5.6.12

ANACOLUTOS


Quizá todos los dragones de nuestra vida son princesas que esperan sólo eso, vernos una vez hermosos y valientes. Quizá todo lo espantoso es, en su más profunda base, lo inerme, lo que quiere auxilio de nosotros.
Rainer Maria RILKE
Cartas a un joven poeta

Este insolado glosador, que pertenece en su anímica impureza a la raza árida que crece en los páramos mesetarios donde el paisaje se busca en el hombre y el alma se pierde en la desmesura de los horizontes, donde el tímpano halla su botín de luz en la espesura extensa que el foráneo confundirá con silencio y se vive limpia de las bocanadas de mar que con su discurso cansino todo lo emborronan, yo, decía, me tiento a pensar que como nadie puede salvarse de sí mismo, tampoco existen causas mejores que la peor de las inquinas para que uno deba ser juzgado con una atribución de responsabilidad distinta de la que está dispuesto a reconocer a sus aristarcos, lo que vale en su inversa correspondencia para que cada uno juzgue al otro de par modo que se juzgaría a sí mismo si estuviera en similares suertes; un ejercicio que sirve, por añadidura, para corroborar falsedades circunflejas, pues al margen de estas simulaciones morales se concreta evidente que nadie es igual a nadie. Sólo el envidioso, por defecto esclavo de su impotencia y aquejado de resentimiento, pone su juicio a la medida de la pequeñez que puede aplastarse con la bota. Y si no siempre la generosidad es el atributo por excelso de los espíritus que se sienten libres, alguien que no se sienta desembarazado de su insolvencia ordinaria no puede obrar con largueza, para lo cual conviene rememorar que quien juzga también obra de pensamiento. 

Proceso mutante e inacabado que aprende a ondear replegándose sobre sus contrarios, el pensamiento es un ser vivo, y cuando al fin muere consumido por el cansancio o víctima de la convicción que lo acorrala, da lugar a las creencias, cuyos ingredientes básicamente son pensamientos fosilizados, un residuo pétreo de aspecto sólido pero carente de vigor. Las creencias pueden ser excusas idóneas para actuar; para actuar sin pensar, precisada sea la burda, que es lo más distante de actuar con propiedad. 

Actuar con propiedad es encontrar la adecuada concordancia entre el pensamiento y la acción, y mi forma de empezar a sincronizarlos es pensar lo que me disgusta para no tener que limitarme a hacer en exclusiva lo que me gusta pensar. Frente a la moral del común que dicta «no hagas nada de lo que te puedas arrepentir» y funciona con carácter paliativo porque deja intacto el origen de su mal, prefiero arriesgarme a salir por la tangente del «piénsate hasta que no te reconozcas y nada de lo que hagas para volver en ti podrá acusarte». 

Para un contemplativo, el pensamiento constituye una acción elaborada en sí misma que lo protege de las consecuencias fortuitas e indeseables; el individuo de acción, por contraste, da alcance al pensamiento a través de su desenvoltura en los hechos y lo alza como un reto por encima de sus consecuencias. ¿Hay un justo medio entre ambos? Para mí, que abundo en los principios y no me habitúo a ningún fin, el justo medio está en el punto que la voluntad se aparta del medio injusto al comprender que uno se hace único principalmente por lo que no hace...

No sé si incurro al discurrir así en la más terca incongruencia. Sólo puedo dolerme por la facilidad con que olvida la rosa todo lo que su belleza debe a las espinas.

De lo suprarreal a lo infrahumano: Heat Death, óleo de Jeremy Geddes.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Aunque uno sea por defecto dueño de lo que calla y prisionero de lo que dice, por aquí gustan las cabezas que no marchan al pie de la letra.

 
Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons