20.6.12

NI MOROS NI CRISTIANOS

La ciencia oficial defiende la hominización del mono, quizá porque es más fácil ser un mono advenedizo que un ángel caído.
Jean SERVIER
El hombre y lo invisible

Hemos suprimido a Dios, pero no sus consecuencias. Ni siquiera hemos podido desprendernos de la embustera imagen de integridad arquetípica proyectada desde tiempos remotos por el star system de las más desalmadas religiones. 

Al Cristo de los evangelios, cuya pretendida existencia histórica es vana palabrería, le faltó sumar otros treinta y tres años de experiencia a su egolatría para adquirir la madurez filosófica de la que hoy, probablemente, nos beneficiaríamos escépticos y librepensadores como parte del equipo teórico con el que azotar a los mismos filántropos que han levantado su imperio con el poder de la cruz. ¿Y qué decir del qurayshí Mahoma, proclamado último profeta del monoteísmo? Justo lo contrario del anterior: que le sobra presencia en los anales o carece de la plasticidad mítica que aportan las genealogías improbables; que violenta, además, todo amor por el buen gusto cuando se trata de dar crédito a las revelaciones de un hombre tan propenso a las flaquezas como el que más. ¿Cómo confiar en los hadices atribuidos a un follacabras que en su juventud se refugiaba en la cueva de Hira para practicar, lejos de miradas indiscretas, esa sucia costumbre aprendida en el desierto con los beduinos? ¿Acaso es menos reprensible el viraje hacia la pedofilia que tomó su concupiscencia en la vejez?

No hablo como provocador gratuito. Soy tan sensible a la radiaciones herméticas emitidas por las catedrales y mezquitas antiguas como alérgico al tropel de sus ocupantes, de quienes la sola mención de su manutención pública me produce bascas.

Esta hornacina, destinada a conferir prestigio a lo que yo me figuro ancla estelar, se encuentra en la capilla del Osario de Sedlec, República Checa, cuyo artístico mobiliario fue confeccionado por el artista František Rint a partir de las miles de notomías que alberga. 

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Aunque uno sea por defecto dueño de lo que calla y prisionero de lo que dice, por aquí gustan las cabezas que no marchan al pie de la letra.

 
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