21.4.15

ABANDONAD TODA ESPERANZA QUIENES AQUÍ ENTRÁIS

Salvator Rosa, Lo spirito di Samuele evocato davanti a Saul dalla strega di Endor
¿Qué lágrima no has helado en mis ojos al brotar?
Esteban ECHEVERRÍA
Himno al dolor

En cada espíritu hay un eje alrededor del cual quisiera hacer girar las estrellas: no se culpe al ahorcado por los caprichos de la soga.

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Todo lo más, el mundo se muestra generoso para fecundarnos con irrealidades que nos abortan lo habido por lo imposible.

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La necedad acompaña al ser humano no tanto para simplificarle la travesía como para cerrarle los ojos al abismo que lo rodea.

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Como en todo gesto de misericordia, lo más repugnante de la limosna es que obliga a arrodillarse a quien la pide y a inclinarse a quien la da.

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Lo que Dios quiere limpiar con el perdón del hombre es su propia imagen; justo lo que el hombre, consciente de ser un mal plagio, no puede perdonarle.

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Dios ha sido siempre la invención del Maligno; que se pueda pensar lo contrario es ya en sí mismo un acto diabólico.

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Nadie perdona a los conversos su cambio de rumbo, excepto los dioses que se renuevan con el furor de los recién fichados.

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La virulencia de su fe radicaba en no perdonar a Dios por haberlo creado, virulencia que Él contemplaba ufano como el ganadero que ordena ordeñar a sus reses rendimientos de bravura.

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Tan sólida era su rectitud, que por amor a la verdad creía sus propios engaños antes de divulgarlos.

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Creer y conocer son conceptos inversamente proporcionales hasta que quienes conocen creen conocer sin creer.

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Todo lo que vemos con los ojos puede cegarse con un par de monedas.

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El amor al lucro no respeta el amor a otra cosa; no ama otra cosa que una productiva privación de respeto.

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Modeladoras de la nuestra son las miradas de los demás que ora con esto, ora con aquello, nos van poniendo en la cara el culo del disimulo.

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Para la miseria alimentaria se habilitan comedores sociales; para la indigencia moral, palacios.

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Todos los infiernos nacieron siendo ideales, de ahí que detentar un cargo en algún infierno sea un ideal imperecedero.

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Ni robo ni derecho: la propiedad es un cebo.

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Que la riqueza no la generan los ricos es evidente, pues solo a los que no lo son se les hace pagar por todo.

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Izquierdistas y derechistas participan por unanimidad en la estrechez bipolar de un mismo juego trucado: mientras la izquierda sirve para que quienes tienen poco crean que pueden llegar a mandar, la derecha procura convencer a quienes tienen mucho de que lo perderán todo si no gobiernan contra los desposeídos.

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Nunca faltarán calvos que digan a los melenudos cómo deben peinarse.

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El profesor lo llamaba estúpido por no saber leer, y el estúpido era él por pedírselo a un sordomudo.

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Bajo el hechizo de una mentira perfecta todo cuanto es veraz parece rotundamente falso.

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El único modo de sacar una chispa de verdad consiste en empuñar dos mentiras y hacerlas chocar.

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¿Su fallo? Acertar demasiado en el ajeno.

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El lugar de un hombre libre no está en la sociedad, sino en las leyendas, las fosas comunes o las cavernas.

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La libertad que no duda de sí misma se asemeja sospechosamente al conformismo; la que ni siquiera puede albergar dudas es, sin duda, el disfraz de lo opuesto.

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No te extrañe oír balidos en las calles si desde que vienen al mundo los transeúntes son esquilados.

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Incluso un cuchillo embotado es tajante para la espalda donde penetra.

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Dotarse de amplias visiones se expía con la cortedad de quienes al mirar lo mismo que vemos nada ven más que sus sombras.

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Hay terrícolas tan invidentes que con el cielo raso no ven la noche que envuelve al Sol en pleno día.

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Si en la religión halló el pueblo su botica de opiáceos, en la democracia tiene su tasca.

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¿En virtud de qué añagaza sofística se ha llegado a persuadir a tantos de que estar sometido a una mayoría de amos es más justo que padecer el absolutismo de unos pocos?

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Los siervos convocados para elegir a sus señores no son menos siervos, solo menos irresponsables de serlo.

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Nada mejor que la democracia para trasplantar dictaduras sin que el tirano se manche de barro.

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Ningún sistema democrático se resiente por las extravagancias políticas de sus ciudadanos, incluso podría pensarse que forman parte de su código de distracciones siempre y cuando no se prodiguen adversas al club económico que succiona los beneficios e impone las pérdidas al resto.

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Quizá sea exagerado hablar de ingeniería financiera para referirse a los banquetes bancarios y, sin embargo, en ningún otro festín logra el ingenio que las resacas e indigestiones de los que se atiborran sean sufridas únicamente por los excluidos del sarao.

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Luchar contra la pobreza no es tratar de destruir a los ricos según el fiero propósito que exhiben los arrollados cuando los pintan sus verdugos, sino crear las condiciones necesarias para disolver el terrorismo organizado que encumbra a los arrolladores.

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La justicia nada tiene de proverbial, salvo la maldición en que se convierte para quienes no pueden comprarla.

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La cultura nunca ha estado en los libros, que a lo sumo la condensan, nace de la actitud con que los autores hallan, desmontándose a sí mismos, las claves de los otros.

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Dado que en este mundo todo anda del revés, la ignorancia bien puede ser laureada con erudición y la sensibilidad desarrollarse sin el bautismo de las letras.

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Inmenso es el poder acumulado en los libros, un poder que igual pone peldaños al espíritu en su ascenso que le hace una cama ensoñadora para adormecerlo del mundo, mas todo su poder es insuficiente si se compara con el ganado a las alturas por quien escala la montaña de la experiencia sin confiarse a otros oráculos que el rastro, aún legible, de los héroes caídos que partieron antes que él.

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Vivir es todo lo que uno hace consigo cuando no tiene tiempo para trabajar.

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También mientras dormimos hacemos callo.

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A la llamarada de lucidez le sobran todas las palabras, menos aquellas que la propagan de un cerebro a otro a través de la oscuridad.

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Multiplicar no los genes, sino los memes, hasta que no haya cabeza humana que los meta en categoría.

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¿Qué opinión cabe formarse de esa moral tan extendida que reprueba la posesión de armas y carece de reparos para homenajear a cualquiera que añada la carga de su prole a la bomba demográfica?

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Para muchos, el individuo vale como eslabón de una cadena ancestral; es decir, que el valor de uno resulta ser, exactamente, cero sumado a muchos ceros.

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Que algo se preste a usos potencialmente peligrosos no establece nada en favor de su prohibición. Y si estoy equivocado, a todos los usuarios de lápices y objetos punzantes, entre otros innumerables ejemplos, se los debería condenar por conducirse temerariamente contra la salud pública. A tenor de estas providencias, los calabozos pronto acabarían llenos de gente honrada; para los promotores del horror y la chusma que lo ejecuta, su sitio estaría, respectivamente, en el gobierno y a sus órdenes directas... más o menos como ahora.

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La diferencia que media entre los partidarios de la civilización y sus detractores se ciñe a una cuestión de fechas: mientras los primeros quieren dilatar a cualquier precio la extensión temporal de la humanidad, los segundos abominan demorar su hundimiento de manera tan catastrófica, pero ambos realizan su juicio desde un presagio compartido: el ser humano no sobrevivirá a los desvaríos que define como progreso.

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¿Cuántas veces veremos al optimismo conceder el nihil obstat a los proyectos monstruosos que nos empujarán de la mediocridad al exterminio?

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El origen nunca ha abandonado su presencia en nosotros y remite desde siempre a un final pavoroso.

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El progreso no ha hecho nada para evitar las carnicerías humanas en aras de una ambición mezquina o tras el botín de un ideario bárbaro, pero ha vestido a sus oficiantes con alta costura y edificado con cánones tan asépticos como impersonales los templos donde se deciden las masacres.

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Cada ideología escoge herramientas de martirio a su medida y algunas hasta el cinismo de ostentarlas en sus banderas como símbolos honrosos del trabajo manual.

