23.7.16

QUE A MAYOR VESTIGIO SOMOS

Vanessa Marsh, Landscape #21
Le confesaré que los hombres se aburren de todo, del cielo no menos que del infierno, y que toda la historia universal no es más que el registro de las oscilaciones del mundo entre esos dos extremos. Una época no es más que un balanceo del péndulo, y cada generación cree que el mundo progresa porque se mueve constantemente.
Bernard SHAW
Hombre y superhombre 

¿Qué suerte, dentro de la calamidad de existir, cabe devanar en la derrota terráquea sino la de un cuerpo digiriéndose en la peonza de su propia gravitación y el extravío de su misterio, por un arrabal de la negrura sideral, cuyos silencios admiten ser glosados como vestigios de una granja abandonada donde no se sabe quién, cuándo ni por qué puso en marcha el planetario de las especies? 

Todas las verdades sustanciosas empiezan por un hambre de verdad, pero toda verdad termina hambrienta si solo busca saciarse. Debe cuestionarse todo, todo menos lo que debe ser tomado en apoyo de la misma libertad que se da mientras se cuestiona, si acaso se quiere una directriz, que quizá no sea el caso. Ahora bien, suponer la certeza de lo que otros han recorrido puede ser un incentivo para la curiosidad emancipadora o servir de freno para los recelos de la inteligencia enfrentada al desafío de avanzar por sí sola en el vacío. Pase lo que pase, una razón regalada es una razón relegada.

Razones regladas aparte, entre la visión que corroe los presupuestos de la realidad y la ironía dativa que los acepta como acertijo abierto a la polémica, habría de darse una justa bienvenida a cuanto diserto rebaje el orgullo antropocéntrico y rompa sin coacciones el espejismo de los progresos alcanzados, máxime si ya se cuenta por designio con el acervo de los principales sistemas de creencias trasteados por la condición humana, que necesitan masajearnos con el mensaje inverso para ser poderosos. Ningún modelo triunfante en la ampliación de la factoría histórica ha prosperado sin desbaratar de alguna forma la superación del complejo de orfandad que fomenta el acatamiento de un principio fundador, de un primum mobile del que también son legatarios, a diferentes alturas, los líderes mesiánicos, los frankensteins que remiendan pueblos al tajo de su capricho, los seres supremacistas más que supremos de las brumas demiúrgicas y los cortijeros exopolíticos con su diversa pigmentación; toda una gama, en fin, de condensadores arquetípicos que no excluye el concurso de partículas dotadas de propiedades fabulosas, como los bosones, que más allá de las competencias de las ciencias físicas han demostrado una versatilidad muy populista para las ciencias del imaginario. Ni siquiera la irreverencia que pretende reprobar esos vectores de arrastre es ajena a su influjo, y en el enrejado mental que trazan la existencia más ínfima se siente incardinada, partícipe de una misión trascendental frente a la cual empalidece la esencia problemática del sujeto, protagonista de la línea de fractura moral por donde cruje el conglomerado de vidas que de ser a ser intensifica el clamor de la conciencia. Conciencia y vida son potencias irreconciliables desde que la primera rebasó las estrechas funciones donde se vio nacer. No se desborda una sin que la otra lo acuse.

Aún queda un margen de postestad: uno puede aceptar que es hijo de una nada perpleja de su propia fecundidad y firmar después con deserción la morgue inseminada por los grandes firmamentos de ilusiones, o puede anonadarse como un apadrinador del dolor que se vomita en un rosario encarnado de reflejos consecutivos.

Palabra de ser entero, de ser en todo enterado de su cero entreverado, dice que ser bueno es sólo ser a medias, ser sólo a medias todo lo bueno que buenamente se puede no ser.

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Aunque uno sea por defecto dueño de lo que calla y prisionero de lo que dice, por aquí gustan las cabezas que no marchan al pie de la letra.

 
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