10.3.15

LLUEVE SOBRE LLORADO

No ha de extrañar que el ánimo en que me pone la mañana sea, cada día más decididamente, el de correr en el acto a presentar mi dimisión irrevocable. Pero no puedo darme tal satisfacción, porque no existe el organismo idóneo para una dimisión como la mía.
Rafael SÁNCHEZ FERLOSIO
Vendrán más años malos y nos harán más ciegos

Cuando el gorila se vio desnudo, cubrió de vanidad sus primitivas pudibundeces. Las desvergüenzas que cometió a partir de entonces hicieron historia.

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Una vez se ha descubierto materia magna para la disolución, del vivir hacia la muerte hace el ser su mayor obra.

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Saber es una forma impersonal de creer que se tiene parte esencial en este entierro.

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Todo conocimiento cierto es inseguro y falsas todas las verdades seguras que atraen como boñigas al tropel incuestionable de moscas.

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Como quiera que los palos, en sintonía con la fuerza que hace la lluvia, caen por su propio peso, aprendemos desde niños a ser indulgentes con los malvados porque su crueldad remeda, del modo más diligente y natural, las atrocidades sustantivas de la vida. Claudicar ante el dilema moral, ganga de victoria lógica para la cobardía.

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La desesperación puede disculpar cualquier acto que presida, excepto el acto que consintió volverse desesperación.

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Al tiempo que la fauna toma el artificio por atajo, el hombre hace de sí laberintos por naturaleza. Y tanto se enreda consigo, que cuando el poso de las acciones le niega el descanso que carcome en su lugar la conciencia, mejor sería proceder como bestia bravía que como intelecto racional: solo será viable la opción que menos cueste al instinto.

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Si yo fuera creyente, nunca nublado por objeciones falsables y otros resquemores epistemológicos, entendería con beata filautía que todos mis actos, buenos y malos, pertenecen al Creador, en cuyo árbol cósmico me sentiría confortablemente subsumido. Nadie podría censurarme mi actitud integradora alegando que atenta contra el orden natural de las cosas, salvo si acepta que ese orden quiere atentar contra sí mismo porque puede, porque nada se debe.

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El orden comienza por la adaptación a lo desconocido, para lo cual es perentorio poner fin a las adaptaciones exigidas por la ordenación conocida.

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Disimulado entre un aluvión de fórmulas manidas y nomenclaturas menores, descubrí un rastro de tiza que rezaba lo que parecía ser un conato de código binario: «Dios único, pensamiento cero».

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Ser Supremo o ser extremo, he ahí la fisura del recinto destinado a la extinción de los dioses que es la historia.

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Los anales han puesto en evidencia que los dioses sobrepujan a los humanos en las iniquidades derivadas de creerse dueño de una razón absoluta ante cuyo reinado los dedos que la señalan desnuda se le hacen intrusos.

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¿A qué misteriosa entidad sustituyó ese dios monocromo que, lejos de haber muerto con el advenimiento de la modernidad, ha sido relevado de sus funciones por un elenco de ídolos menores tan nocivos o más que el precedente para el experimento de campo que es el hombre? No creo que pueda esbozarse un retrato congruente de la entidad referida porque la consustancial tendencia humana hacia el vacío carece de rostro...

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Cripsis. Dios de mi abstracción y disconformidad, cuna y sudario de mis límites, a imagen de nadie nos representamos y, quizá por ello, nos hemos descubierto saqueando las provincias del significado en interminables guerras sin preces. Comodín inasible, llama que llama por la oblicua de mirón a lo zaino, ¿debo nombrarte... ¡mi doble!?

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No es difícil engañar a la decepción con alguna alegría fortuita, el desafío estriba en despertar después sin el desaliento abrazado al cuello.

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Tengo a malquista posesión de mí mismo incontables fiascos que no voy a comentar porque la obscenidad no se cuenta entre ellos.

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No quiero encontrar el amor de un ideal ni lanzarme al ideal de un amor; tampoco busco el ascenso con las alas enceradas de la notoriedad ni me mueve apurar más cálices emponzoñados de ilusiones; ni siquiera espero mientras aguardo la efeméride propicia para estallar como mi carga enrevesada merece.

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Sé de buena sangre que la realidad es problemática de por sí y el conflicto, en consecuencia, va inscrito hasta el delirio en nuestro código genético, mas no hay tensión sin resolver que desbarate el nexo existente entre el instinto levitador que me impulsa hacia una vida espiritual donde las glándulas tienen cada vez menos voz, y el apetito salvaje de una vida entregada a la efusión de sus plétoras: ambos polos me enriquecen a su peculiar e irreemplazable modo y de uno no más que del otro me declaro equidistante como Salomón ante las dos versiones antagónicas de un suceso destinado a desafiar en facultades a quien lo encara.

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Te dejé marchar por no hacerle daño a mi calma y ahora me dueles en la fantasía con el tormento que yo más quiero por regalo de verdad. Nunca ensartamos palabra, ni siquiera fuimos presentados, aunque sostuve contigo mil traviesas complicaciones imaginarias por las cuales calibré quién eras antes de seguirte al aseo de aquel aburrimiento de taberna donde besé, como tus ojos requerían, el tajo voraz de tu feminidad.

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La percepción de la belleza, como la de otros eximios sucedáneos, muta con las épocas, mientras que la reacción ante el sufrimiento se revela ajena a las cronologías estéticas. Solo por la desventura que se reinicia con cada ser, solo el ser se escinde con cada calamidad, podemos sentir al humano gritar a coro con uno mismo.

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Porfiaba en vano como un jabalí malherido de venablo. Se le había metido entre las mollas la punzante idea de ser feliz.

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Una dosis de dolor moral bien encajado embellece más a quien sabe tratar la falta de tratamiento de su mal que el abandono a las actitudes complacientes. Cierto es que no cabe esgrimir argumentos de consideración contra el gusto fisiológico por vivir plácidamente y, sin embargo, el ser que se abre a la sensualidad de su pesar sin oprobio ni pérdida de autonomía halla tan digno de superación el hedonismo como el atoramiento de sacrificios, llevaderos solo con una soberbia desmedida, que impone la vía ascética.

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El amor propio es la única inversión que puede mantenernos en pie cuando fracasan las demás y una disciplina capital para que el éxito, soñado o alcanzado, no se enseñoree de nuestro discernimiento.

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No perdona la envidia al que vive sin trabajar porque del vivir para penar —y todo trabajar para vivir lo es en alguna medida— ha hecho la necesidad norma de necedad.

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Atribuida —no sé si con rigor— a Alejandro Dumas, más célebre que celebrada es la frase que afirma «no estimes el dinero en más ni en menos de lo que vale, porque es un buen siervo y un mal amo». Comparto su parecer, y más por hacerle honor que por tomarlo a la devota, creo oportuno añadir que la pobreza nunca es más despótica que cuando sirve, nunca más servicial que cuando es dispensada con largueza.

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Aquello que nadie perdona a nadie, ni aun si ese nadie es uno mismo, se concentra en la pureza de la visión que el mundo nos devuelve emponzoñada.

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El aforismo es un perfume para el pensamiento que se impregna con su propia forma de sentirse destilado cuando lo recibe.

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Contra caspas y modas, por todos y para nadie, sin concesiones a las concreciones de la realidad, el pensamiento me invade a través de las mismas llagas, viene como se va por esas conexiones ulceradas en las cuales me reconozco veneno y antídoto del tiempo a despecho de todas sus amnesias.

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«Los que hoy vivimos, no tenemos a quien imitar, sino a quien sufrir», atiza Torres Villarroel. Y en efecto, las seguridades que hemos inventado al albur de los cambios introducidos en la sociedad por las industrias desarrolladas bajo el estímulo de la racionalidad técnica aportan, desde luego, persuasivos paliativos a título práctico —¿quién soportaría los días con sus noches sin suministro eléctrico ni cuarto de baño?—, pero comportan un defecto enorme más allá del deterioro, a todos los niveles, que produce su adopción como sistema único de vida: el incremento del miedo que ha proporcionado a la estirpe humana la intemperie donde escenifica su relación crispada con la realidad.

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Si tuviéramos en perspectiva la posibilidad cercana del holocausto súbito mundial, aún existiría para nosotros, carcamales postedénicos, un sentido final al que aferrarse, el derecho escatológico de desaparecer para estupor y coronación a ultranza de la especie. Por desgracia, ni a crecientes desencantos admite el porvenir ser dibujado en un tono tan drástico: las élites que definen el ritmo histórico de las naciones emergentes están demasiado empeñadas en el superávit para tolerar que intereses opuestos a sus proyectos masoquistas pongan en peligro las ocasiones de progresar a semejanza del Occidente agotado que entona, desde hace décadas, su atronador canto de cisne.

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Desuncirse. Si somos enfermos de vida incapaces de distinguir entre las ficciones y las veras de sus síntomas, tan lícito es darle fin al pulso como errado dilatarlo más allá de lo soportable. Matarse, ser automatado, morir por sí y porque sí: trinidad pendiente de promesas para darse por cumplido.


La contemplación del grabado Gin Lane de William Hogarth me hace retornar al Ferlosio que, con clemente desilusión, tañía negros acordes como este: «Babilonios somos; no nos vuelva la tentación de levantar ninguna torre juntos. Más bien ¡dejémonos ya de una vez por imposibles los unos a los otros, como buenos hermanos!». 

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