23.3.15

¿POR QUÉ NO SOY DEMÓCRATA?

El éxito de un gobierno requiere la aceptación de ficciones, requiere la suspensión voluntaria de la incredulidad, requiere que nosotros creamos que el emperador está vestido, aunque podamos ver que no lo está. Y la magia se extiende a los gobiernos más libres y populares, así como a los más despóticos y más militares.
Edmund MORGAN
La invención del pueblo

Aceptaría como válidas las más verosímiles teorías conspiranoicas de la historia si una inspección minuciosa de las grandes empresas humanas, en la trayectoria de sus líderes no menos que en la de sus secuaces, demostrara haber estado dirigida por propósitos de una altura intelectual bien distinta de las ambiciones insignificantes y encarnizadas porfías que los caracterizan. Se decanta en los principales artífices de los acontecimientos un guión no sé si revocable para el destino sociopolítico de la especie, aunque desde luego reiterativo tras la mudanza superficial de actores y discursos que lo adornan; persiste como una pauta transversal de mediocridad a tenor de la cual la implantación de las democracias occidentales no puede considerarse un fenómeno de excepción cuando se asume el sambenito de diseccionarlas hasta averiguar las directrices que las sustentan: además de haberse erigido en una supuesta regla de oro para el adiestramiento o potabilización de la vida pública, constituyen el sistema normativo que permite anular las desviaciones minoritarias con menores riesgos de impopularidad.

Mención aparte de los reductos de inspiración misantrópica a los que solo puedo adherir mi simpatía, las críticas más acres a las democracias proceden de hiperactivismos que extreman, precisamente, códigos y reflejos heredados de la tradición demagógica, cual es el gusto por el sometimiento a un rasero común, la agitación permanente de las masas y un itinerario de pensamiento predefinido que aspira a incardinar la dispersión natural de las inclinaciones particulares; entre estos focos de oposición hostiles, en apariencia, a las tendencias democráticas, merecen especial reseña por su pujanza el fascismo y el anarquismo, mas del primero de estos movimientos desdeño hablar porque lo encuentro carente de profundidad ideológica y, sobre todo, porque hoy no me sale de los seminarios dedicarles un ápice de atención —siempre he sido favorable a la actitud de aplicar a los totalitarios dosis generosas de su propia medicina, tratamiento que antes estoy dispuesto a administrar de puño que de letra—, de modo que con un somero enfoque abordaré sin más dilación el segundo de ellos con la intención de sacar a la luz sus deficiencias en cuanto a compromisos de liberación atañe.

A pesar de llevar algunas propuestas barbianas bajo su capa, en la evolución de la doctrina anarquista ha tenido más peso específico el socialismo que la libertad individual, que así designada parece un eufemismo timorato de la potencia que en verdad alberga: el don de sí, la potestad de ser uno para uno. Ya en el siglo XIX, la alcahuetería que celebró juntar en un mismo jergón los principios de socialismo y libertad dieron sus partidarios en llamarla comunismo libertario, oxímoron más que paradoja bendecido por el insurrecto maestre de ceremonias que fue Bakunin, quien procuraba encandilar a sus dispares feligreses cuando declaraba, dizque convencido, «que libertad sin Socialismo es privilegio e injusticia y que Socialismo sin libertad es esclavitud y brutalidad» —las mayúsculas son literales—. Era previsible, por tanto, que el aparato analítico de la visión anarquista, de sólito tan implacable en su lucha contra los gobiernos de cualquier índole, no haya sido capaz de afinarse desde entonces más allá de la distinción entre democracia asamblearia y democracia parlamentaria, como si el problema fundamental en lo que a procedimientos democráticos se refiere estuviera en la gestión de la representatividad, que también, y no en el concepto básico que apuesta por resolver toda deliberación relevante en términos numéricos o sufragistas, que son los que otorgan la fuerza legitimadora al vulgo, tan hambriento en toda ocasión de espectáculos groseros como necesitado de autos de fe contra los disidentes que rechazan la inercia de sus hábitos y creencias. Si un hombre pésimo en posición ventajosa puede hacer sin ayuda mucho mal, y si no es falso que estos hombres prosperan gracias a un contexto donde la excelencia escasea, ¿qué no harán muchos hombres pésimos al frente de los asuntos generales? No repruebo que los pésimos se junten si de sus juntas no salen escaldados los que con otro criterio rehúsan unirse a sus proyectos, pero ¿acaso puede obviarse que la democracia —directa o diferida, masiva o elitista, de comuna o de mercado— interviene en cada circunstancia como un mecanismo exponencial no solo para facilitar la difusión de una mentalidad parroquial decidida a consagrar lotes de mentiras colectivas sobre las evidencias singulares que las cuestionan, sino que ha servido, por activa y por coactiva, para instaurar con el prestigio de lo ineludible el postulado de que todos los hombres valen igual y concentran la expresión suprema de ese valor en el voto? De esta bulliciosa manera, se confiere empaque de solidez moral a un patrón de reincidencias que apela a la complicidad abstracta de muchos para preterir en lo concreto las irregularidades incómodas, expulsar hacia los márgenes de lo posible las alternativas que se apartan de las convenciones triunfantes, descalificar los climas mentales demasiado complejos para integrarse en la realidad instrumental, asimilar los testimonios rebeldes de la memoria a relatos anacrónicos y torpedear el papel desestabilizador de los sujetos extraordinarios que logran abrir grietas en su ámbito de acción.

