4.4.15

EL OTRO HOMBRE EN EL CASTILLO

La realidad es aquello que no desaparece cuando dejas de creerlo.
Philip K. DICK
Cómo construir un universo que no se derrumbe dos días después

El conocimiento de la historia no evita por sí solo la repetición de errores funestos; a menudo traicionero, el precedente abona el tentador estímulo para amplificarlos. Anticípese lo que hubiera hecho Hitler de haber considerado premonitoria la desastrosa expedición napoleónica en Rusia, que había estudiado con detalle, por encima de la urgencia innecesaria de humillar a Stalin tras la búsqueda de una oportunidad gloriosa de culminar la ambición frustrada del caudillo corso; en lugar de avanzar penosamente por infinitos campos helados y pueblos cuyo único botín consistía en recibir a las tropas del Reich con la desesperación del oprimido convertida en odio, el Führer hubiera concentrado su campaña bélica en el frente occidental sin quebrar el pacto de no agresión alcanzado en 1939 con el régimen soviético, una línea de acción que, favorecida por la combinación de otros factores, le podría haber permitido adelantar al imperialismo americano en la carrera por poner a Europa en veinte uñas y culipompa.

A varias generaciones de este hipotético cambio de rumbo que tomaré por cierto en igual medida que nuestra versión de la historia, en la que vencen los aliados, es ofrecida como alternativa en el argumento de La langosta se ha posado, el libro clandestino que aparece dentro de la ucronía del profeta Dick El hombre en el castillo y plantea una visión de la Segunda Guerra Mundial donde se invierte, como en una imagen en negativo, la circunstancia geopolítica en la que viven los personajes, hoy podríamos especular sobre lo que hubiera supuesto la victoria de las barras y estrellas sobre las cruces gamadas que dominan el mundo y, quizá, desovillaríamos una inquietante sospecha que apuntaría a la producción, tras el fin del conflicto, de una obra maestra de suplantación cultural: la realidad bajo el nacionalsocialismo tardío y la presumible bajo el régimen plutocrático de factura anglosajona, que podríamos llamar capitalismo de ficción según la expresión acuñada por Vicente Verdú, presentan similitudes harto significativas para obviarlas sin escrúpulos y asegurar sin rubor de falseamiento cuál fue la mentalidad que perdió verdaderamente la contienda...

Por opacos que sean sus efectos cotidianos, a nadie despunta el intelecto que quien escribe el relato de los hechos configura la lectura que hacen de ellos las generaciones sucesivas. En los primeros siglos medievales, época trazada por contubernios entre obispos y belicosos terratenientes, los clérigos ostentaban el monopolio de la escritura que la Edad Media renaciente, caracterizada por su estilo tecnodemagógico, cede a los programadores informáticos, los publicistas y los traficantes de noticias, quienes subordinan la especialidad de sus diversos oficios en el uso de códigos semánticos a entramados corporativos que ocupan el lugar antaño reservado a los feudos. En simétrica mediocridad, por presiones económicas, señuelos narcisistas y otros cebos predeterminados más fáciles de morder que de rehusar, se nos apresura desde las principales fuentes de referencias a contraer hábitos homogéneos para interpretar la realidad en un sentido convergente y sucumbir, progresivamente, al descerebramiento generalizado.

Si por un lado es innegable que existe un auge de los estamentos profesionales ligados a la masificación del analfabetismo introspectivo, téngase presente, por otro, que pensar por sí mismo es una posesión preciosa, el auténtico arte narrativo del ser, y uno de los pocos recursos remisos a comparecer sin plantear dificultades de primer nivel a la hora de formatear el contenido de la psique en aras de las nuevas latrías de un planeta rendido a los tramoyistas.

No se lamente llevar las propias dudas con altura hasta en los apuros que a nada conducen, pues el torrente de su fuerza no emerge para guiar al indeciso entre los continentes que ha venido a categorizar como sujeto y objeto, territorios de límites borrosos y datos fluctuantes por necesidad, sino para romper lo que fue unido en falso así dentro como fuera de sus dominios. No se soslayen las anfibologías y tortuosidades que pueda despertar la irrupción transgresora de otras ópticas, porque la incertidumbre ha sido siempre la piedra de toque de la realidad. Y tampoco se olvide que los científicos e intelectuales, promocionados como lumbreras del discernimiento allí donde son creídos con tanto o más prestigio del que gozaban en otro tiempo los teólogos, rara vez han dejado de ser cómplices e indulgentes con las barbaries promisorias de poderes delirantes por dos motivos que no pueden disociarse y se añaden a su probado gusto por la prebenda: admiran a los hombres de acción que les hubiera gustado ser y, en su defecto, abundan entre ellos quienes militan en el anhelo de erigir sus sacristías académicas en tutorías de la manipulación masiva que por sí solos, dada la enormidad del cometido y los riesgos que conlleva cederle el rostro, son demasiado enclenques para liderar por muy prohombres que se sientan.

Permanentemente amenazada, en riesgo continuo de convertirse en la rabiza de la que abusa por capricho hasta el bípedo menos digno de pisar el pellejo terrestre, la libertad de conciencia nunca ha estado tan encorsetada, vigilada y adulterada como en la actualidad, sobre todo por parte de aquellas organizaciones de ampuloso discurso que se proponen protegerla por nuestro bien.

Líbreme Ananké, regidora de cuanto acaece insoslayable, de los sumos benefactores, que de los déspotas de afrenta diaria me libraré yo.

De capos a capones, como si nunca les fuera a llegar su larga comedia de chirigota, los cabecillas más prominentes del ahora parecen despreciar que el porvenir, exento de padecer los humos de aquellos que fueron grandes, antes ensalza lo que tuvieron de mamarrachos y deposita sobre sus honras la soberbia que, al ganar en perspectiva, los transforma en adefesios. Aunque la estampa que traigo haya sido compuesta por Paul Delaroche sin otro testificador que la imaginación, es imposible rememorar a Napoleón en excelso después de haberlo visto inutilizado en un saloncito donde rumiaba escorias la víspera de su abdicación.

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Aunque uno sea por defecto dueño de lo que calla y prisionero de lo que dice, por aquí gustan las cabezas que no marchan al pie de la letra.

 
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