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En esta época que ha elevado el cotilleo al rango de mito y cultiva la denuncia como en otros tiempos se celebró la epopeya, las huellas más profundas no la dejan las mentes de mayor hondura, sino los bestias que cargan con mayores crímenes.

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Primero perdí la cabeza por amor y luego perdí el amor por traerlo de cabeza.

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Dicen que la distancia mata el amor y yo lo despedí en la cercanía. Tanto nos juntó la pasión, que no hubo más aire que respirar entre nosotros.

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Le ofrecí un café con la exclusiva, gloriosa intención de convertirme poso en sus labios.

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Por bueno que sea el afecto, lo mejor que podemos obtener de él es una esposa con quien traicionar a la bella dama, que algunos llaman libertad, con quien podíamos retozar solteros y estériles.

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¿Para qué abrasar a un hereje si con la misma cantidad de madera se pueden empapelar más disidentes bajo un alud de acusaciones infamantes?

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Ante el hallazgo que estremece escandaloso, no temo que me lo roben, prevengo que me lo imputen.

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Las marionetas del presente son más fáciles de manejar que las de antaño: en lugar de cuerdas, están sujetas a las ondas de sus teléfonos.

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La impotencia difícilmente engendrará valores que la superen, pero sin su intervención las pretensiones humanas serían menos espantosas.

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Con el mucho mundo le menguó el alma; no esperaba menos de un nómada compulsivo encaramado a la cima de una pirámide cuya base flotaba en un hervidero de cocodrilos.

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Era un hombre tan chiquito, que para verse grande reducía a los demás hasta dejarlos hechos unos votantes.

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Aun en sus ronquidos había arranques tan despóticos y reveladores de la acritud de su temperamento, que lo más amable que podía hacerse por su persona era silenciar su respiración con la suavidad de una almohada.

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Desear que una dictadura implante su mano de hierro solo para darle a nuestras obras la oportunidad de delatarnos.

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No se puede tener independencia de ánimo sin militar en el ostracismo.

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Cuando los arrabales se cubren de un espeso silencio que las moradas de los mortales, cerradas por dentro, mantendrán intacto durante horas, el eco de sus propias pisadas es causa de acojone para el merodeador que anticipa a otros insomnes su rastro.

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Si abres tu hogar a quien no has invitado creerá que tiene permiso para quedarse cuanto desee con cuanto quiera. La hospitalidad que no empieza por uno mismo es un timo.

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Con la realidad uno nunca sabe a qué atenerse: encarándola, el impacto frontal nos romperá hasta las muelas; dándole la espalda, nos sodomizará a traición; presentándole el costado, la acometida de soslayo está asegurada.

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Cuando los pilares de la convivencia se derrumban y afloran sin restricciones las heces acumuladas en sociedad, la consideración a detalles de orden mínimo —descargar el retrete público, apagar la colilla en el cenicero, hacer uso de los intermitentes, etc— adquieren una resonancia mística que nos devuelve a fragmentos una confianza en la condición humana que acaso nunca tuvimos; son momentos cristalinos en que uno, sin dejar de dar por perdida la guerra contra las tinieblas, carece de razones para permitirse perder la paz.

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Entre los motivos de raigambre que se arguyen para ser cívico, rara vez se menciona el sabotaje nacional que ser bien educado comporta en un país donde la villanía hace coz y mendrugo del reino nuestro de cada día.

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En vano acusarás a la mierda de ser mierda, como en vano esperarás de ella respuestas limpias; averigua quién la produjo y muéstrale el camino de regreso.

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Toda sandez supone una amenaza para la inteligencia... para la ajena, claro.

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Que la exuberancia de tus frutos no te haga olvidar las ramas desnudas que los sostienen.

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Si nuestro reflejo cobrara vida más allá del espejo, nadie en sus cabales retrasaría el armisticio con su doble.

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Somos todo lo que arroja leña al fuego de nuestro drama interior.

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No todas las alboradas aportan bastante luz para despejar las brumas de la víspera, ni todos los crepúsculos extinguen los fulgores que el día más lúgubre intentó ocultarnos.

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No olvidéis, queridos míos, despertar antes de soñar.