Si algo se desprende del estudio de los mitemas políticos modernos es que cuanto más democrática es la organización formal de un grupo, menos oportunidades y espacios de autodeterminación existen de hecho para las diferencias que manifiestan sus componentes. En democracia, como en dictadura, tan importante es seguir la corriente como sospechoso salirse de ella; a quienquiera que se muestre reacio a ser conducido se le granjean al instante zancadillas infinitas en cada capítulo de su relación con los demás. Con un ejercicio pleno de impudencia, ninguna democracia conocida tiene a mérito conceder la posibilidad jurídica de lo que en algunos feudos medievales se denominaba diffidamentum, la fórmula de desafío a instancias de la cual señor y vasallo rompían el homenaje que los vinculaba, porque en teoría no hay lugar para semejantes ataduras en el vientre de un Estado donde el pueblo manda y, sin embargo, avaladas democráticamente, proliferan nuevas modalidades de opresión, como el chantaje laboral que conforma en la práctica, junto con el bombardeo mediático de sandeces, un menú diario de serviles masoquismos sin parangón para estragar la conciencia. Puede que dentro de este escenario, y no merced a la democracia, perduren reservas de experiencia insumisa con la que brindar alegremente, pero comulgar con la fealdad cotidiana que lo ocupa y aplaudirla como un logro resulta humillante para cualquiera que posea una veta de sensibilidad.

Tomada como modelo, la democracia no debería ser aceptable para un enemigo de las tiranías por la perturbadora razón de que su funcionalidad exige atacar como cuerpos extraños los planteamientos que osan poner al descubierto los intereses, contrarios al desenvolvimiento autónomo de la individualidad, que animan la toma de decisiones allí donde sus dogmas hacen ley. Aclarado este punto, soy el primero en admitir que las democracias actuales, desde su pluralismo de vitrina, han aprendido a descomprimir con relativa eficacia la creciente presión del malestar civil, provocado en parte por sus abusos, mediante recursos impensables dentro de otros regímenes políticos; entre otras argucias propagandísticas, se han esmerado en seducir a los que acusan al emperador de deambular desnudo —y quien dice imperator piensa, asimismo, en secretarios generales, presidentes, primeros ministros, delegados sindicales, portavoces o el pelafustán adelantado que se tercie— para evitar que otros adviertan que los pies del aludido, lejos de caminar descalzos, pisan la piel secuestrada de cuantos han participado, por voluntad rastrera o a regañadientes, en los rituales de una investidura periódica.

Con la elección al alcance de la mano, un traicionero efecto psicológico induce a figurarse que se tiene a los candidatos asidos por las orejas en vez de discernir el cheque en blanco que se les otorga, aturdimiento pasajero que facilita sobremanera el trámite de dar curso de normalidad a ideas infecciosas como la soberanía popular, cuyo éxito es comparable al de la gripe. A propósito de engañifas y metástasis sectarias, así como el dinero fiat sería solo el dislate que realmente es sin una red de expertos en codicia obcecados en hacer forzoso el chanchullo, la opinión pública que insufla calorías a la democracia e ilusión de longitud a la cadena de las libertades sería inconcebible sin una remesa abundante de comisariejos de andar por casa muy hechos a identificar sus horizontes encogidos con el celo de cooperar en la causa sumarísima de proteger los derechos sociales... contra el vecino si es necesario. Alguacil alguacilado, ¿juego de niños o de villanos?

Como tajo al gaznate me viene este Finis o El fin de todas las cosas de Maximilián Pirner, pues oportuno es terminar y no quisiera hacerlo sin sacudirme con una salida profética el demonio panfletario que me ha empalabrado el tono:

En cada fracción de su entidad los dioses son para incinerar, sin exclusión del dios interior que uno lleva consigo. De la fe en mí mismo, incluso renegada, extraigo mi sacramento; de saber que uno está minado de trampas que conducen a otros unos donde uno ya es otro, aventuro mi peregrinación a tierra por santificar. ¡Ay de aquellos que no acierten a inventarse un credo flamígero en los tiempos de sermón y patíbulo que nos esperan!

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Aunque uno sea por defecto dueño de lo que calla y prisionero de lo que dice, por aquí gustan las cabezas que no marchan al pie de la letra.

 
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