31.10.15

FIN DE MES

Lorenzo Lotto, Giovane malato
No le está permitida la elusión del infierno a quien pretende explorar la vida humana.
María ZAMBRANO
El hombre y lo divino

A no ser que se trate de arte de vanguardia, indistinguible de la basura salvo que uno esté familiarizado con su impedimenta excrementicia, el estado cultural de un colectivo puede evaluarse por la calidad de los residuos que produce. Gracias al estudio habitual de sus rastros actuales, conozco en pringosa profusión el temple de las generaciones de reemplazo, pues entre mis sudores tributarios he de limpiar cada día las jaulas de un zoológico donde, según parece, también se imparte enseñanza. Los domadores que allí se emplean son sujetos indefectiblemente más tensos, tarados y atareados que quien suscribe esta noticia, si bien el último aspecto referido a manotazo de comparación me suscita alguna reserva, ya que la redacción de informes periódicos para la organización clandestina que soy yo mismo ha dado formato de oficio a un tipo de actividad que, no me cabe duda, exige de mí una trabazón significativa entre la periferia del mundo y su núcleo espiritual.

Las palabras presentan tantas caras como secretos guarda quien se sirve de ellas; una sola frase puede convertirse en un cubo de Rubik de colores mutantes. Otros serán, como está cantado, quienes determinen si el prontuario de ausencias que voy reuniendo atesora combinaciones necesarias o si es custodia necia de cuñas accesorias; poco se confundirán, sin embargo, los fisgones que metidos en el trance de mi desmadre juzguen que no me seduce aislar por frivolidad los detalles revueltos del conjunto, sino conjuntar, a la ventura, los pormenores dispersos en el centro al que accedo con la llave maestra del abismo.

19.10.15

RESPUESTA A CURARE

Theodor Kittelsen, Oso dormido
Hay tiempos en los que no se debe gastar el desprecio más que con parsimonia, de tantos necesitados como hay.
François-René de CHATEAUBRIAND
Memorias de ultratumba

Es curioso que llame tu atención ese último espasmo reflexivo; está calcado del que solté en un intercambio de franquezas con un colega cuyas páginas me han servido en lances críticos no de empuje, aunque sí de valiosa referencia para matizar la visión en el largo bostezo de un crepúsculo mental extraño a los consuelos de la fe y a la alegría de los hombres, entre quienes me desplazo, carente de esperanza y añoranza, como si lo hiciera entre algas sobre las aguas lóbregas de la consternación, que son impenetrables a la verticalidad del esclarecimiento y se resisten infinitas a la propulsión en pos de un horizonte. 

Quizá porque no sé estar con los demás adobo la presunción de estar en ellos, bien es cierto que de forma fragmentaria e irregular, a modo de sorbo amargo o de áspera calada, más como interlocutor figurado al gusto de cada cual que como presencia cálida y manifiesta, convertido en un artefacto literario mediante el cual el autor, que nunca se ha visto interesado en ganar proyección personal para mayor desvelo o regocijo, se pertenece a sí mismo gracias a la apropiación insospechada, incidental podríamos decir, que otros puedan hacer de sus ocurrencias. Conque no me comprometo a dar cumplimiento a esa clase de silencio anunciado por la voz interior que, consciente de la sordera selectiva del mundo —«el aire está lleno de nuestros gritos», según Beckett—, intenta recuperar tono y sintonía más acá de los recursos expresivos del ingenio.

Sin ánimo de exagerar la nota dramática de mis cuitas ni voluntad alguna de ataviarme con podredumbres prestadas, la pérdida y el deterioro de sí, incontenibles como el «hámago visceral» mencionado por Styron en su conocido tratado, me estancan en una sensación de impostura a medida que los despertares se deshojan y la pregunta cardinal de la filosofía, que Camus dejó clavada en El mito de Sísifo, se intensifica. Ya no es oportuno saber para qué merece vivir, sino por qué no se mata uno cuando verifica a ciencia cabal que la cobardía no fluye por sus cauces. En idéntica encrucijada estaba hace años, antes de que el fracaso reiterado de entregarme a encantamientos pasajeros disipara cualquier tentativa de autoengaño en brazos de otro ser. Y aun sin causas por las que lamentarme a juicio de un amplio público, tampoco estoy en condiciones de conseguir que sea llevadero vivir como yo vivo; indeciso, por tanto, entre un aquí poco persuasivo y la tentación insuficiente del allí, cuido mi calavera mientras sopeso las posibilidades. No en vano, «lo que una sola vez se ha de hacer, muchas se ha de pensar», y como suelo confesar a mis próximos, todavía no he aprendido lo suficiente para tomarme en serio.

Pese a los apretados límites de lo que no se puede cambiar, como el carácter; pese a aquello que sucede con el sello inexorable de una forma predestinada, raramente dejan de introducirse elementos en el alma que rearman la individualidad con una actitud estética capaz de transformar deméritos y hastíos en beatitud frente al tráfago de las necesidades ordinarias, un fenómeno que relaciono más con la ironía metafísica que con la explesis mística. De cualquier forma que sean enfocados, solo el humor proporciona la fuerza para tallar —en dos de sus acepciones principales: modelar y calibrar— la medida justa de los hechos.

14.10.15

TAJAMAR DE OPINIONES Y SENTENCIAS

Henri Le Sidaner, Le Bec de Gaz - Nuit bleue
La creencia en una fuente sobrenatural del mal no es necesaria; los hombres solos son perfectamente capaces de cualquier maldad.
Joseph CONRAD
Bajo la mirada de Occidente

Por encima de cualquier otro deber que se imponga, el sabio tiene la obligación de desconfiar de cuanto sabe o de admitir públicamente que no es de fiar.

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Más que destacarse por el dominio de los sentimientos, la inteligencia se eleva cuando no es lastrada por el esguince de emoción alguna.

*

No solo son cognitivos los límites menos pertinentes calzados a nuestra homínida condición, pese a que la desmesura del intelecto, en paridad con la truculencia de cualquier otro exceso, dinamite a su hospedador; están también los morales, los legales, los consuetudinarios y otras enmarañadas superfluidades que por reacción suscitan aquellos, bien distintos, que el intrépido ha de poner con objeto de eludir los diques de aborrecimiento erigidos contra la soltura del espíritu y las irreductibles displicencias de que este se vale para abrir rendijas de apostasía en los cimientos de lo pretenciosamente imperecedero, síndrome inconfundible de lo que ha nacido muerto.

*

¡Cuán reconfortante es escuchar en genio ajeno las atrocidades que nunca atinamos a formular! ¡Y cómo descorazona que no haya sido capaz de proclamarlas en toda su severidad cuando la ocasión retaba a dar un salto venial con el pensamiento!

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El estado del cosmos depende de nuestra imaginación no menos que el estado de nuestra imaginación de la inmensidad del universo clausurado al conocimiento.

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Sin menoscabo de su solvencia filosófica, el agnóstico es un cobarde oportunista. A Dios hay que gestarlo o fenecerlo: no es Alguien con quien puedan ecualizarse medias tintas.

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Aunque me supiera en un error y anticipara en la victoria un esplendor vedado a mi naturaleza, admitiría que Dios existe solo por la magnificencia de declararle la guerra.

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No todo lo que funciona existe, por eso lo que existe funciona.

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Para obrar de buena fe hay que obrarse, en densa complicidad con uno mismo, una bondad que subsista sin necesidad alguna de fe.

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Ser bueno cuando no se puede zozobrar de otra forma carece de mérito; el valor de la benevolencia se conquista cuando lo más asequible es comportarse con una malignidad tanto más inútil cuanto que prolonga la habida en la imprudencia de estar vivo.

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Saber mantenerse entero entre los deseos y temores que nos acechan. No conformarse con lo bajo pudiendo hacer lo mejor. Obrar por el amor a la obra cultivada con esmero, no porque haya precepto que obligue a ello, razón que le confiera sentido, estridencia a la que sumar impulsos o recompensa añadida a su consecución.

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No se conceda uno valor por ser suyo; sea uno suyo porque así lo exige la decisión de ser valeroso.

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¿Dónde situar la verdadera valía? Varios grados por debajo de lo que crees y algunos más por encima de lo que sientes.

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Ni faltas ajenas enmiendan las propias, ni propias virtudes las solventan.

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El primero en darle rienda suelta a uno mismo es el otro en busca de una ocasión para castigarlo.

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Si la vida es una excepción a la regla de las galaxias muertas y la conciencia de su mortal singularidad una excepción a la regla de la vida, la lucidez de la conciencia, a fuerza de introducir excepcionalidad en la excepción, se convierte por sí misma en una herejía al dejar de seguir como irrevocables los simulacros que la vida promueve para preservarse.

