7.10.15

EN EL ESTUARIO

Yo no tengo ideología porque tengo biblioteca.
Arturo PÉREZ-REVERTE
Conmigo, o contra mí

El poder de las creencias no reside en lo útiles o congruentes que lleguen a centellear sus máximas y postulados, sino en la intensidad con que el prosélito quiere escapar de la conciencia de su propia futilidad. Contra la profusión de automisericordia que sirve de pasto a las idolatrías de cualquier latitud espiritual, los argumentos basados en hechos carecen de valor demostrativo y los mismos fenómenos, boicoteados por una cultura en avanzado estado de putrefacción, más allá del peritaje debido a las ocupaciones cotidianas se han vuelto zombis epistemológicos que renquean ni vivos ni muertos, tan ávidos de certidumbres como ahítos de reclamos, por el territorio endogámico de las exaltaciones colectivas, las batallas sectarias, la infestación publicitaria, los entretenimientos embrutecedores, las pantallas superpobladas de narcisismo y la desmoralización rendida al epitelio de la realidad en las consultas psiquiátricas.

En careo con los ensalmos optimistas de la existencia, intro y controvertido muerde el pensamiento, que por un patinazo salido de madre en el proceso de antropogénesis emergió de la noche animalesca como un atributo que tendía a proyectarse fuera de la funcionalidad sujeta a las variables estocásticas del entorno, además de burlar los condicionamientos adquiridos con una facilidad que siempre ha contrastado con la ceremoniosa fosilización requerida para establecerlos. Cotejado dentro del marco evolutivo donde nunca termina de encuadrarse, este excedente de actividad mental es un espolón innecesario crecido en el interior de la inteligencia aplicada al despotismo de la supervivencia; humanamente incorrecto cuando lo humano pisa el freno de la reverencia, flaquea y se desquicia en sociedad como el único rasgo salvaje que ha sido capaz de rebelarse frente a la prelada, asesina superiora naturaleza, ya que todo lo demás en este convento de tortura, por indómito que parezca en sus devaneos, deviene consecuencia de la burocracia cromosómica acatada por adaptación.

Del telúrico chapaleo antediluviano a las más recientes unciones petrolíferas, ¿quién no coagula nostalgia de algún limo donde zambullir el clamor de la claridad? Eso es lo que contemplo al asomarme a Escape, de Simon Kenny, cuyas nieblas se desposan en abstracto con este susurro de Windy & Carl y dan cuerda de vapores para arropar, asimismo, esta chanza de Marin Marais.

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Aunque uno sea por defecto dueño de lo que calla y prisionero de lo que dice, por aquí gustan las cabezas que no marchan al pie de la letra.

 
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