28.11.14

EL PESO DEL UNIVERSALISMO

Mi causa no es divina ni humana, no es ni lo Verdadero, ni lo Bueno, ni lo Justo, ni lo Libre, es lo mío; no es general, sino única.
Max STIRNER
El único y su propiedad

Del ser no cabe deducir un deber ser. El casamiento de los hechos con los derechos sucede a costa de un error de juicio o de una reiterada violencia contra la propia capacidad de juzgar. Nada obliga por naturaleza a tomar por verdaderos los cánones éticos diseñados para custodiar la vida civil, salvo la pertenencia sumisa a la sociedad donde rigen. Y si bien la finalidad de la ley puede ser loable durante el tiempo que dura su aptitud instrumental dentro del contexto de comunidades concretas en situaciones toscamente equiparables a las habidas en otras, que ningún cuerpo legislativo posee valor intrínseco, absoluto o siquiera demostrable de forma empírica en sus postulados es de una obviedad tan clara, como cierta la batalla de intereses entre facciones de ficciones reguladoras que subyace en el origen político del derecho, aunque para el plúmbeo Kant y sus discípulos, devotos del principio sistemático de coherencia racional frente a los desafíos caóticos de la realidad, la resistencia a la opresión no merezca tener estatuto legal porque ningún derecho puede ni debe ejercerse más que por medio del derecho, lo que significa que los derechos de los sujetos se limitan al deber de someterse a las leyes vigentes del Estado, por injustas, arbitrarias y absurdas que sean en sus efectos y en sus fundamentos. De la mano de este craneante filósofo, al que muchos académicos consideran todavía un defensor a ultranza de la libertad —así nos va—, llegamos a la justificación de la tiranía por el camino de la lógica; de la lógica exacerbada del artificio narrativo o idealista, huelga decir, contra las evidencias que nos sitúan en el escenario inicial de los sucesivos golpes axiomáticos con nombre de ley: no es sino por la fuerza aplicada del hecho que se impone a las gentes el dispositivo jurídico previsto para controlar los actos no ajustados a la norma prescrita. «Las leyes no están hechas para cumplirlas: están hechas para separar a los que las cumplen de los que las transgreden», auscultaba el sociólogo Jesus Ibáñez.

Incluso partiendo de un consenso cuando lo hubiere, los derechos son fruto de una serie de abstracciones subjetivas asociadas a necesidades y aspiraciones a las que se pretende conferir la solidez de un carácter apodíctico alrededor del cual graviten las conductas siguiendo órbitas preestablecidas. Derecho es la instrucción victoriosa que unos pocos consiguen hacer valer con apariencia de reglamento a otros muchos. Así, todo derecho prolonga o impugna con su triunfo un estado normativo anterior del que se sirve como una transacción con los hechos para ganar dividendos de credibilidad a través del contraste introducido entre el imperio del orden y el temido rumor de la anomia. Un pequeño salto basta para ir de la leyenda a la ley. No hay otra deontología fuera de la volición de objetivar preceptivamente un conjunto de sesgos, ni más metafísica que la maniobra de transformar determinadas relaciones pasajeras en códigos estables que favorezcan con el troquel de la legitimidad una visión de las cosas en detrimento de otras, y los derechos humanos, lejos de ser una excepción a este planteamiento, se presentan como el más flagrante empeño de consumar ambiciones no declaradas sobre una declaración de intenciones, cual es el proyecto de apelmazar la humanidad en un bloque ideológicamente dúctil y homogéneo en actitudes: masa de moral sintonizada por espantos y dirigida por afinidades, menos abrupta que los seres sueltos, e inducida a dormir profundamente en la proliferación de actividades mientras está despierta; pueblos tecnoabducidos, testados a imagen de pobreza y semejanza de servidumbres, que se alivien enganchados a las mamandurrias de la escafandra virtual; megacompostaje cultural de insignificancias exento de las interferencias que representa la pluralidad encarnada en las tradiciones locales y las disparidades particulares. Una sola especie, una gran familia, un idéntico pensamiento: de eso se trata, con la cibermaquinaria oficiando la impostura como maestra de ceremonias.