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En la naturaleza, cuya voluntad es tan fértil como cegata, todo está permitido excepto detenerse; el ajado espectáculo de las variaciones sobre un mismo tema debe continuar a cualquier precio, y es ahí donde las pautas de la materia traslucen su vehemencia protagónica con el pavor de un fugitivo que huye hacia delante.

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Excusarse por la potencia del espíritu es degradarlo al rango de quien teme quedarse a solas con él, rompiendo así la proporcionalidad entre los derechos y deberes que le confieren su más armónica expresión frente a honores mediocres, demagogias travestidas de justicia y esa normalidad prefabricada que se pliega a cualquier orden con tal de no pasar por la alquitara de la conciencia desasida.

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Puede que no el más necio, aunque sí el más deplorable de los hombres, sea aquel que en sortilegio de su propia redención considera basura todos los bienes terrestres y tiene por obra pía la destrucción de cuanto es incompatible con el monorraíl de sus creencias.

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Contra la común y muy evangélica opinión que juzga la riqueza material como un signo inequívoco de culpabilidad, la proliferación de pobres en quienes la maldad deslumbra por su constancia denota que la hez, antes que patrimonio de una clase social, es con preponderancia una cuestión de jerarquías espirituales.

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Si realmente fuera lo que dice ser, la conciencia de clase se desactivaría de puro rubor al sacar a la superficie lo mucho que uno es deudor de los tabúes y prejuicios inhalados en las celdas mal ventiladas de su extracción social.

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Con hábito religioso, la codicia infla a reventar la tierra hasta rozar el cielo.

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Dado que ninguna de ellas tiene sentido sin la otra, la transgresión y la norma copulan entre sí cuando se ocupan de contrariarse, no de representar el papel de su contraria.

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Repartir sátiras cuando lo habitual es remover enjambres de consignas siempre será motivo de albricias para la inteligencia que no teme señalar que el emperador, además de pavonearse desnudo, está defectuosamente clonado o acaso peor: robotizado.

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No anda apartado de la verdad quien advierte, en el vigor con que unos quieren contagiar su percepción de la realidad al resto, el miedo a la irrelevancia que reina en su interior.

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Elogiar la libertad negándosela a quien la niega es incurrir en los mismos empeños que la vulneran, pues carece de sentido mirificarla como principio si se excluye la posibilidad de una alternativa.

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Una libertad que solo puede dar cabida a los que piensan igual vale menos que cualquier sistema esclavista donde, al menos, las relaciones de dominación son llamadas por su nombre.

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Cuando el anhelo se frustra, la cúspide se insinúa en la distante quietud; cuando se alcanza la calma, la incitación vuelve a divisarse tentadora a ras de tierra. El movimiento del ánimo lo provoca este recorrido pendular donde se verifica que librarse de la presión de un deseo es tan placentero como indeseable ganar la liberación mediante la inapetencia, sentida con justa fama hija del cansancio o de una envarada apatía.

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De la ludopatía existencial que tira de sus fieles incluso cuando el juego les dicta yacer tronchados y chupando tubos, no puede decirse que enganche lo suficiente por la perspectiva de un éxito improbable como por el orgullo insidioso de sobreponerse a la derrota.

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Ninguna causa de debilidad se sostiene sin lo mucho que nos importa vivir.

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Donde Marx y sus esbirros proponían sacrificios por la utopía venidera, el capitalismo excusa sus altos costes humanos apuntando a una futura opulencia sin parangón. Más allá de otros factores, ambas escuelas de vileza comparten el espíritu promisorio: cuando el estado de cosas no se resuelve según lo previsto, lejos de cuestionar los dogmas aplicados sus partidarios alegan insuficiencia de medios o la aparición de obstáculos que sabotean la viabilidad del proyecto original.

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El hecho de saber que la circunstancia actual podría ser peor en otros contextos sociales no hace de la vida en común una estancia menos abyecta. Toda sociedad en decadencia precisa inventar o agigantar una Bestia Parda que le ayude a presentar como aceptables las taras que ella misma ha engendrado. Pendiente de peligros ficticios, la impresión de las monstruosidades reales se ve disminuida hasta el punto de parecer fruto de una paranoia.

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Rojos, negros, incoloros o de esas tonalidades arenosas que remedan los parajes donde críanse barbados matarifes a lo divino, la inexistencia del enemigo que se denuncia a instancias oficiales es un fuerte estímulo para arrastrarnos a la conclusión, harto engañosa, de que los sanguinarios están por todas partes, cuando las más solo acampan en los despachos.

