19.7.16

NECESIDAD DE UNA ISLA

Andrey, Concept
No me gusta este lugar, nada crece en la dirección correcta. 
Nic PIZZOLATTO, True Detective

En el origen fue la luz, pero la claridad, a medida que se expandía, hubo de dar espacio al oscurecimiento. ¿De qué huyen aún despavoridas las manadas de constelaciones que los antiguos, hombres hieráticos, quisieron fijas a perpetuidad?

No me apenaría tanto si hubiera de admitir mis errores ante los demás como el hecho de descubrir fallos generalizados que decidiera callar por saberlos indisociables de los míos. De momento, y espero que hasta el epitafio, me está permitido hablar de lo humano y de lo divino sin poner el forro en soflama, luego salgo en pesquisa del principio radical de las cosas, porque una vez se ha esclarecido lo fundamental todas las cuestiones brotan como radios del centro... ¿Debe favorecerse la continuidad de nuestra especie? ¿Qué precio está dispuesto a pagarse por mantener cerrada la mente en provecho de ese atavismo? ¿Es moralmente aceptable el uso del sexo con una finalidad reproductiva? ¿Hasta dónde cabe comprometer la responsabilidad individual por un solo acto de irresponsabilidad como el que implica despeñar otra criatura en la existencia pudiendo evitar el perjuicio de tamaña adversidad? De una importancia gravísima, las respuestas reflejarán el nivel de consciencia que uno ha logrado interponer frente al simple empujón de la mecánica evolucionista, aunque más fácil que neutralizar automatismos desde dentro del ser que los propaga es inferir que también en estos descalabros de la carne la oposición a la norma resulta de máxima utilidad para los anuentes, que se definen a sí mismos como cuerdos; cuerdos de atar son, lógicamente, por la pasión genitiva quienes comparten la cuestionable mentalidad partidaria de engendrar sucesores sin aquejar, bajo una perspectiva convencional, el menor desdoro. No en vano, la sociedad tiene asegurada su rodadura en ellos.

Ni una rotación planetaria ha transcurrido desde que en el blog de un wikipedista de pro leía un repertorio de malos augurios que el autor, vestido con ademanes de librepensador, vinculaba directamente al impacto de la depresión económica. Desde la tribuna de su catedrática y un poco catedralicia erudición, más cargada de loables intenciones que dispensadora de sólidas razones, se lamenta de que por el camino de la asfixia financiera está perdiéndose una generación entera, como si alguna hubiera habido capaz de salvarse de la decrepitud, y entre los motivos más luctuosos del presente estado de expectativas denuncia —casi puedo verlo, mano en pecho, murmurando su epicedio— que «los jóvenes no pueden fundar una familia». ¡Ay, los sentimientos píos! ¿He ahí, pues, la madre del cordero? ¿Crecer por crecer, mi querido filántropo? A este tibio señor, cuyo nombre rehúso exponer en la picota de mi crítica por la estima que sus labores didácticas justamente le granjean, con ganas le objetaría que esa moderación genésica ha introducido, como ninguna otra secuela, el efecto más digno de albricias entre los imputables al desengreimiento masivo fomentado en las haciendas por la crisis actual. ¿O tal vez, a su juicio, sería más halagüeño agravar la precariedad reinante con un incremento de la población que ensucie el nido con nuevas camadas de mendicantes vitalicios, analfabetos funcionales, comunicómanos insaciables, lacayos desalariados y votantes letárgicos? Hombrecillos fabricando hombrecillos, muchedumbres que nada quieren saber del justo medio y que todo lo pisotean, a golpe de prole, a partir de ese dudoso derecho a practicar la procreación, medio injusto donde los haya al alcance de cualquiera. Hacer más cuerpos es hacer prevaricación de los cuerpos.

Cavernarios sucesivos somos y en las cuevas nos encontraremos. Después de acogerse a las grutas y cubiles que pudo hallar entre las breñas de sus orígenes, el humano de las postrimerías ha conectado en red sus símiles rupestres de ladrillo, acero y hormigón. Demasiado ceñido entre las pantallas que le crecen como tumores audiovisuales a la realidad, busca el terrícola ordinario un refugio imposible entre incentivos agotadores que no se harta de añadir, sin embargo, a la cesta de las menudencias que lo convierten en un recolector recolectado por infinitas distracciones virtuales. Malavez hemos cambiado, y en cualquier caso a peor si hacemos cuenta de que el éxito en materia de ganado ha pertenecido de suyo a los sujetos que mejor se han apañado para reproducirse a tutiplén. En otras palabras, desde un punto de vista natural, los abanderados de nuestra especie raramente son los más lúcidos y sensibles, sino los más irrespetuosos con el otro, con el congénere que debería, enfocado con rectitud, ser concebido como un fin en sí mismo antes que meramente concebido.

