1.4.15

LA CONJURA DE LOS CHUCHOS

El género humano cree siempre, no la verdad, sino lo que es, o parece ser, más a su propósito. El género humano, que ha creído y creerá tantas bobadas, no creerá nunca ni no saber nada, ni no ser nada, ni no tener nada que esperar. Ningún filósofo que enseñase una de estas tres cosas tendría fortuna ni crearía secta, especialmente entre el pueblo: porque además de que las tres son poco a propósito para quien quiera vivir, las dos primeras ofenden la soberbia de los hombres, la tercera, aunque después de las otras, requiere coraje y fortaleza de ánimo para ser creída. Y los hombres son cobardes, débiles, de ánimo innoble y angosto.
Giacomo LEOPARDI
Diálogo de Tristán y un amigo

A la pandemia de las ideologías —y quien predica su defunción se acoge, lo sepa o no, a otro foco doctrinario— cabe darle como explicación parcial que los impedidos para generar ideas propias y fraguar, con ellas, la capacidad de independizarse de su entorno y aun de sí mismos, tienden a atrincherarse en los códigos y señas de identidad compartidos dentro de la comunidad de valores, taxones axiomáticos o categorías de confinamiento mental que caracterizan a sus miembros de acuerdo con lotes estancados de miedos y manías asumidos a modo de aprobación intragrupal.

Quizá una de las funciones prioritarias de las ideologías sea la de ayudar a que sus adeptos se absuelvan de la amargura de pensar en solitario a cambio de conchabarse en la exaltación de un catálogo común de complejos racionalizados y tics intelectuales propicios para atenuar el desasosiego de transitar sin rumbo cierto por los laberínticos vericuetos humanos y, de paso, afear el panorama de los que prescindimos de honrar con pedestales tales disparates —en el combate de las ideas muere gente, apuntaba el poeta—, pero sin duda la utilidad decisiva a la que deben su éxito es de naturaleza menos refinada y, por ello, más difícil de contrarrestar con argumentos críticos, ya que guarda una similitud atávica con el obsequio recíproco que los perros se procuran, siguiendo una impulsividad incorregible, cuando acuden con retozona fruición a olisquearse el ojete.

La persecución y clausura de las múltiples dimensiones de la fronda espiritual hace muchas generaciones que dejó de ser patrimonio de la sinrazón a cuyo recaudo prosperaban los inquisidores de casulla que prometían suplicios perennes. A golpes de revolución y modernidad, la faz de los tormentos públicos, como la de los placeres privados, también se ha visto desfigurada si se la contrasta con las morfologías usuales en los rigores de antaño. Hija primogénita del progreso, una devastadora razón bulle en los fundamentos de los últimos credos que definen la pesadilla histórica de nuestra especie, condenada a padecer el sueño de sus utopías como una realización constante del infierno en la Tierra.

En el imperio de los deslumbrados por el triunfo de las semejanzas que cada ideología propugna para sí, la presbicia de los que todavía conservan la videncia llameando en un quinqué de cansancio es tan escasa como digna de recibir un panegírico. No en vano, agotada el aura mediática de los vampiros, que concordaban bien con el gusto romántico por las actitudes crepusculares, hoy son los zombis el icono de moda que mejor se aviene con la realidad dominante, descaradamente adicta al mogollón de putrefacciones en tumulto de acartonados.

Nunca temáis a los fanáticos, pues equivale a provocarlos y acabar envuelto sin remisión en la alambrada de sus convulsiones, sino culebrear entre las dos grandes facciones de alucinados que compiten por el mundo: la de aquellos que solo ven lo que creen y la de los que creen solo en aquello que ven.

A exclamar estas bondades obligan los proselitistas y otros portadores de humanidad que, con atuendo de gañán, uniforme de escopetero cebón o autoinflingiéndose sudorosos castigos deportivos, merodean cerca de mi abadía.

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