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Si para el piojo el paraíso es disponer a su antojo de caballeras mansas e infinitas, ¿a qué fabulosa criatura se aferra el ser humano para haberse figurado la redención como una beatitud inmarcesible en un vergel celestial?

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¡Qué inmensidad la del que escapa por el ojo de la cerradura!

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Estar vivo no demuestra que no se haya muerto; como la inocencia, solo es algo que se presume...

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El tiempo nunca pasó; lo que pasó fue el tiempo de contarlo.

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No hablaré más del eterno retorno, sino de simultaneidad velada en vida de los tiempos cruzados por la proa de un ahora que nos mantiene ocupados tras el mismo instante que no abarcamos.

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La realidad es una chincheta dentro del zapato cuando hay que seguirle el ritmo con el pensamiento.

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El corazón es horadado por el pensamiento de una forma que ningún sentimiento, real o simulado, puede llenar.

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El pensamiento que no hace añicos la razón solo es un simulacro de emergencia tras el cual se desactivan las alarmas de la conciencia.

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Después de todo, no es de asombrar que se batalle por ser los últimos Aquí antes que los primeros Allí. La naturaleza se hace más fuerte en la rata de alcantarilla que en el león de circo.

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De la mañana a la noche, las rutas de la soledad son patrulladas por milicianos del pensamiento unidireccional. De la noche a la mañana, el solitario prosigue su túnel sabiendo que alguien lo escucha escarbar un laberinto.

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Comodoro en la tragedia, el delirio es útil para que el extraviado en el desierto desfallezca antes que el sensato incapaz de divisar un horizonte que acelere su agonía.

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El insecto suspira por la belleza de la flor donde se posa sin vislumbrar que su anfitriona anhela seguir con su fragancia el vuelo itinerante del plectro que la tañe.

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En las charcas de mi arte las musas, como el prudente Pilatos, se lavan las manos. ¿Qué veo en tales espejos, después de haber sido revueltas sus aguas con caricias tan desdeñosas, sino la conciencia diciéndose a sí misma que necesitaría varias vidas para poder vivir una sola?

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Veneno de veneros en los que zambullirse, hay que perder la vida para ganar al hombre que perdimos en ella.

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¿Hay futuro? También piensa en lo que hará mañana quien ha de morir hoy.

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Somos, fundamentalmente, una especie excretora: poco aptos para encajar en algún hábitat natural, necesitamos vertederos que digieran cada metro civilizado y cárceles donde vomitar a quienes recorren el artificio con el paso cambiado.

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Conocí a un paisano al que le crecieron unos hongos en el glande que las mujeres se disputaban por lamer en busca de sus efectos prodigiosos como rejuvenecedor facial, pero a diferencia del manido cuento, de él nunca salió un príncipe porque las ranas encantadas eran ellas.

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Patria y tapiar comparten, en nuestra lengua, los mismos ladrillos, pero la arquitectura es la misma en cualquier idioma.

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El odio al foráneo no manifiesta un excesivo apego a lo propio, sino un indiscutible desconocimiento de lo diferente... cuando no el temor inconfeso a reconocerse en aquel a quien se detesta.

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Solo en la profusión de comodidades que auxilian el hastío de sus pueblos aventajan los países occidentales a las naciones aplastadas en la carrera global hacia el patíbulo.

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Del viento esperamos que se lleve nuestras palabras taradas y deposite en suelo fértil las que sentimos memorables aun a sabiendas de que nadie ha verificado jamás que sepa distinguirlas del incansable ulular con que barre la historia.

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¡Qué triste y grotesco espectáculo escuchar al más infeliz de los esclavos maldecir el absentismo de quien renuncia voluntariamente a todos los amaneceres!

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Ni la siega de la muerte nos iguala como el llanto descarnado del nacimiento. En la muerte, unos y otros se ajustan a lo que en verdad son, y si el hombre de acción se acongoja por lo que no ha sido, en el hombre clarividente se atisbará la gratitud de una sonrisa por lo que no será.

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Fantaseo con un bostezo que me transforme en agujero negro...

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Aunque uno sea por defecto dueño de lo que calla y prisionero de lo que dice, por aquí gustan las cabezas que no marchan al pie de la letra.

 
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