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La ley que la persigue por detestable es aún más ominosa que la opinión detestada. 

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La indulgencia que se gasta con los comunistas, a quienes se tolera como parte de la banda parlamentaria, contrasta con la celeridad que tacha de fascista a quien es preferible desacreditar moralmente a fin de etiquetar como inadmisibles sus argumentos antes de tomarse la molestia de estudiarlos. A poco que se examine, este celo democrático evidencia en su estilo una actitud que en nada contraría la esencia del fascismo, al cual más bien remoza con la apariencia de su antítesis para permitir a los colectivistas del pensamiento influir en la sociedad sin levantar sospechas.

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Ningún humano está en facultades de captar aquello que se extiende por el envés de lo que constituye la dimanación de su propia identidad. No es accidental que las alarmas del yo se disparen cuando la subjetividad empieza a ser consciente, atrapada entre el horror y el estupor, de que una interrogación atenta a las profundidades más íntimas de la realidad —esa pandemia de locura disfrazada de solidez— arroja que no hay nada que conocer ni conocedor a quien culpar o absolver por el peso de sus actos.

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A juzgar por la tozudez de los rescoldos optimistas que sobreviven a la expansión de la conciencia, es más fácil encontrar a Dios a la vuelta de un infierno que admitir, sin trasminarse de pamemas, la ubicuidad del sentimiento trágico del cosmos. 

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La luz que ilumina el camino apaga los pasos.

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Se puede quitar al hombre del vacío, pero al vacío del hombre no hay quien lo arranque.

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Dudar, quieras o no quieras, siempre será faltar: a los rituales del deber y a los reclamos del placer; a cuanto la vida habilita para reclutarnos.

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No aporta mucho sentido desmontarse si no se dispone de una orientación nítida para volver a encajar las piezas una vez se averigua cuáles son las estructuras construidas en falso que deben caer en aras de un mayor despejo. Nos interesamos sobremanera en crecer cuando lo decisivo, si algo cuenta todavía, es proceder liviano entre lo grávido, llevando consigo por única valija el estigma lustrado del desencanto cuya contemplación baste para inmunizarse contra los falsos destellos.

*

Veo a una pareja de enamorados y al instante recreo en cada pormenor el odio recíproco que incubarán si se consienten quemar demasiado tiempo adheridos. Nada que objetar a la hoguera bicéfala mientras los involucrados se abstengan de querer echarle leña de singamia para propagar el incendio.

*

Ella creció como mujer en la niña, él como niño en el hombre y ambos como grumos solitarios en el caos que los arrojó a la orilla de los recién llegados después de ser arrullados en una ola de irrealidad que, para su desgracia, no fue la primera ni será la definitiva.

*

Más espantosa que la sorpresa de que pueda no existir cuanto creemos cierto es la idea de que algo cierto deba existir para siempre.
*

Finiquitada la idea cristiana de salvación del alma, la esperanza facilona en la nada que nos disolverá se ocupa como vicaria de ancorar la existencia a cualquier satisfacción de mierda.

*

A menos que la muerte nos reserve la revelación de un significado latente en los desastres preliminares, todo en la vida es sueño y nada en el sueño tiene visos de superar las tinieblas donde se forman.

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Con más razón que cordura, sigo sintiéndome el más forastero e iconoclasta de los hombres, pero ya que también debo vivir como hombre al margen de los hombres, nadie más común y maniqueo para mí que yo mismo, transfigurado por sinceridad en el menos eximio de mis acompañantes.

*

Me he acostumbrado a embalsamar ideas que, calentadas en voz alta, cuando no suenan a nubes parturientas y desgarros vaginales, me instan a una cura de silencio donde me reabsorbo en el intento de conservar mis funciones o de llevarlas, si es factible, a un nivel menos calamitoso.

12.10.15

DIVINOS DESFILES

Nikolai Astrup, Martzmorgen
Algún día, la reconstrucción de conocimientos dispersos nos dará a conocer tan terribles panorámicas de la realidad, y lo terrorífico del lugar que ocupamos en ella, que solo podremos enloquecer como consecuencia de tal revelación, o huir de la mortífera luz hacia la paz y seguridad de una nueva era de tinieblas.
Howard Phillips LOVECRAFT
La llamada de Cthulthu

Hoy, Día de Todas las Hispanas Casposidades, mientras ruego a seres arcanos que una lluvia ácida les aclare la cresta a esos gallos uniformados que han tomado las calles, alunizo en la libración ocasionada al volteo semanal con algún pensamiento dedicado a las fatigas consagradas por quienes raramente, desde que las creencias propaladas por ellos ostentan subsidio público, han de cansarse para mantener la untuosa y suntuosa conjunción de átomos que son sus personas.