«Se sabe que, históricamente, la dignidad, atribuida a todos, reemplazó al honor, presente solo en unos cuantos», observa Alain de Benoist, autor especialmente ducho para detectar, con todas sus aberrantes implicaciones, las premisas de la nueva religión global. Y añade: «La idea de una dignidad igual en todos los hombres no pertenece, en efecto, ni al lenguaje jurídico ni al lenguaje político, sino al lenguaje moral». La fuente de estos nuevos derechos planetarios ya no brota del individuo considerado como un poder autónomo en sí o en función de la genealogía que lo arraiga al legado de una etnia, sino de reconocerse unido en laica hermandad a sus congéneres. Tenemos, en consecuencia, el derecho a ser hombres porque como hombres tenemos el deber de conectarnos como hermanos. Hemos necesitado que las enseñanzas bíblicas nos adjudicaran, bajo la lupa de un Dios externo, la titularidad de un alma para que el proceso de domesticación igualitaria culmine, bajo el peso pilón del Hombre universal, con el injerto colectivo de una dignidad, ahuecada y desprovista de atributos, que debemos recibir en pleno rostro como el calimbazo indeleble del aprisco a fin de ir aceptando el menoscabo: donde todos valen igual, nadie vale nada; donde se es digno simplemente por respirar, el respeto se reduce a compartir categorías genéricas destinadas a ocupar el lugar correspondiente a la textura y contenido de cada ser. Desde esta concepción moderna de la dignidad, que es anónima, cuantitativa y antagónica, por ende, al modelo clásico que la ponderaba como sentido de la diferencia en virtud de los méritos y cualidades personales, no es de extrañar que la traducción inmediata sea la condena taxativa de los marcos relevantes de convivencia que rehusen confirmar el dogma hipostasiado en 1948 por los sátrapas de las Naciones Unísonas. ¿Me llamarán hiperbólico por aducir que cuando una institución se contempla a sí misma como conductora de un mensaje salvífico y dispensadora de portentos asume al instante, como uno de sus cometidos principales, la campaña de desautorización metódica de aquellos valores distintos a los suyos con la grandilocuencia de enmendar argumentos falsos, estructuras anacrónicas o creencias nocivas? Profesando la buena fe que los partidarios de este tipo de instituciones no dudan en proclamar mejor que las demás opciones, se habilitan en la práctica mecanismos de intolerancia contra los desviados de cualquier coordenada geográfica. Para ser realmente universales, los derechos humanos deberían incluir entre sus cláusulas el derecho a disentir de la validez ecuménica que se atribuyen. Hasta donde yo sé, Stirner, el más feroz crítico salido de la sacristía hegeliana, fue el primero en denunciar la transmigración conceptual del «reino de las Esencias» universales al ideario humanista, que desde el advenimiento de la modernidad ha sido la doctrina encargada de dar relevo a los fantasmas procedentes de la descomposición de la idolatría teísta en los ámbitos donde la mitología científica suele carecer de solvencia para proporcionar sosiego a quienes esperan acomodar su desbordante confusión a certidumbres de dimensiones humanas.

«En un mundo confeccionado al dictado de la grosería —escribe el poeta Isaac Ravine—, todas las modas están de acuerdo en exigir más cara y menos cabeza». Máscara de más caras decapitadas es el deprimente reflejo del mundo actual, cuyo progreso depende de enchufar multitudes a circuitos de macrorrentabilidad o, expresado de otra guisa, de celebrar como ventajas insuperables las directrices que buscan refundar tantas clases de aptitudes como de ciudadanos: una, la de los memos, ¿para qué complicarse con más? No seamos menos: según los listos de aquí y ahora, los tontos son sagrados. Poseídos por el pálido espíritu del parentesco antropoideo con una adoración que tiene más de trivialidad que de grandeza, es fácil que el aquejado de bobería se sienta elevado por la misma noción homologadora de tener derechos humanos. Por supuesto, mi objeción se dirige a la aculturación que ejercen tales edictos antes que a las propuestas vertidas en ellos y con las que a título parcial puedo estar de acuerdo, pues a menos que uno sea un bárbaro cerrado por completo a la delicadeza hallará preferible no sufrir coacciones, contar con amparo frente a las vejaciones y saberse dueño de disyuntivas que no viciadas entre soportar como rutina trabajos embrutecedores o matarse el hambre a puñetazos, pero para llegar a esta síntesis de requisitos mínimos de sensibilidad intraespecífica no era necesario desplegar tanta parafernalia, ni organizar el terror con cascos azules que persuadan a los incrédulos de la conveniencia humanitaria de ser blanco de derechos.

Encuadre minimalista para un criminal despistado en Dammit. I forgot it was sunday, acuarela de David Rathman. Y a propósito de los lapsus que puntualmente cometo o me acometen, mi omisión de las tildes en los solo de esta entrada se debe solo a que vuelvo a adoptar la nueva ortografía de la RAE —cuya edición impresa ha sido patrocinada por Inditex, tócate el tergal— tras varios años en los que he escrito al respecto como me ha venido en gana.

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