8.2.17

DESNUDOS GORDIANOS Y OTROS FIASCOS INTEGRALES

Gervasio Sánchez
Un mal pensamiento puede
ser una buena palabra:
una palabra que dice
lo que el pensamiento calla.
José BERGAMÍN 

Avísate bien que yo llegaré
a ti a desora, que non he cuidado
que tú seas mançebo o viejo cansado,
que qual te fallare, tal te levaré.
Dança general de la muerte

No es ni eso ni aquello,
ni ahora, ni yo, ni nada: es no sé qué.
Angelus SILESIUS
El peregrino querúbico

1

Yo no creo lo que pienso, yo pienso lo que no creo.

2

Para realizar grandes hazañas se requiere la dirección de una ambición no menos grande; se requiere ser tan pequeño y tenaz en el rumbo como una bala.

3

El mundo tiembla y os aseguro que no es por la fuerza de mis pasos ni por la virulencia de mis pensamientos. Que pregunten por el estruendo y las malas vibraciones a los que tienen el explosivo gusto de seguir poblándolo; a ellos debemos más que a los señores de la guerra el hecho de que la ecúmene subsista en un estado crónico de enemistad contra sí misma que arrasa irremediablemente a otras especies.

4

Capaces son los humanos de envidiar cualquier idiotez antes que admitir que los únicos dignos de envidia son los difuntos.

5

Desestimar el poder del absurdo es ignorar deliberadamente las razones de que la vida sea como es.

6

Ni aun la certidumbre de la inanidad es real, pero con ella respirar cuesta menos: en vez de un mundo asfixiante, se respira un aire sin mundo.

7

Agrava en cascada los problemas existentes quien en vez de privarse de añadir mal a los males consabidos cree contribuir al enriquecimiento amoroso del mundo asegurándose de plantar su simiente en este vivero de calamidades.

8

Tarada no tanto en las formas de su naturaleza biótica como en la esencia de su naturaleza simbólica, la humanidad reproduce los añicos de su alma caída en cuanto crea y se desalma en cuanto procrea.

9

Cuando la tienen, saben los sabios que su posteridad ha sido producto de un acto favorable a la entropía y contrario a la sabiduría.

10

Sed cuidadosos con todo y sedlo aún más con nada para que no sea. Arriesgaos a velar por todo lo que es y por todo lo que no debiera ser.

11

Cada generación reacciona ante la existencia como si fuera la primera en la historia, y ante la historia como si su existencia fuese intemporal.

12

Ningún pueblo tiene derecho a creerse digno mientras no tenga por más memorable extinguirse pasivamente que seguir echando leña a las grandes convulsiones de la historia.

13

Incluso en soledad uno se descompone a imitación de una sociedad en miniatura sólo para poder cebarse con la ilusión de atacarla y caer sobre alguien.

14

La verdad, amante inhóspita, solo encaja en la vida a costa de lubricarla con imaginación.

15

Con tal de acomodar la conciencia individual a las fechorías que el modelo triunfante de conducta insta a satisfacer, lo mismo piensa el ser humano de la crueldad progresivamente refinada de su especie que forma parte de los privilegios adquiridos por haber conquistado la cima de la evolución animal, que se limita a reprender sus abusos, sin abstenerse de fomentarlos, cual si fueran rasgos innatos de los que no es responsable bajo ningún concepto. Y es que la evolución, más que fortalecer al humano en sus cualidades originales (que podrían haber sido las definitivas), ha ido despojándolo de sus mejores recursos espirituales habida cuenta de lo que constituye un fenómeno filogenético innegable: quienes se sienten comprometidos con la renuncia voluntaria al prejuicio consuetudinario de causar existencia no pueden imponerse moral ni políticamente a los que por ser más descuidados o insensibles están involucrados en la maniobras de la procreación.

16

Para que se puedan transmitir libres de culpa los gérmenes de nuestras anomalías se los formula como un derecho, cuando ningún motivo es digno de hacer soportar a otros el pecado original de mezclar el alma con la proteína. La familia que detona su ignición es también el primer atentado contra la persona singular, al que más tarde se añadirán otros, desde la comunidad que empieza por el vecindario hostil al Estado que lo reclutará para alistarlo en el envilecimiento. Reaparece aquí no una relación simbiótica entre las viejas y jóvenes milicias de la especie, sino una colisión renovada entre el organismo individual y la organización colectiva.

17

Abundan los despistados en preguntarme si tengo progenie y mi respuesta nunca los defrauda: «Me declaro inocente de ser padre». M., mi hermano de laberinto, lleva en la recámara una carga más aguda: «Soy tan buen padre que no tengo hijos». Y es que formas de destrozar la inocencia las hay a mansalva, pero ninguna de ellas tiene el descaro de complacerse en el daño provocado a otros como el hábito de reproducirse.

18

El horror del nacimiento está justificado porque supone el nacimiento del horror, la espontánea confirmación de un totalitarismo biológico que conduce a cavar la fosa de los descendientes sin más razón que un capricho personal disfrazado de necesidad evolutiva.

19

Al pensamiento simbólico de la realidad iniciado por la tradición mítica y proseguido por la psicología profunda le sobra justo lo que le falta: la percepción de un exceso de sentido en las cosas, o lo que viene ser igual, la ausencia de un arquetipo que aglutine por sí solo el cortejo de cuanto es superfluo en el mundo, empezando por ese irreflexivo afán de sobrevivir a cualquier precio que es dogma del ser, y terminando, quizá, por la misma existencia del mundo.

20

Toda vez que se puede salvar el orgullo personal maguer no sin condenación de la dignidad por arrogancia, salvar se puede también el orgullo de la especie a costa de condenarse a embarazarla de nuevos reos.

21

¿Cómo podría el humano ser puro si su radio de acción cae dentro de la existencia? El más acuciante peligro para la labor de la humanidad en el tiempo no es tanto que fracase como especie cuanto que alcance rápidamente el éxito, como viene sucediendo con la proliferación demográfica. Lo más detestable de un patinazo histórico no es que demore su avance, sino que le imprima una aceleración adicional al advenimiento del porvenir. Vamos hacia el Idiota Universal de costumbres masificadas y reacciones binarias cuyos rasgos ya se filtran desde las premoniciones que sacuden la presente infancia digital. Y es que el mandria encaja mejor en el plan del mundo que el clarividente, el conformista mejor que el escéptico, el activista mejor que el irresoluto. La constelación de los cafres no se hallará nunca retratada en el firmamento, su lugar está en el panorama apuntado por los cromosomas que hoy determinan el derrotero de la especie. O se crece cualitativamente en dimensiones espirituales, o se crece numéricamente hasta reventar la pompa biológica.

22

La primera regla de la historia es cuán poco sabe aprender de ella el espíritu humano; la segunda, que aun disponiendo de las fuentes de estudio más fidedignas y de las más sutiles capacidades de análisis, el funcionamiento del devenir no está orientado a la búsqueda de la sabiduría ni favorece la retrospección que lo sondea hasta remontarse a los signos de esa Edad de Madera anterior a la de Piedra donde su destino ya estaba cumplido.

23

Irritarse contra otros es tan fácil; tan asequible es a cualquier zoquete la venganza, que deberíamos concedernos una ración mínima de altanería para poder negarnos la ocasión de tomar revancha cada vez que somos ofendidos. Con idéntico argumento podría uno fundamentar la abstención de procrear después de advertir todo lo que la actividad reproductiva tiene de venganza contra los que serán.

24

Doblemente desgraciadas son las hembras que de la fertilidad que la naturaleza les niega hacen su calvario: a la desgracia de incubar contra sí mismas un deseo que no pueden satisfacer, le añaden la de no ser conscientes de la buena suerte que tienen.

25

Superación profesional y maternidad son los pilares más recios de la esclava moderna. En esta categoría de mujeres también han de incluirse las perdidas para la noble causa de la lujuria, pues en ellas la serpiente ya no tienta como en la víspera, cuando se tenía por cosa cierta la falsedad de que menor es en la hembra el entendimiento que en el varón. Ni ahora son más listas ni antes más estultas; listas y estultas las hubo siempre en no menor cuantía y proporción que hallarse pudieran en el otro género los arbitrios despejados y los zopencos. Ayuntémonos, pues, los espabilados y dejemos a otras sombras llenar las cunas.

26

Lleno de conjuros está el lenguaje de los genes que ordena, del primero al último engendro, el maleficio de perdurar. Estos comandos genéticos podrían ser interpretados como agentes contaminantes vertidos en el guiso planetario (si se restringe el asunto a un enfoque ecológico), o bien como la letra pequeña de las cláusulas de un pacto ratificado con el Diablo generación tras generación (si se prefiere ubicar el hecho en un meridiano teológico). De la informática también podrían extraerse símiles curiosos: los genes serían el firmware, los tejidos celulares el hardware y las especies, como nosotros, simplemente software. Nada de lo apuntado son para mí, sin embargo, que leo en ellos el miedo atávico del sistema natural a pasar de estar en suspenso a quedar suspendido.

27

Entona la Tierra un llamamiento a todos los nacidos para que regresen de buen grado al calor de su seno. Suena su voz a susurro de alabanza, a nana de recepción a los segados y a epicedio de prosodia geológica: por ella reconocemos a la parca en la matriarca. Asimismo, por escueto que sea el horizonte macabro que le pinta visaje grotesco a la tragedia, cualesquiera de las danzas que se han cantado en honor de la calaca podrían servir como himno internacional de hermanamiento con mayor justeza que aquella marcha que dice reivindicar a los parias de la Tierra cuando todos, por arriba y por abajo, parias somos de la Muerte.

28

¿Quién necesita enemigos teniendo padres, por adorables que estos sean —prevengo contra toda esquematización freudiana que los míos, en efecto, lo son—? ¿Y quién se librará de verse envuelto en la cruzada anónima de la evolución si a cada momento y en todas partes es requerido para hacer algo más de lo que hace mientras «la hierba crece sola»; si la única salida que le queda frente al agobio es reptar de cansancio y aun este es penalizado con la deshonra pública y el varapalo económico, cuando no reeducado según los cánones del estamento sanitario?

29

Lo que es verdad para la especie difícilmente es falso para el individuo, y puesto que todo lo que el humano hace se vuelve contra él; puesto que nunca se ha sobrepasado con impunidad y siempre ha sido obrero de su propia ruina, la conclusión particular no puede ser otra que el fracaso.

30

La única comprensión que cabe conceder a la injusticia que reina en las sociedades humanas sin volverse sicario de la abyección ni sucumbir a la banalidad del mal es que el universo, desde un punto de vista moral, está montado como un aparato de tortura del que solo puede sacarse en claro la lección de que vale más no haber nacido que prolongar los padecimientos.

31

Se pueden tener hijos por amor, mas no por amor a los hijos.

32

Anotó Cioran en sus cartapacios que «para soportar la vida, hay que ser cínico o bobo», y yo no encuentro razones para disuadirme de su aserto. Hasta en la vida más regalada los lamentos pesan más que las dichas y las verdades hieren más hondamente de lo que cualquier consuelo puede suturar.

33

Si uno naciera sólo para morir, aún podría sonreírle a la vida. Pese a todos sus anhelos y esperanzas, la vida se refuta a sí misma: solo es preciso cumplir varios decenios para comprobarlo.

34

Quien no se para a pensar en los males que la vida puede acarrear a su prole es un inconsciente. Quien conociendo esos males decide tener hijos, es un irresponsable. Quien sabe que el primer mal que se les causa es, con diferencia, el de haberlos engendrado, delata su culpabilidad. No seré yo quien afirme que ni de la tranquilidad que se niegan a sí mismos ni del reposo de una muerte segura son acreedores los humanos que procrean sin asomo de responsabilidad ni de clemencia, pero tampoco seré yo quien omita lo que uno se atreve a pensar en el desarraigo.

35

Concebir un hijo con la intención de arreglar un problema es como tratar de restaurar la salud dañada por un virus con la ciencia del padrenuestro.

36

Las épocas de las que no se guarda recuerdo porque maduraron sin echar grano en los surcos de la historia debieron ser las mejores, las más favorables para desfallecer en paz.

37

Si con independencia del estado del mundo traer niños a la vida no deja nunca de ser un acto despótico que ocasiona una nueva encarnación forzosa, ¿qué no será traerlos cuando el mundo empieza a semejarse a un campo titánico de concentración?

38

¿Evolución de las especies? Menudo novelero ese Darwin… Sólo se evoluciona a pesar de la especie; sólo el ejemplar evolucionado se detiene, recapacita y decide subsumir a conciencia el propio ser en un callejón sin salida para la deriva contagiosa de su genotipo antes que sumarlo al carro triunfal del excidio.

39

Solo habría de consentirse el bautismo de menores si a los niños que lo recibiesen se les tatuara en la frente: «Extíngase antes de engendrar».

40

Que la esencia de cualquier sociedad es malsana la evidencia el hecho de que, siempre que se salvaguarde la fertilidad de las madres, la población se adapta a la tiranía con menos problemas que a la libertad, y hasta bendice como seguridad el terror impuesto desde cúpulas infames frente al caos de una libertad que nunca se ha sabido disciplinar en conjunto. Pensar en una sociedad exenta de coacciones sobre sus miembros es claudicar en favor de una antinomia que ni siquiera es creíble como producto literario. Bajo ciertas formalidades y concesiones decorativas que cambian según los tabúes en boga, entre los males inmutables que la cohesión social excita se cuenta el que todos puedan fastidiar a todos dentro de ciertos límites. Se acepta como normalidad un estado de guerra civil permanente a condición de que las agresiones sean rentables y no demasiado molestas para la perpetuación; incluso se celebra como un rito de ensañamiento colectivo contra la inocencia que cualquier cenutrio pueda repoblar el érebo planetario con la urgencia de su podredumbre hecha camada.

41

Todo el dolor que he ahorrado no basta para llamarme bueno, ni bueno me llamaría, si debiese criar el mal que otros necesitan para no sentirse hombres y mujeres de menos.

42

Negar la sepultura al enemigo caído, además de vejar en sus restos el nombre y la memoria que de su escueto paso por la Tierra pudiera dejar, revela antes que nada una condición moral impropia de ser considerada guerrera, la de un inepto para reconocer en el adversario cualidades que deben permanecer a salvo de la contienda.

43

Quizá por aquello que se conoce como «reducción eidética», olvidar es saludable en la dosis justa, justo la necesaria para comprender que nada esencial es inolvidable.

44

Los pecios fluyen, la mirada cesa. No se puede enfocar la corriente de la vida sin amarrarse a la orilla de la consciencia.

45

No es lo mismo ver para vivir que vivir para ver, como tampoco lo es olfatear la mierda de existir que revolcarse en una existencia de mierda.

46

El cerdo es un animal que evita comer donde defeca, luego el humano es un animal más guarro que el cerdo (nido come nido bajo el sol). El excremento hiede como una constante cuya presencia tiende al absoluto en los albores y postrimerías de la vida humana, momentos decisivos en los que irrumpe como una versión peyorativa del barro primordial.

47

A la atracción que ejerce una gran personalidad acuden toda clase de parásitos, por eso nada conviene menos a la molicie de esos huéspedes inopinados que saludarlos con la fusta de la verdad.

48

A desgastarse se limita el vivir entre gentes a las que nada podemos dar y de las que nada podemos tomar.

49

La más bonita es siempre la última capa: el hueso en el cuerpo, el alma en la mente y la nada detrás de todas las realidades.


50

Nuestras inmoralidades son también nuestra bandera... y acaso la más flamante a nuestro pesar.

René Magritte, Le portrait

51

Disputar un conflicto a golpes rebaja a quienes los dan al nivel zoológico donde los más brutos, partidarios a ultranza de la violencia, siempre han sido, son y serán los más fuertes, puesto que pelean en su terreno. Para los contendientes más cívicos, una victoria obtenida por los excesos de la violencia antes que por las armas de la inteligencia implica, sobre todo, no una victoria con violencia sino una victoria de la violencia y, por ende, un triunfo seguro de las reglas del bruto, aunque este pueda perder la batalla. Cuando el civilizado da carta de legitimidad a la moral de guerra del enemigo, asume como propia una degradación ética que destruye cuanto otorgaba sentido y honor a su lucha.

52

Quien se extiende más allá de los límites que le impone su propia ley moral se arriesga a alcanzar lo más bajo: la perdición irreparable de la estima de sí.

53

No sé por qué me sorprende todavía que la gente siga acudiendo a las urnas como cuadrúpedos camino del matadero si más hondamente insulta el buen sentido traer hijos a la existencia y no me sorprendo por ello.

54

Concederse la vanidad de figurarse estilita entre rufianes y tunantas, pero concedérsela sabiendo que caerá de la columna sin nadie que respete sus restos.

55

Las virtudes relamidas acaban calando como defectos.

56

Sentirse firme dentro de un cuerpo cuyos procesos fisicoquímicos nunca descansan en un planeta que no deja de girar sobre sí mismo a la vez que se desplaza por un espacio sideral fugitivo de la luz, a eso podría llamarse tener majestad.

57

No merece la pena discutir por lo importante; discutirlo es tenerlo en la misma consideración que todo lo demás.

58

Los problemas ajenos no son nada comparados con el de no ver ninguna solución, salvo aquella capaz de compensar la barbaridad de haber nacido.

59

Nunca somos menos loables que cuando nos creemos más loables de lo que somos.

60

Hacer o recibir elogios desmedidos equivale en ambos casos a dar paso expedito a la calumnia, pero lo consentimos porque callarlo o rechazarlo sería una descortesía, luego importa más el buen trato con las gentes (es decir, con enemigos potenciales) que el buen trato con la verdad.

61

En cuestión de códigos de conducta se olvida de inmediato lo esencial: que ni el amor puede hacerse por la fuerza, ni la fuerza puede hacerse por amor.

62

El moralista más desabrido está excusado en su aspereza cuando su deseo de reprobar es superado por su necesidad de condonar. Sólo gracias a esta contradicción aparente puede servir de referencia a quienes pretende corregir.

63

Si ha de hacerse daño por necesidad, que sea un daño hecho con riesgo de quien lo hace; que sea no para evitar que se digan después cobardías de quien lo emprende, sino para no privarse en el combate de la ocasión de ser indulgentes.

64

Mejor es llorar por lo perdido que lamentarse por aquello a lo que se sigue prendido.

65

Se demuestra sapiente quien con la mera concepción de un mundo admirable pierde para siempre los diminutos deseos de ser admirado.

66

No se dé consejo que no haga consuelo, ni se dé consuelo que haga conseja.

67

No tiene más razón quien razona mejor, sino quien halla un patrón razonable para ordenar las porciones de razón distribuidas por el mundo de forma caprichosa.

68

No pocas veces lo único que hace noble una misión es comprender, en el apogeo de su actividad, que se tiene el deber —y ninguno mayor— de abandonarla.

69

Más persevera uno en sus defectos por orgullo para adoptar virtudes ajenas que por impericia y falta de criterio para corregirlos.

70

Medita si es meritorio elevar tu aplauso a quien más que desafiarte a pensar desde otros ángulos halaga tu opinión, y examina mejor aún si no estarás execrando arbitrariamente al portador de una opinión porque no halaga tu impostura.

71

Ver la muerte no solo como predestinación, sino ante todo como oportunidad.

72

Ocuparse de hacer bien lo que uno sabe hacer mejor es la manera más valiosa de ser social, aun si ese buen hacer implica retirarse del mundo.

73

Radica la grandeza en tener la gracia de proteger la integridad de los más débiles, no en avasallarla, y la inteligencia de protegerse de los aprovechados que pasan por indefensos.

74

Ningún progreso es real mientras se tenga sed de poder —mientras uno sea el anfitrión de una sed, en realidad.

75

Rememorando una vez que de manera inadvertida conduje por una calle de acceso prohibido y al pasar junto a unas ancianas las escuché murmurar «van mal, van mal» momentos antes de quedar atrapado en una angostura de la que no se podía escapar ni hacia delante ni hacia atrás, creo que ningún concienzudo tratado sobre la condición humana podría resumir mejor el destino de los hijos de Adán que aquel binomio de palabras, ese «van» con ese «mal», cuyo sentido profético enfatizaba la repetición. Van mal, claro que sí, pero ¿alguna vez fueron bien?

76

Después de haber salido airoso de la expedición que supone abordar las grandes pruebas del espíritu, el afán de impugnar las instituciones humanas puede ser debido a una forma de condescendencia con el curso más obvio de los acontecimientos, aunque lo más probable es que se trate de una regresión a enclaves anímicos ya superados desde los cuales todavía parece creíble el sentido de batirse con los coetáneos como útil dar fe de los abusos cometidos en nombre de las aspiraciones terrenales.

77

Afianza el mal quien odia, incluso si el odiado agente que lo causa lo merece por sus odiosas obras y por ser, con estas, odioso en primer orden para sí mismo.

78

Todos empezamos a ser causa de desgracia para los otros desde el instante en que desistimos de ser causa de plenitud para nosotros, y en ningún caso puede existir esa gracia si se halla obturado el reconocimiento medular de lo existente, sin que ello signifique hacer apología de algún recóndito denominador común —¿el vacío?—, sino más bien de una evocación magnánima de la singularidad apresada en un desfile de símbolos y estructuras móviles a los que subyace un principio unificador.

79

Cuando se tiene la ambición de no tener ambiciones, no puede uno prescindir de ingenio para convencerse, a través de argumentos que muchos tendrían por inconcebibles, de que hace no solo lo correcto, sino lo más excelso: una justa y casi perfecta nada a sabiendas de que el universo cuenta desde que nacimos con nuestra nulidad.

80

A semejanza del capitán responsable que se hunde con su navío, el espíritu debe ir a la cabeza de su dignidad hasta en el apocalipsis si es preciso.

81

Todo defecto dispone ventajas a quien lo usa que la virtud, no exenta de las suyas frente al vicio, contempla con una cautela donde la fascinación también tiene su cuota.

82

Cuídese el nihilista de romperlo todo si quiere que el suelo no abandone sus pies descalzos.

83

Días hay sin nada en lontananza que tire hacia delante ni nada en asechanza que empuje por detrás; son días en que un trago de aire resulta más embriagador que todas las esencias.

84

Nada se pega más que la desgracia, cuyo solo nombre basta para volverla contagiosa.

85

Estar no a la altura de los hechos, sino de la idea que palpita en ellos; captar su trascendencia simbólica y el reto de su mensaje intemporal, he ahí una razón para no perder en el acto la razón.

86

Si cada una por separado dota de virtud, denota maestría quien conjuga la discreción con la excelencia.

87

A todos compete la usanza de ser humanos, a pocos la desdicha de serlo con integridad y a menos la experiencia de saber ponerle fin.

88

A la cama hay que ir desnudo, sin más funda que la piel con que uno se despeñó en la existencia, sin otro adorno que la misma carne donde el alma aguarda, prisionera, su gran evasión.

89

Elemento obligado de un espíritu libre es la fuerza de pasar junto a las ideas sin aferrarse a ellas ni afearse contra ellas.

90

No se piense que el mal está libre de cosas buenas; si así fuera, los buenos, además, serían puros.

91

Por muchas que sean las obras filantrópicas a que se entrega un ser humano de talante bondadoso, nunca podrá enmendar el hecho de haber dejado el mundo peor que lo encontró si se ha consentido multiplicar la catástrofe con su descendencia.

92

Puesto que hacer el bien es imposible, abstengámonos de hacer el mal dentro de lo posible.

93

Uno puede aceptar ser desdichado hasta el final, pero ser mediocre sin enmienda es peor que una calamidad: es un desastre privado del encanto que provoca el reconocimiento de ser un fiasco integral.

94

Pensar como un guerrillero y guerrear como un filósofo.

95

Ser incompleto en cada faceta de nuestro ser permite dejar un margen de maniobra para la plenitud que ha excluido de sí mismo quien vive persuadido de la perfección de sus virtudes.

96

No se vuelva uno necio por considerar importantes los problemas que afectan al necio, ni lo sea de todo punto por estimar la importancia de un problema solo en función de la inteligencia de quien lo plantea.

97

La virtud que no halla recompensa en sí misma ni es dichosa ni es virtuosa.

98

Solo triunfa la virtud allí donde no varía con la visión anticipada de su derrota.

99

Conviene dejar claro que quien espera recompensa a cambio de sus buenas acciones sólo es bueno a medias, pues el bien por el bien debe bastarse, y que yerra por vez y media quien no espera hostilidades por la siembra de sus maldades.

100

Por amor a la lucidez, uno debe aceptar sin ambages el menguante curso de su lucidez.

Vladimir Kush, Current

101
No en pocas ocasiones la conducta virtuosa es hija de una reacción impura donde la repugnancia es el germen decisivo. Al menos en mi caso —vacilo al añadir en casi todos los casos que conozco— no es el haberse persuadido a nivel moral del bien el factor que lo promueve como un producto lógico de un juicio esclarecido, sino el asco, la intolerancia que alcanza raigambre visceral frente a situaciones marcadas por la injusticia y en las que un mal evitable provoca una fuerza proporcional en sentido contrario a la que no sería errado llamar indignación orgánica. Se me podría objetar que en situaciones como la expuesta la virtud habitaba larvada en secreto y que solo después, al definirse en contraste con una realidad adversa, adquiere entidad consciente y puede ser desarrollada por el raciocinio, pero esto sería entender el proceso a la inversa y obviar un acontecimiento fundamental: quien dada la naturaleza sensible de su temperamento no puede ser más que bueno, ¿puede considerarse en verdad bueno? ¿Es más buena la bondad por inclinación que la bondad por elección? Se podría hacer notar que sin libertad para obrar mal todo bien se empequeñece como un hecho accidental análogo al de la respuesta inmunitaria que el organismo despliega contra la invasión de un agente patógeno, y, sin embargo, esta bondad de la constitución prevalecerá sobre la que pueda ser alcanzada mediante persuasión (la influencia que tenga el condicionamiento ambiental en la bondad de la conducta abre otra línea de investigación). Así que por dudoso que sea su origen, el asco es una fuente de salud moral que sería inapropiado menospreciar allí donde la sed de mal se ha vuelto insaciable.

102

Tan juntas caminan la ambición y la maldición, que cada una piensa en hacer tropezar a la otra cuando quiere correr.

103

¿Para qué molestarse en competir con otros cuando la victoria es admirar lo que hacen bien y despreciar lo que hacen mal?

104

Es caro a la entereza moral aprender a romperse sin ser impertinente, sin hacer aposematismo ideológico. Y a continuación, aprender a romper con la ruptura, conquistar la indiferencia respecto a aquello que provocó la fractura.

105

Si se toma la vida como un problema, nunca se resolverá; si se acepta como una travesía, se aprenderá a no buscarle solución.

106

Igual que si fueran libros, acerca de las personas recuerda que poseerlas no es leerlas y que leerlas tampoco es tenerlas, solo apenas comenzar a conocerlas.

107

Golosinas son para el espíritu los halagos: recibirlos agrada, máxime si son sinceros e inteligentes, pero engordan y no alimentan.

108

Si propio de alguien vil es tener mala opinión de quien es mejor que él, del que une a la vileza la estrechez de miras lo propio es tener mala opinión de cualquiera que opine de forma distinta.

109

Ninguna idea que sea en verdad grande se resiste a ser captada en su esencia por los espíritus más pequeños.

110

Si la clase más nefasta de egoísmo consiste en buscar una ventaja personal a costa, consciente o inconscientemente, de causar sufrimiento a otros y en ocasiones también a sí mismo como secuela de una mala decisión, ¿cómo calificar al procreador que por no privarse del supuesto bien que es el hijo no guarda el menor recato en destinarlo a recibir el legado envenenado que conlleva vivir?

111

El secreto de todo está en el centro de cada cosa como cada cosa está en el secreto de todo. Otra manera de poder decirlo es que la perspectiva de un solo espíritu implica el destino de toda la humanidad, mientras que la de un espíritu lúcido no solo la implica sino que, además, la explica.

112

Como los defectos de un carácter no pueden ser disminuidos por definición, tendemos a compensarlos con incrementos que solo pueden proceder de algún exceso, de donde tenemos que los defectos se sirven de los excesos y los excesos acaban por servir a algún defecto.

113

Una historia dentro de la historia es cada vida y una vida dentro de la vida la historia de cada día.

114

Que haya más personas de opiniones coincidentes no significa que sus juicios sean necesariamente más valiosos y razonables, si bien raramente deja de ser cierto que al saberse capaces de formar una mayoría se produce un «efecto llamada» sobre los dispuestos a equivocarse de la misma manera.

115

Me mortifico, luego pienso.

116

La magia se da en los hechos que ocurren porque a uno se le ocurren. Visto así, el mundo es un lugar destinado a suministrar soporte material a las operaciones mágicas de sus ocupantes, quienes a su vez pueden ser vistos como avatares de campaña para otra clase de artífices que no llegamos a vislumbrar.

117

Disponer de una vida es en última instancia el único ingrediente que se necesita para llevar a efecto la evacuación de sí mismo. Tarde o temprano, debe uno estallar con todo su ser, y que lo haga sin  herederos simplifica enormemente las cosas.

118

Nos fascina la belleza porque constituye un comienzo de irrealidad en medio de la debacle, o lo que es igual, porque se anuncia como la mentira desnuda de una ilusión verdadera.

119

El tiempo histórico admite ser comprendido como los anillos concéntricos en que se subdivide el tronco de un árbol, y a semejanza del sujeto que a lo largo de su devenir va incluyendo en cada visión del mundo la precedente, cada ciclo temporal engloba al anterior porque todos remiten a la médula original de la que partieron. Así, tanto en el mundo objetivo como en el subjetivo, el conocimiento no es en el fondo sino un reconocimiento, la hendidura que llega desde la corteza hasta el núcleo de la realidad situada entre el órgano que conoce y la extensión recorrida.

120

Con los animales abatidos en jornadas de expoliación se hacen trofeos del todo feos, pero conformes del todo al gusto de quienes los devoran.

121

Lo que ofende con frecuencia no es tanto el fallo en sí mismo, que en todo lo humano lo hay y existen a tal efecto medios de compensarlo, cuanto la evasiva para admitirlo y poder resolverlo con prontitud. Hay negligentes que nunca lo son para elaborar cuantas versiones del suceso que los compromete sean imaginables con tal de salir indemnes, aunque de lejos se vea que tratarán de hacer lo inconfesable para que un mal cumplimiento del deber culmine con una perfecta irresponsabilidad. A la lengua me viene una expresión que no es raro escuchar por aquí, en la estepa manchega, cuando el desafuero se complace en rizar el rizo: «¡Abulta!».

122

Cuando uno riñe muy cerca del enemigo reduce las posibilidades de ensañarse impunemente que aumentan, en cambio, con la distancia donde se velan los efectos más devastadores del ataque. Al guerrero le cabe todavía en la proximidad con la sangre del adversario confiarse a su criterio humano y ser clemente, mientras que si estuviera movilizado en una gran masa de tropas todo lo que podría hacer tendería a coincidir con lo que se espera de él: actuar como un arma, no como un alma.

123

Amar la música es no poder soportar la realidad sin ella, y como todo amor apasionado, vive a su lado la prueba vehemente de que abolir las causas que lo suscitan sería abolirse en las consecuencias.

124

Ya quisiera la mortaja igualarnos tan rotundamente como la persistencia en la vida, que como vicio es de oficio el mayor sin parangón.

125

El saber ha de sujetarse al espíritu como este va sujeto al temperamento: a las duras y a las maduras.

126

Nadie es menos duradero que el recuerdo que lo sucederá, ni más mortal que las circunstancias que lo precedieron.

127

Nada colma más rápidamente de sentido que poder maravillarse ante el absurdo en que se incurre cuando se intenta salir airoso de un mundo al que se ha venido por desliz ajeno.

128

Todo cuanto agasaja comporta hábito, todo cuanto habitúa es causa de atadura y todo cuanto ata acelera el deterioro de lo que sólo puede subsistir contra sí mismo.

129

El re-cuerdo, esa cuerda con la que se enreda el corazón cada vez que se reencuentra con el pasado y rememora el futuro.

130

¡Cuántos coetáneos se colocan un escalón por encima de los demás en virtud de lo viajados que están y cuán pocos entre los que así se adelantan han dado un paso fuera de los sótanos de su conciencia, que por nada del mundo expondrían al contenido que se extiende más allá de las fronteras del yo!

131

La más extendida inhumanidad es, y no por casualidad, el hábito más humano: no el de masacrar al congénere, que tampoco es una acción exenta de predicamento precisamente, sino el de humillar por sistema a los más cercanos con medios que pueden llegar a ser tan sutilísimos como las humillaciones que todos, a poco que hayamos vivido, reunimos en concepto de experiencia social.

132

Quien no puede remontarse a los orígenes en cada tramo de lo percibido se condena a vagar alelado entre los espasmos de las postrimerías.

133

Que guste gustar es un principio activo de la vanidad, pero también un catalizador de reacciones amables.

134

Tener un viaje de más o un viaje de menos, he ahí la raíz del verdadero aventurero.

135

La fugacidad del pensamiento que se aprende y se desprende por momentos es la garantía de que uno es más de lo que piensa y menos de lo que quisiera pensar.

136

Si ordinario es hacer por apego lo que jamás se haría por conocimiento, más que ordinario el afán es soez cuando busca el disfrute de una libertad que difícilmente tolera en los demás.

137

Con mejor derecho que el conglomerado cohonestado de pasiones que cabe no tener, sino contener, uno es el núcleo que reconoce dónde está incluso cuando no se encuentra en parte alguna.

138

Si de alguien consigues que le guste lo que te gusta, obtendrás un cómplice; si consigues que le disguste lo que te disgusta, tendrás un compinche; si consigues que le guste y le disguste lo mismo que a ti, de nada estarás tan convencido como de la necesidad de cambiar de gustos.

139

Se puede ser antinatalista —o ingenista— por numerosas razones y a cual mejor: por la dignidad de no cumplir como un autómata el programa de propagación genética prescrito por la naturaleza; por la clarividencia de no querer complicar más el destino de una especie a la que no solo le ha sido negada toda posibilidad de bienaventuranza en el reloj de la materia, sino que más bien pareciese concebida para sostener sobre su cabeza el mausoleo del universo con todas sus incógnitas; por el amor a la independencia que rehúsa vincularse a otros seres cuyo despeño biológico puede evitar; por el respeto debido a quienes no han pedido venir a la existencia en un mundo donde siempre ocurre lo que no debería ocurrir y que, objetivamente evaluado, reserva a sus ocupantes padecimientos que ninguna experiencia, por maravillosa que devenga, puede compensar y menos aún justificar. Solo hay una gravidez inocua y no es la que acondiciona el vientre a la función incubadora, sino la que Simone Weil describió con fulgor de santidad: «Ser inocente es soportar el peso del universo entero. Es arrojar el contrapeso. Al vaciarse, uno queda expuesto a toda la presión del universo circundante».

140

Velan los secretos al reino humano vacuidades prodigiosas que el filósofo, descontento por la indigencia cósmica de nuestra estirpe, alcanzará a descubrir sin dejar nunca de lado la presunción de hallarse ante el simulacro de un secreto mayor donde la vocación de verdad sea correspondida con algo más que nada.

141

El dogmático que esbatimenta cuantas facultades mentales sean precisas para mantener intacto su tabernáculo doctrinal recuerda a la roñosa ama de casa que prefiere habitar en un tabuco a solazarse en un salón donde ni Dios tiene permiso para sentarse.

142

Puede decirse sin temor a generar consenso que la unanimidad de criterio no sería loada sin un abastecimiento inagotable de mentecatos que ven compensada en la coincidencia su pavor a la independencia.

143

De las mentes abiertas se sale con idéntica facilidad que se entró, es decir, con las manos llenas y sin haber echado raíces.

144

Debe de ser muy pesado sentir necesidad de inclinar la cabeza y no encontrar a nadie con la bajeza justa para sostenerla.

145

Primer indicio de madurez en el niño, el aburrimiento quizá sea el último descubrimiento del adulto.  Mientras el niño empieza a reconocer en el tedio la distancia insalvable a la que se halla del mundo circundante, el adulto termina de reconocerse unido de forma irreversible al mundo por el hastío que le causa todo lo real.

146

Uno sólo está solo cuando ni se le arriman los pensamientos.

147

Suicidar el impulso de suicidarse, eso es pasar de lo certero a lo artero, de la pusilanimidad a la longanimidad.

148

Cuando juegan, las niñas imitan la vida que quisieran tener de mayores, son como mujeres en miniatura; los niños, por el contrario, juegan a inventarse una realidad alternativa, son como dioses mermados. De mayores, la situación tiende a invertirse y son los hombres quienes experimentan la necesidad de ajustar su vida mental a su vida real al tiempo que las mujeres sobreviven a la rutina gracias a la vida imaginaria que cultivan en paralelo.

149

Apegarse a la vida o apagarse con lucidez, ¡quién pudiera elegir no engancharse a los afectos sin cerrarse a otros y tener goces compartidos sin desembocar en la servidumbre! Una vida sin apegos está más próxima a la lucidez, pero la lucidez está más cerca de la tumba que de la vida.

150

Arte, ciencia y espiritualidad son una misma cosa sujeta por manos diferentes.

Nikolai Yaroshenko, El prisionero

151

En la glosa del nebuloso viaje alrededor de sí mismo que es el pensar, la reflexión no carece de elegancia cuando se precipita en picado sobre el ser que le ofrece la dureza necesaria para estrellarse.

152

El poder político introduce cambios, pero la fuerza de esos cambios es una flor que se deshoja al primer soplo. Las ideas son, en definitiva, lo único que nos sobrevive y lo único que podemos cambiar en nosotros sin poder cambiarlas.

153

Ser queridos cuando no somos convencidos es la manera de querer convencernos sin sentirnos queridos ni convencidos.

154

Para querer bien a nuestros allegados debemos sentirlos mal, como si padecieran terribles dolencias, rondaran la agonía del último trance o ya hubieran muerto: solo bajo los efectos de una desolación inducida podemos aventajarnos a nosotros mismos en ternura.

155

Tan cierto como que toda creencia, hasta la más inverosímil, es asumible por un intelecto preclaro mientras pueda escalar con ella la abstracción, es que aquí abajo, si uno se atiene al torbellino de las vicisitudes ordinarias, nada hay en el tuétano de los sucesos que no invite a pensar con irreverencia y a sentir con pesar.

156

El grado de poder que comúnmente se reconoce a la experiencia significa que tiene entre sus haberes antigüedad en la expiación de las ilusiones que marcaron los años ascendentes de la vida.

157

A mayores decepciones, menores posibilidades de juzgar torcidamente cuanto incumbe a los mortales.

158

Uno se lamenta de no poder tomar en serio algunos desatinos cuando los halla formulados con una brillantez que hasta la verdad quisiera para sí a riesgo de equivocarse.

159

Mujer amada, mujer armada.

160

Instructiva muestra de memoria selectiva: los envarados de petulancia olvidan su condición tan pronto se los deja de humillar con el recuerdo del fimo en que fue amasada nuestra especie, y a los hundidos en la tristeza les cuesta remembrar que buena parte del sufrimiento que experimentan se debe a que han precipitado desde cotas excepcionales.

161

A nadie se le debe pedir más de lo que se siente dispuesto a compartir. Error de bulto y causa de otros mayores es intentar forzar el curso de los deseos: locura no cura locura.

162

No digo que la decisión de suicidarse no atente contra el instinto básico de supervivencia, sino que esta óptica habría de completarse con la de ver cómo atenta el instinto de conservación a la claridad de la inteligencia.

163

¡Y pensar que hubo, hay y habrá almas consternadas dispuestas a cercenarse de cuajo por el amor imposible a un semejante! No se necesita pensar en su calavera, bastaría recrear con viveza a la persona amada como una bestia que defeca, ventosea y desprende halitosis para extinguir de inmediato los abnegados suspiros lanzados en su honor.

164

Antes que acicalar la tragedia, el melancólico hace tonsura de su desolladura.

165

El pasado empuja la historia, el presente la traiciona y el futuro la descarrila.

166

Los estratos sumergidos de la mente humana son los más próximos al pulso telúrico y los primeros en ser fecundados con las imágenes que después serán irradiadas en el escenario histórico. Está justificado reputar al soñador individual incrustado en las turbulencias del destino como un condensador de energías indescifrables donde confluyen los cauces de las antiguas tradiciones con las venideras.

167

Así como para tocar el piano o montar en bici no es preciso estudiar anatomía, tampoco es menester estudiar psicobiología para efectuar un cálculo mental. Los engranajes de la realidad obedecen a unas técnicas que no podrían explicar por sí solas los juegos que el espíritu puede ingeniar con ellas.

168

Desagitar la sociedad, en ello estriba una de las mayores dificultades de divulgar una filosofía digna de tal nombre.

169

No puede haber elación donde faltan los escrúpulos, ni haberse puede uno donde los escrúpulos se adueñan de la situación.

170

Entre las certezas que la experiencia asimilada me ha proporcionado, está la de haber comprendido que aun estando hecho uno para nadie, ninguna riqueza es comparable a la que procede de la alianza íntima con otra persona capaz de prodigarse desde la profundidad que solo un conocimiento purificado entre dos almas puede transmutar en indestructible reconocimiento. Ese quizá no sea el mejor de los reinos imaginables, pero sin duda es el mejor y quizá el único de los reinos posibles.

171

Ninguna edad reconoce el espíritu escarmentado como la suya, mas para no ser arrastrado por el vaivén de los años ha de pertenecerle un poco a todas.

172

No en virtud de lo irrenunciable que a menudo parezca la existencia puede ser querida si las infinitas dilaciones inventadas para eludir el careo con la verdad dejan de ocultar el desaliento que produce su apretón de realidad.

173

Despejar de ilusiones al que va sumido en ellas es un acto de ilustración que muy pocos de los afectados perdonarán si después no se le ofrecen mejores narcóticos.

174

El mundo posee momentos estelares en cuanto juego, atributos cautivadores en cuanto fuente de conocimiento y descubrimientos repugnantes en cuanto sistema.

175

A las lesiones más graves no siempre se llega por accidente; los accidentes son a veces la consecuencia de una lesión original que nuestro universo reproduce a escala por azar.

176

La vida nos pone continuamente en situaciones de las cuales no se puede salir sin cometer errores y en las cuales no se puede permanecer sin agravarlos. La inacción parecería una respuesta óptima si no fuera porque se trata de un trampantojo: una acción que simula no hacer, aunque acción donde al cabo se reabsorben las demás.

177

Pienso en sinónimos del yo y al momento se anudan a mi cabeza: apéndice, armadura, bandera, barniz, coraza, costra… todos ellos exactos y todos nimios.

178

Quien experimenta la misión de que tiene algo que dar, debe darlo, lo contrario es faltarse a sí mismo y retener una esencia que no le pertenece. La firma de quien haga posible ese acto de transmigración creativa es casi accesoria, un elemento que no por determinante durante el proceso de condensación artística deja de ser un rasgo ornamental. Se puede ser celoso de un estilo y aun de las propias vivencias que van cifradas en él, mas no del torrente que pasa a través de ellas y del corazón que, como los cantos populares, nada debe a los arrendadores del medio humano.

179

Al pie de un acantilado el campo de las opciones se aclara: saltar al vacío o concebir una cosmogonía.

180

La observación gana en profundidad con la experiencia directa (suponiendo, y es mucho, que exista una experiencia de este tipo), pero la experiencia por sí sola es poco instructiva si no la atestiguan dotes superiores de observación.

181

Como la juventud puede ser definida como la edad mental en que se puede creer en cualquier cosa, ha de llegarse a la conclusión de que la inmadurez puede perfectamente lucir arrugas y la experiencia limitarse a girar en círculo alrededor de la misma estulticia.

182

El amor, las aventuras de todo lance, la lucha por una causa sentida como justa, la vocación artística, el estudio, los negocios, la fiesta, los viajes, los deportes, la inmersión en la fe u otras adicciones e incluso el trabajo enajenante y cuantas formas innobles de estorbarse a sí mismo sea factible seguir al compás de la novedad, son géneros de actividad que tienen en común su fuerza de penetración para ocupar las facultades mentales de una manera continua y casi plenaria; una fuerza capaz de distraer, aplazar y desplazar el luctuoso trasfondo que se revela cuando uno toma conciencia de estar atrapado en una vida que tampoco le convencería por distinta que fuese.

183

«Tan segura está la muerte de su victoria que nos concede una vida de ventaja», releo en un grafiti anónimo. Ni la muerte es la única medida de la vida, ni la vida el único espejo donde la muerte se mira. Hay otras medidas, como hay otras superficies donde aclararse la condición de esqueleto, pero ninguna puede ser contada sin haber aceptado que se ha muerto antes de ser.

184

Del nudo gordiano de la realidad desnuda siente su aspereza quien se aferra todavía a una ilusión frente a la certeza de esa muerte cuya proximidad cabría abrazar sin dramatismo a condición de que signifique lo que nada claro está: el desenlace por antonomasia, la cita nunca corroborada con una libertad fatal.

185

Los sabios tienen respuestas para las cuales hay preguntas que ningún filósofo podría plantearse no formular.

186

En cuanto uno se siente limpio vuelve a espolear las ganas de ensuciarse. A esto yo no lo llamo, como hacen otros, «nostalgia de barro», sino «marcar el territorio».

187

Podemos decidir, pero solo una vez: la primera... y la peor.

188

Arremolinarse en la sensación de que el instante presente no alcanzará nunca el siguiente y caer en él y en los sucesivos como un sapo llovido del cielo que se precipitara escaleras abajo, rebotando de peldaño en peldaño, hasta ir a parar a la morgue.

189

Velados, mas no vetados, le están al humano los secretos de la materia; son enigmas que tienen más de prestaciones que de iluminaciones, y ahí es dónde radica su peligro. Entre el átomo y la ciencia la relación es análoga a la que pudiera darse entre un mandril a los mandos de un cohete.

190

Empieza a desperezarse el pensamiento cuando se alza como objeción contra la existencia, pero se encoge como una ramera desdentada cuando le ríe las desgracias.

191

La olla que cada quien porta como copa de vivencias, cúpula de interioridades y cópula de mundos puede «irse» tanto por exceso de presión nerviosa como por vaciamiento; en este último caso convendría precisar que la cabeza sería una hoya donde la copa está seca, la cúpula invertida y la cópula frustrada.

192

Con cada pérdida irrecuperable el alma encallece un poco más, pero así de curtida está la piel de un ser libre.

193

Sólo se puede tener fe en los sueños; es una fe que exige no la ceguera de una realidad tangible, sino la fuerza de un sueño superior que la despeje del anterior.

194

Está previsto en las profundidades del alma que no haya óbice para que uno se sienta libre mientras no pase de la superficie. Por eso y porque aún conserva cierto apego a la disonancia cognitiva, puede uno mantener el reflejo de rebelarse cuando ha dejado de creer que la rebelión sea posible.

195

¡Ojalá no fuera cierto que todos cuantos nos dedican alabanzas deseen vengarse de nosotros por haber rebajado su orgullo para poder admirarnos!

196

Tan irrespirable es la desolación absoluta que el mismo acto de desilusionarse pronto se convierte en el objetivo de otra ilusión.

197

Entre los atributos que el humano ha echado a perder en sí mismo quizá el más irrecuperable sea la experiencia del tiempo detenido, sin tasa ni premura, de la meditación. Como lesión histórica del cuerpo espiritual este menoscabo revela la incapacidad de los coetáneos para remansarse sin ser enturbiado por el hormigueo de producir y consumir.

198

La pasión ofusca la observación, que es la pasión de ofuscar la pasión.

199

Puesto que en la historia, cauce sinuoso para una corriente de seres imperfectos, prevalece lo necesario sobre lo antojadizo, oportuno es aprender a sentirse prescindible antes de que sea demasiado tarde.

200

Identificarse con uno mismo es el yerro del que derivan nuestros restantes fallos de óptica. Uno empieza creyendo ser él mismo y acaba rechazando como una insensatez que mejor hubiera sido no haber caído en la trampa de la mismidad.


Tomás Sánchez, Hombre crucificado en el basurero
201

Desde el momento en que uno deja de creer en sí mismo, la verdad comienza a vengarse de su acercamiento propinándole un hallazgo intolerable: libre al fin de cualquier atadura mental con su propia suerte, muerto el ego con sus pavoneos, en lugar de perfeccionar la aptitud individual para la clarividencia, se descubre necesitado de seguir interviniendo en el teatro de cada día para que la certeza de su nulidad como actor no acabe con su puesta en escena.

202

No hay preludio del castigo en la vida; la vida es el castigo.

203

Si la necedad de los humanos no cambiara tanto de faz no sería menos necia, pero más fácil sería identificarla.

204

Librémonos de conocer a los paladines de las causas que creemos justas si no queremos renunciar a ellas.

205

Escasas posibilidades hubiera tenido la consciencia de sobrevivir a la evolución sin las esporádicas erupciones del misterio que nos envuelve.

206

Explicar las propiedades de un sistema por las de otro no deja de ser un buen modo de demostrar que no se puede explicar nada.

207

Piensa en el árbol que eres cuando no sepas pensar quién estás siendo.

208

Hay ofensas que ninguna fuerza sabría perdonar aunque quisiera. Si pudiesen sentirse como catástrofes naturales los peores agravios que recibimos aún se podría encajar sin ira la desgracia sufrida, pero los humanos tienen manos y a las manos las mueve la misma voluntad de zaherir que ocasiona en la víctima una sed inolvidable de venganza. De nada sirve a quien padece esta clase de sed el esfuerzo por desapegarse de la furia que enardece sus venas, ni convencerlo es posible de que la civilización empieza por la renuncia a la revancha cuando, a poco que se piensen las formas jurídicas vigentes, se descubre que gracias a ellas se llama paz al hecho de que sea una organización política la que ostente el monopolio de la venganza en nombre de los derechos de la persona a quien se le ha prohibido, so pretexto de justicia, ajustar cuentas. Puestos a elegir entre dos males, más vale abrir las esclusas de la violencia retenida que aceptar como destino la sumisión sostenida a un ultraje.

209

De la misma manera que el pensamiento debe tener la audacia de poner a prueba cuanto imanta su atención, el sentimiento debe tener suficiente confianza en sí mismo para probar la inteligencia sin el desliz de tomar como dogmas las ideas donde, cansado, se posa el pensamiento.

210

Los mártires hicieron grande al cristianismo, la Iglesia solo lo ha hecho opulento. Sin el sacrificio dramático de sus cabecillas y sin Jesús, asesino de sí mismo por cuenta ajena, apenas hubiera sido otra horda más a contar entre las muchas acaudilladas por fanáticos que fermentaron por entonces el pueblo hebreo. El cristianismo, como las sanguijuelas, debe todo lo que ha sido a la sangre que ha sabido recolectar.

211

No se entendería que las religiones más longevas hayan perdurado durante centurias sin su habilidad psicológica para que la censura de algunos apetitos humanos no pudiera llevarse a efecto sin fomentar otros.

212

Fáciles de amar en la lejanía e indefendibles en las distancias breves, los humanos, al haber sido tocados con el ascua demiúrgica, abrasan a su paso cuanto tocan.

213

La atmósfera del infierno no ennoblece el talento, solo le saca punta al tormento.

214

Hechos a imagen y semejanza de los caracteres humanos, los dioses acaban teniendo vida propia, una vida privada que ningún pobre creyente terminará nunca de comprender.

215

Dios, colega de hambre y osambre, no sabe ni acompañar nuestros adioses.

216

Pueden los demás apartarse de uno en su papel de amigos, amantes, familiares, aliados y penates, pero el abandono es una ausencia que sólo puede hacer el dios que nos la ha dado infinita.

217

Os avergüenza mencionar los daños causados a náyades, nereidas y potámides cuando increpáis la contaminación de fuentes, ríos y mares porque nunca os ha movido a espeluzno aclimatar vuestra indignación a la jerigonza de los irresponsables. Disertad cuanto sea necesario sobre los estragos de la tala de bosques vírgenes, pero recordad que allí moraban egipanes hoy desaparecidos y dríades unidas al destino de los árboles mutilados. Lamentad el reverso feo y ruinoso de la civilización, sí, pero lloradlo como la sufrida evidencia del asesinato de las Gracias que otrora inundaban el mundo de entusiasmo.

218

¿Que queda ya de aquella physis donde el corazón humano iba conexo en inspiración a la inteligencia de los dioses? Se ha dicho desde antiguo que la fragancia del incienso es un signo de presencia divina… de la misma presencia que se refocila con los efluvios de la carne quemada después de haber sido saqueada.

219

El ser humano es todo cuanto necesitan los dioses para imaginarse a sí mismos como ningún mortal osaría pensar.

220

Dios está solo, absolutamente desamparado. Ni siquiera sabe Quién es. Apiadémonos del muñeco humano con el que intentó fingirse acompañado.

221

Toleran los dioses la desmesura del humano no tanto por impotencia para evitarla o por juntar causas para castigarla cuanto por la curiosidad de observar hasta dónde puede llegar el espectáculo de su degradación.

222

Omnipresencia enroscada de la infinitud a cualquier nivel y bajo cualquier aspecto: no a mucho más puede denominarse religiosidad.

223

Aun en la más sosegada desafección echa uno de menos la vehemencia esporádica de una blasfemia solo por alborotar el corral donde algunos meapilas venidos a más cacarean como gallos soberanos. Son momentos lautremontianos en los que el ingenio, cercado por tanta mezquindad, se siente capaz de alzar una capilla donde aparearse con la Madre de Dios pensando en hacerla abortar.

224

Posar disecado en el árbol del castigo no parece mala sede para un dios cuyo discurso, en vez de ayudar a que uno se valga por sí mismo, nos exhorta a sentirnos desvalidos.

225

La sensualidad ha llegado a ser la religión profana de los que todavía creen posible recuperarse del trauma que han supuesto veinte siglos de guerras religiosas.

226

A diferencia de la decrépita Roma, hoy no es la fe importada de un pueblo abrasado el último reducto del desánimo que define el estado de conciencia más habitual en los países occidentales, sino la gastromanía azuzada por el menor motivo y a cada instante exprimida en cada situación.

227

Atender a las ganas de fornicar es también una búsqueda de intimidad con lo esencial, una voluntad de hallar un altar apropiado donde absolver el deseo acumulado y verterse en el misterio que allí late. Que de la convergencia entre quienes comparten esas ganas devenga la mórula de otro ser excede los propósitos de Eros y ninguna ley humana debería impedir que se lo arranque de las entrañas como el sacrilegio cometido por un bárbaro en el templo del placer.

228

De todos los hombres amados por la mitomanía de los pueblos, el Ungido (chantaje a la creación) es después de Caín (envidia codiciosa) y de Abraham (fe ciega) al que más debería aborrecer quien no crea beneficiosa la reconciliación con la esclavitud.

229

¿Qué substanciación para humanarse hubiera escogido la divinidad si no se le hubiera ocurrido aparecer como gusano en el fruto prohibido que mordieron nuestros ancestros?

230

A la verdad, o lo menos alejado de ella, se llega solo a fuerza de cuestionar los señuelos de la sociedad y los ensueños de sus enemigos.

231

Las disfunciones que la sofisticación de la sociedad humana exige asumir como normalidad son gravísimas, casi tanto como los anhelos insaciables que el más normal de los individuos puede empollar sin ayuda de otros.

232

Nunca habrá sosiego para la maldición de creer en alguna causa a la que adherir a las miles de millones de causas que pueblan el orbe.

233

Ninguna visión lúcida ha infundido nunca motivos de atracción para agrupar multitudes en torno a su mensaje excepto por reacción, cuando las masas de aludidos quieren pisotearle los ojos.

234

Del hecho de que una idea provoque al vulgo no se debe deducir que tenga en su génesis más sentido que las convenciones infringidas, pues no está lejos de la verdad que una opinión infundada choque contra otra que lo es en igual proporción, y bien cerca está de la evidencia que la renovación de un dislate nunca ha sucedido sin levantar revueltas.

235

Puede uno estar seguro de que la tecnología que no genera más problemas de los que soluciona no pertenece a este mundo.

236

El instinto de conservación al que tanto deben los seres vivos no dice nada sobre el valor del ejemplar porque se trata de un mecanismo que funciona de forma indiscriminada. Conservar ¿qué? Hasta un parásito intestinal tiene bien aprendido ese deber.

237

Si la validez de una actitud ética se subordinara, como postulo, al respeto profesado a los adversarios, ninguna estimación merecerían los sedicentes provida que tan obstinados están en punir a los partidarios de elegir cuando nadie favorable al aborto ha pretendido nunca que los embarazos de sus antagonistas sean interrumpidos por ley.

238

Intento esforzarme lo menos posible, pero no me sale sin esfuerzo.

239

Tener casa propia, pareja estable y sueldo fijo equivale a rendirse, a cambio de una vulnerable pero muy persuasiva seguridad, a lo más flatulento y adiposo que hay en nuestro ser.

240

Cada vez que una mujer pare, su familia alumbra otra causa para vestir de luto.

241

Que los mejores caigan primero es el cero donde acampa en el mundo entero.

242

A lo sumo de uno queda el bosquejo, que es la traza original y el último albergue del animalejo.

243

¿Qué necesidad hay de demostrar que el cansancio se ha convertido en moneda corriente cuando millones de despertadores aúllan a cada instante?

244

Aunque las lesiones causantes de la muerte sean las mismas, preferiría ser devorado, como Acteón, por una jauría de perros enardecidos que ser presa de la frialdad de una máquina desbocada, como un automóvil fuera de control. Esa es también la diferencia que media entre los defectos morales del mundo arcaico y los excesos amorales del moderno.

245

Luchemos contra quien luchemos, sean cuales fueren nuestras causas, nos derrotará la misma maquinaria.

246

No aberra solo la idea de que los artilugios tecnológicos imiten e incluso reemplacen a la naturaleza en muchas de las funciones cuyos rendimientos superan, aberra más atisbar, tras el relámpago cinético de estos inventos, que la esencia de la naturaleza está igualmente animada por una suerte de ingeniería.

247

En el improbable caso de que la técnica le conceda valor operativo, el espíritu es para ella como para la mentalidad castrense la inteligencia: pertenece a la categoría de los peones, es un instrumento complementario de la fuerza.

248

No se necesita poner un pie en la Luna para saber que su rostro apenado ha empalidecido a causa de mirar durante tanto tiempo nuestro mundo.

249

Cuando uno ha nacido en el imperio de lo falso, traicionar a los comprometidos con el siglo es un acto de verdad.

250

Trabajamos para industrias cuyos objetivos entrañan peligros acerca de los cuales parecería bueno no adquirir conocimiento alguno si fuera posible ignorar las consecuencias.

Rinaldo Carnielo, Tenax vitae

251

Salvo en circunstancias que requieran habilitar un mando enérgico que se disuelva tras las causas que motivaron su necesidad, no debería por norma residir el poder en los muchos o pocos que desean ostentarlo, sino en el modo de contener a quienes están llamados a ejercerlo.

252

Sólo a mucha distancia puede uno dejar de sentir temor, admiración, repulsa o atracción por la presencia humana; en el tú a tú, la incertidumbre lo puede todo.

253

Uno ya es legión; muchos, una guerra civil; todos, un cadalso global donde los supervivientes pelearán entre sí por calmar con un retales las tripas.

254

La técnica, al encapsular y refundir las costumbres en moldes que son definidos a tenor de funciones desconocidas, está logrando modificar la estructura mental de las personas y lo próximo será transformar el estado biológico en la dirección sugerida por la especialización que acaece dentro de un panal o de un termitero, donde hasta la propia reina debe no solo su razón de ser, sino también sus características morfológicas, a la tarea que desempeña.

255

La sociedad no teme tanto al sentido de la opinión vertida sobre ella como a mojarse por aquello que no entiende.

256

Deberíamos introducir una nueva partición histórica: a. H. y d. H., antes y después de Hiroshima. Sería una contribución enorme a los historiadores del futuro, que podrán sentir así más próximos a los nuestros los desastres de su mundo.

257

«¿Y la gente aguanta todo esto?» No muy distintas serían las palabras de un alma nacida en algún rincón amable de la prehistoria si contemplara los logros de la vida civilizada.

258

No se ha de ver en el juicio desaforadamente hostil hacia nuestro siglo una forma de pensar demasiado inadecuada para captar la realidad dominante; véase mejor en esta perspectiva la única manera en que esta época de muertos ambulantes admite ser ponderada por los que se saben arrastrados hacia el vertedero.

259

Sondeo el futuro y veo lo mismo que me muestra el pasado, pero en negrita: guerras y vileza por doquier, ducas inconsolables, empobrecimiento espiritual, cretinismo social, tristuras, angustias, desalojo de la pureza y, como siempre, almas yertas que se mueven, entre posesas y gemebundas, al eructo de los tiempos.

260

Si el odio es el motor más potente de la historia, como resulta difícil refutar contemplando la rosa de los vientos que corona los aconteceres humanos, los genes son, mucho antes que las instituciones socializadoras, los primeros motores del odio, pues insertos van en nuestras células.

261

El sueño de la democracia engendra absolutismos.

262


Ningún dopante es más positivo para la distopía social que el optimismo político, una actitud que siempre produce consecuencias temerarias con independencia de la ideología que adopte. La cuestión sobre cuantos deben ejercer el poder político en una comunidad resulta de menor sustancia a efectos prácticos si se la compara con la de saber cuales son y como se han de articular los límites efectivos contra la tendencia a la vigorexia que adolece cualquier concentración de poder.

263

Mientras que en una dictadura el poder no está limitado, mas tampoco legitimado, en una democracia el poder tiende a extralimitarse precisamente porque puede adquirir visos de legitimidad gracias al apoyo de una mayoría.

264

Ni la corona real ha hecho nunca por sí sola rey a nadie, ni el número basta para convencer del derecho al mando de quien lo cuenta a su favor. Nunca podré aceptar que la legitimidad de una decisión emane por sí sola de una mayoría, como tampoco es aceptable para mí que la encarne el mayorazgo de uno solo. Pese a las constituciones y marcos jurídicos donde puedan ser contextualizadas, democracia y monarquía se parecen demasiado en aquello que tienden a no tener: riendas cortas al poder que acaparan.

265

Mediante la democracia los pueblos son oprimidos en nombre del pueblo; si ese sátrapa es más soportable que otros, habría que juzgarlo en función del precio a pagar por formar y no formar parte de ese pueblo.

266

Estando el origen de las ideologías en alguna forma de delirio, no debería sorprender a nadie que su desenlace natural no sea la grandeza, sino el delirio de grandeza.

267

Cuando la mentira y la vulgaridad se dan la mano, un político saluda.

268

Con el atuendo de «pobre diablo» no pocos han franqueado las puertas de los palacios.

269

Si la ley tolera la injusticia y la corrupción, la corrupción y la tiranía están en la ley.

270

Mercenarios para la conquista del espacio físico, misioneros para conquistar el espacio mental y mercaderes para la explotación de lo conquistado.

271

Aparte de que la capacidad de autogobierno de los pueblos sea mínima, por no decir ilusoria, en un contexto de todopoderosos emporios supranacionales, el mayor peligro de la democracia no radica en cosa distinta de su popularidad, ya que esta forma de gobierno se basa en obtener el número suficiente de cómplices entre las masas a fin de autorizar cualquier iniciativa sin que importe demasiado el propósito que persiga.

272

La exaltación patriótica no es obra de una voluntad compartida que habita segura en la conciencia de sí misma, sino de la impotencia agregada de los muchos exasperados que la encarnan.

273

En tiempos convulsos donde las guerras civiles, las locuras colectivas y las barbaries redescubiertas marcan la pauta, no solo se abren en la condición humana las simas de un caos ancestral, sino que la misma ceguera que allí reina es ascendida por encima de lo que naturalmente cabe tolerar.

274

Adquirir dominio sobre otros a costa de perder libertad en los propios fueros es una adquisición digna de lástima.

275

Pretender justificar como una hazaña económica el maltrato a las fortunas familiares, la grosería rutinaria de poderes extralimitados en sus funciones y la brutalidad en todos los órdenes exigida para mantener el orden público, demuestra una regresión a edades donde la crueldad tenía más peso que la destreza indispensable para impartir justicia.

276

La arbitrariedad es una violación de la sede interior de la libertad. Ni que decir tiene que los pueblos sumisos se violan a sí mismos.

277

Los tiranos no caen del cielo, brotan del mismo substrato que quienes los abuchean.

278

No lo puedo superar, es superior a mí: cuando estoy frente a un esbirro, empiezo a sentirme culpable de todos los crímenes que no he cometido e inocente de todos los que cometería…

279

En personas de corazón ecuánime la rebeldía no procede de una torcedura del buen sentido, sino del alejamiento del mismo por parte de las instituciones que deberían velar por él.

280

Tanto da confiar la organización del poder al resultado de un bombo lleno de bolas numeradas que a la cifra más alta obtenida de unas urnas llenas de motivaciones abombadas. Puede que matemáticamente salgan las cuentas, pero humanamente tiene visos de alucinación colectiva que la única partitura legítima para un gobierno sea la bendecida por el mayor volumen de las ovaciones.

281

Si hoy existe algo que pueda considerarse medianamente aceptable en nosotros como pueblo, equivocado estaría quien lo agradeciera a los responsables del semillero resultante de nuestra última contienda fratricida, pues los mejores de los que chocaron pasaron al exilio, murieron en combate o fueron fusilados durante la brutal y muy católica represión sin la cual no hubiera podido asentarse la victoria de los sediciosos. Seamos francos: ¿qué cemento humano quedó para reconstruir el país? Un compost formado por hambrientos y acobardados, delatores y lameculos, asesinos uniformados campando por sus barbaries y prisioneros de guerra reducidos a la más nefanda esclavitud bajo el esputo del vencedor que podía ser sanguinario impunemente en un cuadro donde el terror gubernamental y la canallada de servicio que sucedieron al desconcierto nacional fueron condicionantes más devastadores que la miseria incurable y el rencor acumulado de quienes hubiesen preferido finar heroicamente a contarlo.

282

Cantinela tonta o legítima proeza, el sentido de la libertad nunca se pierde cuando decide hacer lo que no puede dejar de hacer.

283

Donde rige la ley del oro, el oro de la ley ni rige ni corrige.

284

Conoce de sobra el poder político que sus relaciones, aun sometidas a una severa planificación de costes y beneficios, no se guían por la autoridad de la razón, sino por el instinto. Este poder tiene en común con el erotismo la obediencia a impulsos de atracción y repulsión que admiten hasta cierto punto ser previstos y analizados, pero nunca abarcados ni dominados por la lógica durante el transcurso de los encuentros.

285

Uno de los síntomas inequívocos de la muerte de Occidente —o del Oeste— como motor espiritual de la historia es el menoscabo en sus territorios del derecho a la propiedad concebido como expresión de su bien más primordial, que no es otro sino el don de sí, la potestad de uno mismo. Quizá las constituciones con que Occidente ha vestido sus antinomias nunca hayan respetado realmente este derecho, pero allí donde se ha vulnerado ha existido la conciencia, tanto en el ofensor como en el damnificado, de que se profanaba algo sagrado y daba lugar a convulsiones impredecibles.

286

No es viajando como mejor se conoce el carácter dominante de una nación, sino estudiando el foro que componen los comunicadores de los medios con más audiencia, los novelistas más leídos —es decir, los menos eminentes— y el tipo de publicidad que registra mayores ventas: estos aclamados son los que plasman sin remilgos la vida doméstica de un país.

287

Como el burro no se libra del rebuzno, el orden democrático ha logrado hacer que parezca plausible que a cada rebuzno le corresponda un voto.

288

Llegando estamos a un tiempo en que la decencia solo será custodiada por listas negras.

289

Pensar con sentido común es lo primero que uno suele hacer cuando está decidido a involucrarse en alguna empresa turbia… como la fundación de una familia.

290

Los gobiernos cambian, pero los expedientes permanecen: no creo que pueda reproducirse mejor el carácter del poder político.

291

Aún cabe achacar a la democracia otra perversión impensable en otras sociedades: si en una democracia los sirvientes eligen a sus señores, ya no es el señor quien toma, para bien o para mal, al sirviente, sino el sirviente quien escoge al señor más fiel a su talla moral.

292

La paz, como la guerra, tiene también sus desastres, que son muchos, aunque muchos sean también los que se niegan a reconocerlos como tales por su afición a los despojos.

293

Existe un paralelismo evidente entre la deforestación de los espacios silvestres y la desertización del campo humano. El espíritu es un árbol postrado.

294

Donde el humor es perseguido, ni siquiera la razón —grandísima fulana— gobierna: el punto de mira manda.

295

No consiste únicamente la libertad en las limitaciones que al libre albedrío se le dan en el contexto de la convivencia sino para quien está decidido a paralizar la inmensidad de lo que puede hacerse sin desmandarse.

296

El terremoto que asola barriadas enteras no siempre hace temblar castillos, pero ninguna barriada se salva cuando el terremoto derriba castillos.

297

Llega también la perversión a la razón cuando erige ídolos en lugar de derrocarlos.

298

Se revela en la rebelión una clase de vitalidad que compensa con creces el infantilismo que no prevé su quiebra como método de transformación. En la reacción, en cambio, se manifiesta un género de temperamento que parte de la comprensión de los estigmas de una época y que, ante la inviabilidad de los remedios, la inverosimilitud de los consuelos y la incapacidad de celebrar la resignación, opta por enrocarse en sus axiomas.

299

Si la política es un arte, sus obras maestras son las más desapercibidas.

300

Hoy es lugar común, y por tanto patente confusión, que cada persona piense que el mundo marcha peor porque no atiende a los caprichos de su opinión.


301

Quien se ciñe a la legalidad como requisito de moralidad asume erróneamente que el cumplimiento de la ley está por encima del valor de las personas, cuando lo cierto es que nadie se vuelve valioso por seguir al dedillo los reglamentos. Una ley solo es valiosa cuando beneficia a quienes la aceptan voluntariamente como norma, no como horma.

302

La pluma y la espada pueden recorrer juntas un largo trecho del camino si aciertan a otear la realidad que nace más allá de lo que juntas o por separado podrían concebir.

303

Cometer la locura de hurtar a las palabras lo que por condición natural no pueden dar sin volvernos cuerdos de atar.

304

Ningún alivio intelectual es comparable a la emoción de estética de ver expresados los mismos horrores que uno mismo, a pesar de haberlos vivido, no tiene valor para expulsar de sí.

305

Para un exlibris: a falta de buena moza, con libros bien se retoza.

306

¿Existe algo más caprichoso para un creador que la relación entre el esfuerzo aplicado a la obra y el resultado alcanzado?

307

Hay libros que no admiten con bien para sus autores una segunda entrevista y de ellos podemos aseverar que son prescindibles, si no francamente malos; otros, en cambio, ya desde la primera lectura están pidiendo una segunda, una tercera y aun incontables confrontaciones más a la vuelta de cada ciclo de experiencia: solo estos deben considerarse imperdibles.

308

Una obra solo puede tener estatuto de autenticidad, aunque no suponga ningún logro para nadie, cuando el autor ha puesto contra sus pudores más arraigados toda la carne en el asador y su alma es capaz de elevarse sobre la chamusquina de sus pensamientos como una emanación incombustible.

309

Más descriptivo que calificar nuestro sistema nervioso de esponjoso —¿de verdad nos creemos tan invertebrados?— sería decir que en el sensorio subsisten en diverso grado de complejidad funciones propias de animales filtrantes, pues tomamos de continuo nociones de aquí y de allí que reformulamos después según nuestro peculiar estilo y naturaleza. Al pensador honesto, como al artista sincero, siempre le ha de resultar un poco decepcionante descubrir que la interacción con la obra de otros autores despierta asociaciones de ideas que hubiera sido más dificultoso, o incluso imposible, alcanzar en solitario.

310

Toda literatura que no claudique de sí misma siendo experimento señero o calco de un modelo previo, comienza con panfletos incendiarios y termina con odas.

311

Más que con otra labor, cuando uno está concentrado en la escritura padece las tareas por cumplir fuera de la creación como si le hubieran saqueado los pensamientos para servir mejor al tiempo.

312

No pocas de mis mejores ocurrencias las he tenido durante la estéril persecución de una idea, cuando he tropezado con el hallazgo que me ha hecho caer de bruces sobre una posibilidad más radiante para el pensamiento.

313

El largo tiempo empleado en la confección de una obra revela una meticulosidad que con suerte se traduce a la excelencia del resultado, mas deja insinuada en la linde de lo tácito una confesión de torpeza o falta de fluidez en el medio empleado. Por poner un ejemplo sin ir a escarbar en ámbito ajeno, yo pienso priado pero escribo despacio... y nunca he tenido por motivo de presunción ni lo uno ni  lo otro.

314

Más que cambiar las ideas con los tiempos lo que cambia es el daño que la mentecatez de cada época causa a la libertad de pensamiento. Ya no sirven las palabras a quien las maneja con propiedad, sino al que peor las entiende, y esta militancia en el menguado entendimiento del verbo no pocas veces debe su origen a las mismas autoridades que tienen precisamente a su cargo velar por la integridad de los significados y fomentar la congruencia de los usos relacionados con ellos. La primera víctima del revisionismo no es el pasado histórico, sino la semántica; no los restos documentales donde reposa desgajada la memoria, sino las enciclopedias y diccionarios. De la última subversión del diccionario de la Real Academia Española (la vigesimotercera), basta consultar la entrada gay para percatarse de las proporciones del desastre infligido: fuera del apartado parentético donde se registra un conato etimológico, no hay rastro de aquella acepción adjetival de «alegre, vistoso» que Corominas especuló de origen occitano, idioma desde el que pudo extenderse al francés, al castellano y a otras lenguas romances a partir el siglo XI, o quizá derivada de gau por reducción del latín gaudium (godeo, gozo). Indagar en las motivaciones para haber ordenado la actual exclusión de este significado sonriente del conocimiento público es algo que se presta a varia y nada halagüeña digresión, entre las cuales resulta menos convincente descartar de las probables la voluntad, correctísimamente política, de ahorrar a ciertos colectivos surgidos de las tinieblas del armario un matiz jocoso del vocablo con el que quizá muchos de sus miembros (y «miembras») pudieran sentirse ridiculizados.

315

Si hay belleza en el mal, solo se la encontrará en el lenguaje que le presta por decoro sus tesoros, vestiduras sacadas del imaginario donde la realidad prístina de las musas se mezcla con el inefable acoso de los monstruos.

316

Don indomable por definición es la lengua y, por definición, lo indomable es la obsesión. Lengua obsesionada con la lengua, la escritura está siempre en pos de sus extremos.

317

Uno es merecedor de buenos lectores cuando ha renunciado a otro público que no sea él mismo y, con todo, cuida su expresión como si cada palabra fuera no una mera comunión, sino la sentencia de la que depende la salvación o condenación de su especie.

318

Sobrevivir a la publicación de un aforismo que se lee como un genocidio es un sarcasmo del que nunca se repone su artificiero. Imaginen si en vez de ser un adagio se trata de muchos, de un cuerpo de entradas que puedan ser agrupadas como un ensayo, incluso de un blog…

319

El pensador a quien su obra reporta éxitos en vida haría bien en tomar el prestigio que cosechan sus ideas como una advertencia sobre su escasa sutileza y, con mayor razón, ponerse en guardia contra la notoriedad que solo alguien carente de previsión para detectar caramelos envenenados podría festejar.

320

Tan henchidos van los artistas de automanía al auspicio de un comunismo tecnológico donde la huella cibernética de una persona y su comparecencia en la picota pública son realidades indisociables, que la autonomía del autor respecto a su obra ya solo es posible si se impone a sí mismo como penitencia la invisibilidad.

321

Pienso, y no a mi favor, que dedicarse a refinar el pensamiento es dejar en basto lo que está fuera de él.

322

Transmito a quien se inicie en la escritura mi menos interesado consejo desde una confidencia de mal ejemplo que sería inútil menospreciar: la claridad del mensaje y la contención de las formas suelen penetrar más intensamente las neuronas que la pulida elaboración estilística y el concienzudo trabajo de erudición. Virtuosismo y prolijidad brillan mejor insinuados como posibilidades asequibles al autor que como pirotecnia deslumbrante de confín a confín.

323

Juro por mi genio —y no es juramento en vano— que quisiera poder construir escritos de consolación para descreídos y escépticos recalcitrantes; una especie de fortaleza portátil pero segura que lo mismo sirva de refugio en las inhóspitas cimas de la duda que de jaima en los abrasadores desiertos del desasosiego.

324

Evocando el subclima químico que reinaba en la liturgias nictálopes de los años noventa, el autor de una crítica musical comenta: «Para levantarnos del suelo y dejar nuestro cadáver listo para la incineradora». Precioso. Los nuevos tiempos traen también nuevos cátaros.

325

Sin deberes, sin gente y sin luz solar: mi momento de floración.

326

Sólo puedo ser español contra algo, y nunca lo soy más que contra los españoles cuando quieren ser más españoles que yo.

327

Más que desafiarme con la mirada se retaba a sí mismo arrojándome un odio africano por los ojos. Con gusto me hubiera desarmado de paciencia para sacárselos y jugar con ellos al frontón, pero me bastó pensarlo para sentirme henchido de indulgencia. Es lo que tiene ser un poeta de sangre caliente.

328

Si disputara esa carrera en la que de ningún modo estoy interesado más allá de la teoría, vosotros, los que transmitís nucleótidos sin pudor, perderíais. Mientras penáis por hacer de cada trasvase de tragedias un motivo de orgullo y los más imprudentes de las cohortes de enamorados de la existencia preservan sus momias en pirámides criogenizadas a la espera de ser reanimados a un papiamento de espectros posthumanos, yo, que sólo transmito ideas, me río en solitud por anticipado. Vuestras procreaciones son frágiles y mutantes, tan dolientes y perecederas como sus soportes orgánicos; mis creaciones, más etéreas, permanecerán incorruptibles siempre que haya un intérprete adecuado para tañerlas con el laúd del pensamiento. Vosotros roturáis la carne, yo grabo la roca. Tras el ocaso de los seres putrefactivos, otras inteligencias vendrán que alguna lectura me harán.

329

Inesperado concordato entre electricidad y mitología, a Venus ofrendo lavadoras repletas de ropa de cama.

