1.10.15

DE LA ESPERANZA COMO CHISTE DE MAL GUSTO

Kim Keever, Eroded Man
No quiere la muerte porque no quiere nada.
John Maxwell COETZEE
Hombre lento

Lo que la melancolía en sus pasajes de mayor severidad abúlica aporta de validez a la experiencia se condensa en el conocimiento, irrigado por vías dolorosas, de que la motivación para asumir la vida como un juego que merece la pena ser explotado depende solo de una arbitrariedad benigna de la química cerebral, no de evidencias empíricas contra las causas del desconsuelo y aún menos de la eficacia de cualquier deducción lógica favorable a una lectura afirmativa del desarrollo personal. Poco suben el ánimo las razones foráneas al corazón, y sin las emociones que nos hacen sentir orientados a la actividad fundamental de ser alguien queriendo algo como efecto de un determinado estado psicofísico, la realidad se desertiza por doquier con la terrible particularidad de mantenernos capaces no de mejor presencia que la esputada en la desolación donde se halla, desde el principio, la existencia. Una vez disipada la sustancia afectiva que proporciona magia de credibilidad a las ficciones vitales, ninguna anormalidad hay en precipitarse al abismo de las clarividencias, aunque lo heroico y nada común sea recorrerlo manteniendo abierta la mirada a la vacuidad, otrora llena y estimulante costra de apariencias que funcionaba como un sistema de arneses mentales mediante los cuales embridar el sujeto a la ortopedia alucinatoria del yo. 

Según el horrorista Thomas Ligotti, que tiene por mueca de identidad explicarse sin aditamentos analgésicos, «la alternativa está clara: vivir falsamente como prendas de afecto o vivir factualmente como depresivos». Como en tantas otras formas de graduar el desamparo de la conciencia, debe reseñarse que si la depresión surge al extremar las posibilidades del horizonte filosófico, también en el hecho de contemplar absortos cómo languidecen los tapices del jardín mientras nos anegan accesos lacrimosos se anticipa un llanto seco cuya aridez ni siquiera admite la domesticación parcial de un envase nominativo, pues nadie, salvo quien lo sufre, se arriesga al abandono de comprenderlo. 

No alienta ya el desmoronado deseos ni temores, su indiferencia frente a los resultados de la acción es integral, incluido el fracaso, que al igual que su contrario ha dejado de manchar de apego sus sentidos. «A todos los actos los reduce a cenizas el conocimiento», instruye Krishna a Arjuna. De ningún modo los apetitos que asedian el cuerpo, «la ciudad de nueve puertas», lo alteran. ¿Podrían manifestarse en el desfallecimiento los prolegómenos de un yoga del desengaño?

Que la profecía de una humanidad carente del concepto de esperanza se anule a sí misma como un cuento insoportable no significa que tenga gracia el esfuerzo de espolear con ilusiones a aquel que sabe en forro propio de lo que hablo, porque siempre ha sido chiste de mal gusto ensalzar las virtudes de la soga en casa del ahorcado.

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