Cierto es que el ocio de los hombres nunca obtuvo un visado de legitimidad en las alusiones al mismo vertidas en la literatura bíblica, pero lejos de ayudar a desactivar la sospecha sobre los propósitos que inspiraron al Creador cuando nos engendró, esta se agrava con la mirada reprobatoria, muy cara al cristinianismo, que los textos canónicos dirigen al tiempo insumiso a los oficios. Si fuimos modelados a imagen y semejanza del Dios allí adulado, ¿cómo no tomar buen ejemplo de que tras seis jornadas de trabajo decidiese jubilarse con honores? A la postre, sin embargo, lo incomprensible no es tanto el soberano desdén con que el Señor preside la eternidad como el empeño, aquí abajo, por tratar de reconciliar el prestigio que goza su altísima tocada de generadores con la irresponsabilidad por haber concebido una Obra sometida a tales retorcimientos y chapucerías que obligado es juzgarlo, en la menos escandalosa de las situaciones, como un Autor negligente, o bien denunciarlo, una vez descartado el recurso de achaques e impericias, por la perversidad demostrada al haber hecho pareja nuestra condición a la de unos maniquíes, conscientes de ser víctimas de su propia naturaleza, quizá con el fin de sofisticar las ramificaciones de una diversión cuya raíz nos resulta inescrutable más allá del decorado indecoroso de la realidad donde acaece, una realidad a la que nunca hemos pertenecido sin disforia y en la que nada de lo que hagamos reparará el extrañamiento que nos aleja del resto de las criaturas.

9.10.15

DEMASIADOS ENEMIGOS

Kees van Dongen, La buveuse d'absinthe
La honradez intelectual y sus elevadas exigencias espirituales de orden y significado pueden llevar al hombre a sentir la más profunda aversión por la vida.
Herman TØNNESSEN
La felicidad es para los cerdos

Donde una cuestión de fe satisface su cometido multiplicando espejismos, todo cuanto quiera ser fehaciente ha de intervenir como un divisor de reflejos en los actos y en las ideas.

Así como lo correcto no depende del número de personas que comparten el mismo pensamiento —falacia del argumentum ad populum, no hay razón alguna para creer que con el principio de reproducción suceda cosa distinta. Señalado queda un paralelismo entre la democracia y la procreación que no por ser meridiano hasta la perogrullada deja de llamarme poderosamente la atención: los votos, como los hijos, para perjuicio de sus fautores y de los demás, son emitidos en su mayoría por los especímenes menos indicados...

No procede la virtud habida en el rechazo a fabricar despojos de lo depravado que resulta el apetito de progenie en un mundo apretado en demasía, sino del canon de no acrecentar la tribulación imperante después de haber definido el tormento como barrera, no como meta. Y visto que cada nacimiento de un ser herido de consciencia constata en carne ajena el desastre moral de quien lo ha hecho posible, un escuadrón de medidas encaminadas a desincentivar la natalidad, advertir de la amenaza pública que representan las familias numerosas y favorecer con ventajas vitalicias a quienes practiquen la ascesis de la esterilización, aunque inútil contra los laboriosos vientres de la majadería natural, pondría a las instituciones civiles en la madurez de reconocer, si en verdad fuesen agentes de la bonanza social y no de las marranadas macroeconómicas, que la compostura ética empieza por la negativa a seguir atiborrando la cadena humana de montaje.

Detecta bien el equívoco Juan Montero, taoísta ascendido a la aeronáutica, cuando en su opinión «hay dos cosas que se valoran como importantes en una civilización: la cantidad de objetos que se pueden acumular y la cantidad de palabras que se pueden usar. Conforme a estos criterios los objetos han de tener muchas piezas y las palabras deben definir conceptos muy complicados. Lo numeroso y lo ininteligible se estiman valiosos. ¡Yo tengo la convicción contraria!». ¡Y yo!, por más que sepa que al discurrir de esta guisa mi amigo desestimó incluir en el cómputo de apechusques dotados de algún prestigio refocilante a los vástagos de Eva; la inserción, quizá forzada, se me antoja oportuna porque bajo el estrujamiento fomentado por el analfabetismo existencial que festeja con hurras y pleitesías la presión defecadora de la fecundidad —esa costumbre de transmitir la colección de taras que por vicio eufemístico llamamos genes—, todos tenemos asegurada con penuria la presunción de explotabilidad dentro de un intervalo cuyos estragos y corrupciones distraemos en vano mediante aficiones que también se alían contra nosotros, pues sopesadas sin el prejuicio del deseo causan mayores molestias que solaz.

7.10.15

EN EL ESTUARIO

Yo no tengo ideología porque tengo biblioteca.
Arturo PÉREZ-REVERTE
Conmigo, o contra mí

El poder de las creencias no reside en lo útiles o congruentes que lleguen a centellear sus máximas y postulados, sino en la intensidad con que el prosélito quiere escapar de la conciencia de su propia futilidad. Contra la profusión de automisericordia que sirve de pasto a las idolatrías de cualquier latitud espiritual, los argumentos basados en hechos carecen de valor demostrativo y los mismos fenómenos, boicoteados por una cultura en avanzado estado de putrefacción, más allá del peritaje debido a las ocupaciones cotidianas se han vuelto zombis epistemológicos que renquean ni vivos ni muertos, tan ávidos de certidumbres como ahítos de reclamos, por el territorio endogámico de las exaltaciones colectivas, las batallas sectarias, la infestación publicitaria, los entretenimientos embrutecedores, las pantallas superpobladas de narcisismo y la desmoralización rendida al epitelio de la realidad en las consultas psiquiátricas.

En careo con los ensalmos optimistas de la existencia, intro y controvertido muerde el pensamiento, que por un patinazo salido de madre en el proceso de antropogénesis emergió de la noche animalesca como un atributo que tendía a proyectarse fuera de la funcionalidad sujeta a las variables estocásticas del entorno, además de burlar los condicionamientos adquiridos con una facilidad que siempre ha contrastado con la ceremoniosa fosilización requerida para establecerlos. Cotejado dentro del marco evolutivo donde nunca termina de encuadrarse, este excedente de actividad mental es un espolón innecesario crecido en el interior de la inteligencia aplicada al despotismo de la supervivencia; humanamente incorrecto cuando lo humano pisa el freno de la reverencia, flaquea y se desquicia en sociedad como el único rasgo salvaje que ha sido capaz de rebelarse frente a la prelada, asesina superiora naturaleza, ya que todo lo demás en este convento de tortura, por indómito que parezca en sus devaneos, deviene consecuencia de la burocracia cromosómica acatada por adaptación.

Del telúrico chapaleo antediluviano a las más recientes unciones petrolíferas, ¿quién no coagula nostalgia de algún limo donde zambullir el clamor de la claridad? Eso es lo que contemplo al asomarme a Escape, de Simon Kenny, cuyas nieblas se desposan en abstracto con este susurro de Windy & Carl y dan cuerda de vapores para arropar, asimismo, esta chanza de Marin Marais.

5.10.15

¿QUÉ HACER?

Robert Steven Connett, The Bone-yard Road
Me parece curioso que todo el mundo preste tanta atención al vivir y tan poca al morir. ¿Por qué esos científicos eminentes nos joden siempre intentando prolongar la vida en lugar de encontrar formas agradables de acabarla?
Horace McCOY
¿Acaso no matan los caballos?

Como la naturaleza, sainada por esa motilidad perfunctoria que solo da forma a espirales de programación y bajo ninguna tregua es inocente de habernos producido, los ecologistas deberían replantearse si defienden al verdugo cuando reivindican derechos para un medio ambiente que se encuentra en situación análoga a la del progenitor convertido, por el hecho de reproducirse, en el promotor del sufrimiento y de la muerte de otra persona.

Si la biosfera cuenta con un plan, desde luego no excluye el saqueo y deterioro indiscriminado de sus recursos por parte de los humanos, a quienes cabe suponer ha escogido o dejado multiplicarse como especie sin otro propósito que ocasionarse un daño a sí misma o llevarnos a la ruina desde la cúspide intelectual de una evolución en cuyas falencias funcionamos como adláteres dopados de altivez, fabricantes de excrementos que creen progresar a merced de sus artefactos mientras se pudren dentro una necrópolis recalentada por una estrella, todavía en fase adolescente, que ha oficiado de comadrona de un sinsentido donde el combustible parece ser el duelo de todo cuanto tiene la desventura de habitarlo.

No por apego a una zona de confort de tratos caramelizados, sino por comedimiento temperamental opino que las noticias más duras deben ser comunicadas de la manera menos agreste, así que imaginen solo tres de las previsibles secuelas de nuestro presente: las reservas de energía fósil se han agotado, lo que ha terminado por causar el temido apagón generalizado, el agua potable escasea y los alimentos disponibles se reducen, en el mejor de los escenarios, al racionamiento de alguna variedad de pienso prosaico o con secretillo... ¿Qué hacer? Puesto que ni siendo enfrentado a las pesadillas resultantes de la modernidad el hombre se atreverá a extraer las más loables consecuencias del conocimiento de sí mismo, que contra cualquier aliciente futurizo lo imbuiría de la lucidez adecuada para procurarse la extinción voluntaria, al pellejudo que no se arredre —les recuerdo que así llamaban a los replicantes en el argot policial de Blade Runner— le atañe el exordio de prepararse para la muerte sin contribuir al marionetismo biológico de tener descendientes, en los cuales ha de ver la huella superlativa de su ego y el subproducto, en todo caso, de alguna concepción inercial de la existencia.

Desde una visión juiciosa, necesariamente crepuscular, perder las ilusiones solo es un ensayo para perderlo todo, hasta la certeza de esta pérdida.

1.10.15

DE LA ESPERANZA COMO CHISTE DE MAL GUSTO

Kim Keever, Eroded Man
No quiere la muerte porque no quiere nada.
John Maxwell COETZEE
Hombre lento

Lo que la melancolía en sus pasajes de mayor severidad abúlica aporta de validez a la experiencia se condensa en el conocimiento, irrigado por vías dolorosas, de que la motivación para asumir la vida como un juego que merece la pena ser explotado depende solo de una arbitrariedad benigna de la química cerebral, no de evidencias empíricas contra las causas del desconsuelo y aún menos de la eficacia de cualquier deducción lógica favorable a una lectura afirmativa del desarrollo personal. Poco suben el ánimo las razones foráneas al corazón, y sin las emociones que nos hacen sentir orientados a la actividad fundamental de ser alguien queriendo algo como efecto de un determinado estado psicofísico, la realidad se desertiza por doquier con la terrible particularidad de mantenernos capaces no de mejor presencia que la esputada en la desolación donde se halla, desde el principio, la existencia. Una vez disipada la sustancia afectiva que proporciona magia de credibilidad a las ficciones vitales, ninguna anormalidad hay en precipitarse al abismo de las clarividencias, aunque lo heroico y nada común sea recorrerlo manteniendo abierta la mirada a la vacuidad, otrora llena y estimulante costra de apariencias que funcionaba como un sistema de arneses mentales mediante los cuales embridar el sujeto a la ortopedia alucinatoria del yo. 

Según el horrorista Thomas Ligotti, que tiene por mueca de identidad explicarse sin aditamentos analgésicos, «la alternativa está clara: vivir falsamente como prendas de afecto o vivir factualmente como depresivos». Como en tantas otras formas de graduar el desamparo de la conciencia, debe reseñarse que si la depresión surge al extremar las posibilidades del horizonte filosófico, también en el hecho de contemplar absortos cómo languidecen los tapices del jardín mientras nos anegan accesos lacrimosos se anticipa un llanto seco cuya aridez ni siquiera admite la domesticación parcial de un envase nominativo, pues nadie, salvo quien lo sufre, se arriesga al abandono de comprenderlo. 

No alienta ya el desmoronado deseos ni temores, su indiferencia frente a los resultados de la acción es integral, incluido el fracaso, que al igual que su contrario ha dejado de manchar de apego sus sentidos. «A todos los actos los reduce a cenizas el conocimiento», instruye Krishna a Arjuna. De ningún modo los apetitos que asedian el cuerpo, «la ciudad de nueve puertas», lo alteran. ¿Podrían manifestarse en el desfallecimiento los prolegómenos de un yoga del desengaño?

Que la profecía de una humanidad carente del concepto de esperanza se anule a sí misma como un cuento insoportable no significa que tenga gracia el esfuerzo de espolear con ilusiones a aquel que sabe en forro propio de lo que hablo, porque siempre ha sido chiste de mal gusto ensalzar las virtudes de la soga en casa del ahorcado.
 
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