Bastantes centurias antes que Kant, Confucio alumbró un concepto afín al que en una versión democrática adoptaría después el filósofo alemán como núcleo de su ética: «El hombre superior no es una herramienta». Con todo, es todavía posible cierta grandeza más allá del rendimiento neto exigido por el credo de la productividad. Donde exista un abuso puede abrirse la posibilidad perpendicular de un microheroísmo, de un obrar que no haya sido amamantado por los aplausos de los viles que siguen como guía el mimetismo elaborado a partir de las ramplonerías precedentes. Hágase ejemplo de lo que cuento en que a pesar de ser el miedo a perder la vida más fuerte en las mujeres que en los hombres (seguramente por la programación ancestral que ha conformado en ellas una barrera biológica destinada a proteger el horno de la especie), cuando sienten vencido al fin el temor a la muerte, no hay ejército que sepa contener su bravura. Llevada al extremo, toda mujer es una amazona en potencia y ninguna amazona se rinde sin entregar el alma.

Por la deriva de la perorata que me está saliendo, pienso ahora que entre las relaciones fermentadas en el delirio conocido como seno familiar la más hermosa es la unión defensiva de los parientes contra las amenazas y coacciones de un agresor externo, pues contra ellas queda constatado que el humano, cuya decadencia es notoria, conserva algunos arrestos para mantenerse indómito en la solidaridad cuando toca dar la cara por los seres a quienes ama. Marcando contraste, y sin merma de cuán fea escena compone un padre que alza la mano contra los inocentes a quienes impuso la devastación de vivir, en la categoría de espectáculos deprimentes lo supera, con mucha ventaja, el orden que tasa legalmente el tono de la convivencia doméstica y manda a sus esbirros allanar, sin gasto de vergüenza siquiera, el umbral de un hogar cuando sospecha que la realidad allí parcelada no se ajusta al denominador común, o bien no satisface los diezmos debidos a la usura.

Tan cierto como que el valor es un atributo de índole moral se demuestra que nada se hace valer fuera de un campo de acción, y es en el campo de las acciones morales donde el individuo que modula su equilibrio dinámico en el caos debe volverse disciplinado para que la presión de una incongruencia demasiado inflada no haga de él un desvalido.

Broncos y pesados vicios engorda la posesividad, que constituye por sí sola uno de los más deleznables hábitos por cuanto impide al espíritu respirar el aroma sutil de la virtud, lo atrapa en el círculo de los afanes voraces y lo engaña con la ilusión de ostentar una imagen de rango y poder donde no se olfateará rastro del dominio de sí mismo, de la templanza y de la amplitud intelectual que son, entre otras cualidades de mérito, signos distintivos del ser dotado de verdadera elevación. A tenor del eje planteado por esta idea, podrían verificarse dos categorías fundamentales de actitudes con sus correspondientes y muy distinguibles modos de entender el viacrucis de la vida: la actitud de quienes desde la progenitura de una familia, de una nación, de una secta o de un negocio necesitan comerse a los suyos para sentirse plenos, y la de quienes necesitan que los demás los dejen de pleno en paz para sentirse suyos. He de computarme entre estos últimos: soy uno de esos que no podrían dejar de anunciar, aun quedándose más seco que un terrorista pidiendo limosna para explosivos, que ninguno de nosotros debiera haber nacido. Nadie, tampoco ningún ser sintiente, tendría en justicia que estar aquí.

Más que padecerla, evoco la necesidad de una isla donde a mi salvo, en la travesía que va del exilio interior al florecimiento espiritual, y expatriadas las alteraciones que se oponen a que lo frágil se funda con lo ilimitado, pueda armarme de audacia para asumir, a falta de aborto, la paternidad de mi sepelio.

«Seamos sabias, ocultémonos», es cuanto parecen sugerirnos las constelaciones del inicio.

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