3.11.14

EL JARDÍN DE LOS FOSFENOS QUE SE JUNTAN

La mejor mina de oro tiene en las venas terrones que en lugar de aprovechar estorban.
Juan de ZABALETA
Errores celebrados

Puesto que está escrita en la estirpe de las cosas su tendencia a petrificarse alrededor de un núcleo enjaulado a fuerza de costras y caretas, del hueso de mi hueso desenfundé el espíritu santo que me descortezó al concurso de analogías. Fue donde las rodadas del hombre se frustraban dando vuelo de mosaico a los senderos invisibles; allí donde las piedras que brotaban de las profundidades me seguían con siluetas que ora me remedaban, cual espejos anacrónicos que devolvían a mi rostro muecas pasadas y futuras, ora dibujaban mediante líquenes episodios aleatorios de la historia universal: la inequívoca señal de haber entrado en los feudos de Víboro Fulastre, violador de dípteros, tañedor de puentes romanos y patrón agreste de la Hermandad de los Ramificados, una cofradía de renegados de la sociedad que toma su modelo de los Impalpables, anacoretas entregados al cultivo de las antenas que cubren por entero sus cuerpos deformados a causa del crecimiento constante de estas y otras protuberancias sensitivas.

Antes de que pudiera concebir la menor reacción, el Vigilante del Umbral saltó de los bronquios venerables de la encina a la que acababa de ofrecerle el musgo de mis espaldas. «¿Lomo o filo?», atajó. Con independencia del origen y condición del interpelado, la contraseña que me solicitaba es necesaria para adentrarse en el Jardín de los Fosfenos que atesora fuentes milenarias de realidades emergentes, además de una especie endémica de polilla cuyos huevos, depositados sobre las secreciones de cierta medusa de aguas dulces, son buscados con ahínco por los exploradores para hacer inteligible la jerga de los Desorejados, enanos arborícolas de larga memoria y longevidad andrógina que acostumbran a encapsular sus profecías dentro de un sonido que imita el ulular de diversas rapaces nocturnas. Sin atreverme a dispersar la inmovilidad en que contuve la sorpresa, ni querer desafiar al indagador con la dedicatoria de una mirada directa, hice acopio de docta ignorancia y dupliqué, palabra por palabra, el rugido de la pregunta. Escuchar «sigue tu destino hasta donde el frío te caliente» y sustraer la amenaza de la nitidez tolerada por el remolino centrado de mis sentidos me compactó para el deambular mirífico que estaba por venir. De haber errado la respuesta, el Vigilante me habría condenado al castigo megamoderno de engullir una pizza kilométrica aderezada con pus y pestañas, aunque lo habitual si está de buenas es que según las reglas del combate florido el visitante sea retado a un duelo de sacacorchos, especialidad de esgrima pendenciera en la que era legendaria su destreza.

Al contemplar en el paraje donde lloran los cardos una roca que el capricho de las edades había tallado solemnemente con la fisonomía de un féretro invertido, remoré y rememoré que la única religión posible para mí consiste en rasgar el velo de la ilusión. A instantes quebrados sentí cómo mi sombra se desguazaba en una danza chinesca que celebraba bajo la luz estroboscópica de un helicóptero fantasma el renacimiento de la Deidad Desconocida en cada una de las escenas concebibles; sombra, también, de pudrición en la penumbra que deslumbra a medida que la Presencia Escondida se arrima a los túneles de la anatomía, que entonces ya me pesaba con gravedad jupiterina del diafragma a los talones. Por alivio más que por súplica, subí la vista a la telaraña estelar en busca de la órbita ínclita que recibe a los bienaventurados cuando pierden el embalaje del ser. En la pantalla del empíreo, una serie de estelas impartían susurros de estructuras sedosas a través de las cuales titilaban las risitas de los mundos paralelos que se expandían a pie de aire sobre la piel metafísica del suelo descorrido. «Por temor y sortilegio de Dios —llegué a precisarme—, ¿hay algo más gélido que el arácnido insondable del firmamento, capaz de trasvasar torrentes de bilis negra a nuestros corazones y dispuesto a succionarlos diluidos con las trompas del alma nodriza?» En momentos de este calibre, la experiencia anterior nos sobrevive como una prenda demasiado estrecha y lo mejor se anticipa en el rapto que al fin nos desestima por insistir en retener las prótesis descompuestas a imagen y semejanza del ego. Así pues, la lucidez no es ver con claridad, sino aquello que se hace con desenvoltura mientras se percibe claramente. No hay fulgor que no vaya precedido por la conmoción de todo lo que uno arroja de sí desde que recupera el extravío. No se va a más sin ir a menos, ni se va a menos sin cruzar la nulidad con la plenitud. En efecto, uno en todo y todo en uno respiramos idéntico vendaval, mas el soplo laberíntico no propició bacanales de polisemia a lo largo de este viaje; en su lugar, promovió el pálpito de un sacrificio que reunía lo inconfesable de ambos frentes: el de los muertos que se sueñan vivos y el de los redivivos sujetos a estados larvarios de existencia. No en vano, el Tao denunció en su quinto peldaño que «Cielo y Tierra no son clementes, tratan a los seres como perros de paja».

