16.4.15

EL KAFIR

Hay que morir unas cuantas veces antes de poder vivir de verdad.
Charles BUKOWSKI
La gente parece flores al fin

Hablo sin asidero de alquibla: clávense en ella los bizcos deudores de dioses rencorosos, a mí me basta un horizonte despejado de razones y miedos humanos para hundirle la mirada al pantano de los absurdos.

Mientras los dogmáticos hacen violencias para lograr que la realidad coincida con el sesgo preconcebido que tienen de las cosas y deben a su debe ser el comienzo por la negación de lo que es, este infiel, que ni siquiera se ha formado una idea cabal de la torre de corazones despoblados que viene alzando para insertarle amplitud a la hibernación, comprueba cómo esa misma realidad que nunca ha coincidido con él lo persigue, reiterando sus grutas, cada vez que la acusa de no haberlo persuadido jamás. ¡Menudos adhesivos gasta la bífida!

Un náufrago rodeado por cordilleras de espejismos que escala hasta donde emerge el paso en falso, colono solitario de una isla mental cuyos accidentes nadie ha pronunciado en voz audible para el pensamiento, no se hallaría en el incógnito paradero donde he venido a libar, con lentitud de besos secos, los silencios del denuedo que hoy marchito en pago por el ayer inverecundo. He sido responsable de acciones feas, pero en ninguna de ellas he invocado en vano al Grande —la gente impía solo tiene fe—; también he tallado un grial de hazañas nobles y a todas las uní en la intimidad de la vorágine con mi lamento por carecer de un Señor de altura a quien honrárselas.

«Somos burbujas de eternidad, ecuaciones de espuma en la muerte», recuerdo haber escuchado orar, con la nariz en las grietas de sus cimientos, a Diego Rayo, una de mis pieles en el palimpsesto caligráfico. Tiempo es ya de admitir que el quizá se ha vuelto y que un sí sumado al viento de estos andurriales absolutos es admitir que estoy perdido en el bosque porque el bosque, previamente, se perdió en mí...

Por mis iris, esta vez no permitiré que las cosechas de mi lobreguez se malogren tras las birrias de una alegría.

Krishna, que significa Negro o Supremo Atractivo según la fuente consultada, danza sobre el nagá Kaliya, semidiós irascible con cuerpo de ofidio al que acompañan sus ocho esposas rogando clemencia. La ilustración procede del manuscrito Bhagavata-purana.

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Aunque uno sea por defecto dueño de lo que calla y prisionero de lo que dice, por aquí gustan las cabezas que no marchan al pie de la letra.

 
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