoflagelante prótesis hecha de piedad a cambio de permitirle recaudar un venenoso sentimiento de superioridad por el trato azucarado de colaboracionismo asistencial, debilidades morales de la implicación que sirven de incentivo a cierta ortodoxia opuesta e interpuesta a alcanzar logros libres de la peor decadencia, la que hace rimar cada decisión con su muletilla humanitaria, siendo el primero de ellos corregir la aparición de fallos que sólo un calandraco querría para sí o para sus hijos.

El árbol de los cuervos, venerable ejemplo de la natividad de lo sublime en mitad de la desolación tan presente en el talento de Caspar David Friedrich.

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