Si la obra natural es un ingenio tan antiguo y tan complejo que pone veto al empeño humano por descifrarla; si nadie está en la gracia de recordar a los primeros artífices, la hecatombe se trasluce convertida en un motor que ocupará la superficie planetaria y someterá a un rendimiento feroz los horizontes energéticos de cuanto alberga sin otro objeto que perpetuar un automatismo demencial. Junto a las apariencias cuya belleza admiraba, me presagié triturado por esta ensordecedora maquinaria hasta que la lluvia de imágenes de unos címbalos enardecidos desataron en mi cráneo, confundido a la sazón con la basílica celeste, el pavor de habérmelas frente a un animal mitológico provisto de intenciones inabarcables. Colina abajo, cuatro ménades que irradiaban eclipse desde el aliento de sus coños galoparon hacia mí. Ceder a su furor uterino significaba acoplarse al Eterno Repolvo, una versión ninfomaníaca del continuo retorno. Para lograrlo, se valdrían del tóxico segregado por las púas opacas de sus dedos; una vez inoculado en el pliegue perineal, sería víctima de una erección infinita dolorosamente afilada a turnos en sus vaginas. Y no contentas con el insaciable martilleo del martirio carnal, esbocé con paranoia o intuición que al espejismo de voluptuosidad obtenido de la coyunda recurrente añadirían el gozo de torturarme con las facciones de mis progenitores, que de muy diabólico grado adoptarían como suyas entre los espasmos arrancados a la lujuria...

A salvo, he recortado mis barbas: hedían en propiedad a cadáver ajeno. Echo en falta el cuaderno de sinestesias en que tuvo, a la fuga, su naufragio la caligrafía tectónica de mis anotaciones.


Reconociéndome insatisfecho en la transcripción del devaneo tragicósmico, a bien de no cansar divido por igual mi despedida entre los estrambóticos personajes de Arrigo peloso, Pietro matto e Amon nano, óleo de Agostino Carracci, y el regocijo de Idyll, firmado por Frederic Leighton.

3 comentarios:

  1. Debo confesar que he disfrutado con el encadenamiento narrativo de veleidades surrealistas, aun con todas sus hirientes brutalidades. Me ha retrotraído a una época en la que yo mismo acostumbraba a hilar narraciones de entramado entre simbólico y enloquecido. Sigo considerando a Jarry un referente de la narrativa del siglo XX, uno de los cardinales, muy lejos de ser ponderado en su justa medida. Aunque tu texto bulle más bien de sabor lovecraftiano, con quien he comulgado únicamente en algunos sonetos luminosos de los "Hongos de Yuggoth". Adoro las flores franciscanas que surgen de cuando en cuando entre sus lóbregas selvas conceptuales.

    Me encantaría dar con un sistema de correspondencias simbólicas que explicasen las mitologías efímeras que surgen de un brote de psicosis o de lúcida manía visionaria. Pienso que la única labor legítima y salvífica que le queda a un errabundo mental como Lovecraft es hallar el modelo límpido que late tras sus deformes e invertidas imágenes. Una suerte de psicoanálisis de alto nivel que desnude más una gnosis atávica, guarecida en arcaicos impulsos aletargados, que una mera descomposición de neuronas.

    ResponderEliminar
  2. Tu habilidad para moverte con simultánea desenvoltura por los diferentes estratos de experiencia que he tratado de combinar en este relato me hace dudar si no estaré desnudándome demasiado ante mis recolectores —que ya son presencia ineludible de mi entelequia—, o si hay entre ellos verdaderos jorguines.

    A Jarry no lo he leído bien o no lo bastante como, seguramente, merece. Tomo buena nota de tu sugerencia para volver sobre su rastro.

    Sospecho que para Lovecraft las «lóbregas selvas conceptuales» eran el clima mental necesario para hacer brotar la caricia luminosa de esas flores cuya veneración comparto.

    Ennoblece saberse aprehendido de manera tan cortés. Gracias por saber mirar y, sobre todo, gracias por saberlo apreciar entre los resquicios que las palabras ocultan.

    ResponderEliminar
  3. La verbosidad abigarrada y alucinada, si bien corre el riesgo de colapsar al lector, tiene a veces un sabor fuerte como de alcohol duramente destilado, y como tal puede en ocasiones actuar curativamente de purgante.

    Aquí hice un día mi particular homenaje a Jarry:

    http://pleromahipotecado.wordpress.com/2010/11/22/la-enesima-victoria-del-doctor-faustroll-patafisico/

    ResponderEliminar

Aunque uno sea por defecto dueño de lo que calla y prisionero de lo que dice, por aquí gustan las cabezas que no marchan al pie de la letra.

 
Licencia Creative Commons
Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons