9.10.15

DEMASIADOS ENEMIGOS

Kees van Dongen, La buveuse d'absinthe
La honradez intelectual y sus elevadas exigencias espirituales de orden y significado pueden llevar al hombre a sentir la más profunda aversión por la vida.
Herman TØNNESSEN
La felicidad es para los cerdos

Donde una cuestión de fe satisface su cometido multiplicando espejismos, todo cuanto quiera ser fehaciente ha de intervenir como un divisor de reflejos en los actos y en las ideas.

Así como lo correcto no depende del número de personas que comparten el mismo pensamiento —falacia del argumentum ad populum, no hay razón alguna para creer que con el principio de reproducción suceda cosa distinta. Señalado queda un paralelismo entre la democracia y la procreación que no por ser meridiano hasta la perogrullada deja de llamarme poderosamente la atención: los votos, como los hijos, para perjuicio de sus fautores y de los demás, son emitidos en su mayoría por los especímenes menos indicados...

No procede la virtud habida en el rechazo a fabricar despojos de lo depravado que resulta el apetito de progenie en un mundo apretado en demasía, sino del canon de no acrecentar la tribulación imperante después de haber definido el tormento como barrera, no como meta. Y visto que cada nacimiento de un ser herido de consciencia constata en carne ajena el desastre moral de quien lo ha hecho posible, un escuadrón de medidas encaminadas a desincentivar la natalidad, advertir de la amenaza pública que representan las familias numerosas y favorecer con ventajas vitalicias a quienes practiquen la ascesis de la esterilización, aunque inútil contra los laboriosos vientres de la majadería natural, pondría a las instituciones civiles en la madurez de reconocer, si en verdad fuesen agentes de la bonanza social y no de las marranadas macroeconómicas, que la compostura ética empieza por la negativa a seguir atiborrando la cadena humana de montaje.

Detecta bien el equívoco Juan Montero, taoísta ascendido a la aeronáutica, cuando en su opinión «hay dos cosas que se valoran como importantes en una civilización: la cantidad de objetos que se pueden acumular y la cantidad de palabras que se pueden usar. Conforme a estos criterios los objetos han de tener muchas piezas y las palabras deben definir conceptos muy complicados. Lo numeroso y lo ininteligible se estiman valiosos. ¡Yo tengo la convicción contraria!». ¡Y yo!, por más que sepa que al discurrir de esta guisa mi amigo desestimó incluir en el cómputo de apechusques dotados de algún prestigio refocilante a los vástagos de Eva; la inserción, quizá forzada, se me antoja oportuna porque bajo el estrujamiento fomentado por el analfabetismo existencial que festeja con hurras y pleitesías la presión defecadora de la fecundidad —esa costumbre de transmitir la colección de taras que por vicio eufemístico llamamos genes—, todos tenemos asegurada con penuria la presunción de explotabilidad dentro de un intervalo cuyos estragos y corrupciones distraemos en vano mediante aficiones que también se alían contra nosotros, pues sopesadas sin el prejuicio del deseo causan mayores molestias que solaz.

2 comentarios:

Aunque uno sea por defecto dueño de lo que calla y prisionero de lo que dice, por aquí gustan las cabezas que no marchan al pie de la letra.

 
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