330

Me gusta que a los demás les disguste regocijarse en el dolor que tanto frecuento. Lo malo que quiero para mí no lo quiero para ellos: tal es mi Regla de Plomo.

331

Reírse de todo y venerar todo lo que sale purificado de la risa: hay otras formas de jugar con la vida, pero esta es la mía.

332

Credenciales que no me sonrojaría presentar en una tarjeta de visita: contemplador intempestivo, verbívoro caníbal, señor a la intemperie de sí mismo y confesor de vulvas en éxtasis.

333

Taracas propias veo en los demás y ajenas taritas en mí; nada me obliga a consignarlas por escrito y nada, descontado el equilibrismo mental que procuran, me es más caro para no callarlas. Si hubiera garbo de balde en el empeño de brindarlas como quien imparte la extremaunción, adelante, no tengan ningún reparo en sentirse mejores nacidos que yo. A decir verdad, verdad acuso. Bien sé que como mensajero del páramo por mi palabra de bravo he de morir en un pleonasmo; permitan al menos que me despida con otra copla resucitada del nuncio que dio la vez a mi voz:

No sabes para qué vienes,
ni sabes en dónde estás.
Ni sabes por qué te quedas;
ni sabes por qué te vas.

5.1.17

ANOTACIONES DE UN CAVERNÍCOLA (selección)

Adriaen Coorte, Naturaleza muerta con espárragos
En cualquier siglo en el que vivan, los hombres son incapaces de extender su mirada más allá del decorado cambiante que constituye el horizonte de su existencia y percibir finalmente el fondo desnudo del teatro, por una razón muy simple: no hay tal fondo.
Paul VEYNE
Séneca

Vuelvo a viajar en el tiempo hacia un 1999 que fue prolífico para mí en los arriates literarios, o dicho una octava más alta, un año en que anduve jodido según la menos mezquina de las acepciones para un puritano, la misma que contraviene la acción verbal que corresponde a un filósofo con aptitudes de hetairo —a un falósofo, pues—. Libertinajes teóricos y estrechamientos benedictinos aparte, a borbotones bullían en mí las vehemencias de un temperamento dado al brío de probarse a contracorriente y al que, no obstante, todos los caudales se le agriaban. Más pudoroso que ahora —las nuevas tecnolatrías, recuérdese, llegaban muy embrionarias al gran público—, quise envasar el documento al vacío por cuanto en él había de un mundo pintado con pormenores demasiado fieles al espejo del amanuense. Violando el mandato expreso de la advertencia que más abajo proclama sus reservas, rescato las piezas —como hice con Ignominias— que mi sentido actual, más curtido aunque no necesariamente más agudo, encuentra presentables, o menos atrabiliarias en sus licencias, de una obra tan heterogénea como cualquiera donde haya puesto mi genio. He omitido de la antología, empero, los episodios donde mi desnudez en el espanto reclamaba un compasivo abrigo de silencio. Tanta era mi voluntad de purgar la etapa de anteriores devaneos, tanto el salto de punto final sobre mis pasadas truculencias y temeridades, que firmé el escrito con los cuatro seudónimos que había calzado hasta la fecha, cortésmente arreglados para la cita epilogal con el prefijo ex-. Con el primer nombre de la lista, David Mordisco, me estrené como fanzinero cuando nadie que pudiera permitirse un computador valoraba esas manualidades vírgenes de las cuatricomías y escalas de grises que delatan el chapuzón en la imprenta.

Escrito tengo en la peña de alguna miranda que poco resistiría como contemplador sin contemplaciones si no procurase combinar el tenebrismo existencial con un risueño desenfado, y algo de la templanza necesaria para no perder el equilibrio frente al vacío se insinúa ya en estas Anotaciones, que desafían por cada costado a ser olvidadas no sin haber trascendido las esperanzas y ambiciones acumuladas bajo el tampón de los miedos comunes. No fallará quien trasluzca en ellas los años de resaca marcados por el gnomon del genuino éxtasis donde a punto estuve de desgranarme sin retorno. Uno siente asomar tímidamente el soplo de la frescura recuperada en los aforismos que de aquella cueva salieron en busca de un horizonte más estable que las visiones rupestres. Entre los amplios espacios mentales que un trabajo a trompicones no me invadía, alternaba por entonces las meditaciones al arbitrio de la gruta con las efectuadas en pleno vuelo como aprendiz al mando de una avioneta, pero a fuer de cabal no sabría concretar en qué invertía mayores despliegues de atención, si en la disciplina de pilotaje o en la espeleología de interiores; lo que de ambas puedo resumir es que no tardé en abandonarlas debido a la extenuación económica de mis circunstancias. Las alas con motor son caras y el tiempo dedicado a las musas carísimo se lo cobran quienes no las cultivan.

Del estilo agradecerán la sencillez quienes más padecen el manierismo que serpentea por estos riscos cuando mejor contención no lo remedia; un estilo donde a veces se presiente cierta propensión ática, no me compete a mí asegurar si cumplida en alguna parte o frustrada sin excepción. Examinado el contenido en retrospectiva, admito —sottovoce— que me resulta cualquier cosa menos fácil sustraerme a la impresión de que mi devenir como letrarra —sí, dinamitero verbal— ha evidenciado antes cambios formales que una evolución sustancial hacia el letrarca que quisiera ser de continuo, de solo a solo y no sólo a ratos de mí a mí:

Mis letras son mis pistolas,
pistolas de santo son
con balas que hieren solas.

¿Qué otro denuedo puedo aducir sin embarrarme en excusas tan manidas como inútiles son las barrenas de una mosca atrapada en un vaso? Ganivet, a quien frecuento últimamente, me ha convencido de que «la lengua castellana es una capa, y la mayoría de los escritores españoles la llevamos arrastrando». Capa caediza, como movedizas son las arenas donde uno echa a andar las ideas. Sirva el trampantojo de su autoridad, la de las ideas y la de Ganivet, a la inconcusa bizarría de hacer de esa capa mi sayo. 

Háganme caso y no me hagan caso...


ADVERTENCIA 

Estimo demasiado toscos los textos aquí reunidos. No son escasos los pasajes autobiográficos extraños a la incumbencia de un lector ordenado y abundan en franco desaliño las ideas que no me he permitido rectificar con trazos de otro gusto. Mi deseo es que el documento no sea divulgado mientras permanezca despierto entre los hombres o expuesto al hipnal de sus aversiones.

Karl Wilhelm Diefenbach, Matermania

La única verdad es una mentira que valga la verdad.

*

Al levitar no nos elevamos, sino que el mundo cae más deprisa que nosotros. 


*

Cuánta superioridad intelectual denota reírse de la risa. Y cuánto dolor inasible en esa carcajada opaca y solitaria que se alza como un monumento al orgullo abierto en canal. 

*

La locura es el acoso perpetuo de uno mismo —el avance de lo más hondo que no cesa de zapar hacia lo infinitesimal aprovechando el escondrijo de las dendritas. 

*

Entiendo la filosofía como el arte de descifrar la apariencia e ir desenrollando entrañas sobre el aspecto. Lo demás, lo que con tanto empeño y seriedad han incubado los filósofos académicos como déspotas en su sistema de pensamientos, sólo se entiende como el producto catabólico de un cerebro pesado: la cabeza hinchada del ahogado, el excremento atascado en la sien. 

*

Cuando un ser radiante no es capaz de actuar como una bestia, se condena a llevar una jungla chamuscada dentro de sí. 

*

Lo desconocido, soledad ignota que nos rodea, es por definición lo que escapa del comercio lingüístico. ¿Cómo interpretar entonces que la auténtica poesía sea expresión y síntesis de lo ignorado reconocido? ¿Acaso la experiencia mejor transmutada del lenguaje se reduce a una aberración semántica ensimismada? 

*

Pensaba que la violencia aleja de la conciencia tanto como la amplitud espiritual impide el frenesí agresivo pero acabo de descubrir la temible y fascinante verdad, insostenible por las palabras, en el señorío de otra dimensión desenvuelta con la profanación atenta, escrutadora, cariñosa… Gracias, amable jilguerillo, por tu dulce agonía. 

*

Sólo a los individuos poderosos les está permitido una muerte transparente. El resto se quedará eclipsado en el anónimo colchón de un hospital, en el nunca poco odiado centro donde trabaja, de camino a casa en un vulgar accidente de tráfico o en un váter amenizado por los efluvios de las heces. La rareza y densidad de la muerte subraya el valor de la vida que se disipa. 

*

La naturaleza o algo que se disfraza con el vertiginoso juego de los fenómenos creó al hombre, quien, en una época venidera cuyas virtudes solo atisbamos en nuestros más viciosos dolores, pensando en superarse creará al superesclavo. Es lo que podríamos interpretar como un concerto fallito para Suprahomo sapiens.

*

¿Qué es el conocimiento? La superación de toda moral, incluida la moral de la superación. ¿Y la moral? El miedo al conocimiento presentado como herramienta de la verdad. 

*

Soy hábil y curioso, podría haber destacado en aquello que me hubiera propuesto, pero mi flexibilidad sin bitácora sólo me ha proporcionado el espectáculo metafísico del desencanto y el hábito recalcitrante de la inutilidad. Analizo cada aspecto de mi vida con el deseo de salvarla de su catástrofe reiterativa; la indago vorazmente para darle el sentido que no tiene —que no puede tenerse—. Me doy forma y me deformo, improviso continuamente y termino por deshacerme en actos idénticos a sí mismos. O el mundo no está preparado para recibirme, o soy demasiado frágil para soportarlo. De seguir así, más me valdría fenecer, sería el único acontecimiento tempestivo en mi tempestuosa historia. Sin embargo, no me fío del diseño universal: ¿moriría realmente si quisiera morir?... Lo tengo bien oscuro: será preferible acostarse y dejar que las pesadillas trabajen mis ya desacomplejadas complejidades. Un par de pastillas de magnesio, autosexo centrífugo, grillería estival de fondo y a dormir no sin cierta alquimia, pues mis pesares acaban licuándose como charquitos de baba en el colchón. Al final, todo queda en silencio y los fines vuelven a ser medios. La vida se burla de sí misma a cada momento ofreciéndose el deleite rutinario de cada uno de nosotros. Por eso necesitamos soñar, nos purgamos en sus focos de la presión escénica. 

*

Un amigo me ha reprochado que mis lecturas son fuentes infectas que contaminan de desesperación, pero le he replicado que precisamente la desesperación es el torrente salvaje que me incita a leer obras donde mi mundo encuentre aliados. Para sincerarme, diré que estoy harto de sentirme acabado y creeré por un instante que en ese extremado hastío del hastío puedo situar el emblema de mi fuerza, pero lo cierto es que mientras mis células perduren seguiré padeciendo el dolor abstracto y circular de una lucidez desmembradora. Para mayor desgracia, se trata de un síndrome esencialmente incurable: el remedio consiste en afirmar la enfermedad que lo provoca remachando a base de escrúpulos la descomposición. Por si este fuera poco aderezo, le añado mi incertidumbre vocacional: mientras al existencialista ortodoxo aún le queda el magnánimo consuelo de suicidar la realidad sacrificando su cuerpo concreto, a mí sólo me queda un delirio pasajero donde imagino que sacrificando la realidad lograré suicidarme. 

*

Desconfío de quien aspira a seguir convirtiendo la lectura en una ocupación principal —y pongo el acento en mí, que ya me empiezan a crecer pastas—. Uno se inicia nutriendo el espíritu de libros y acaba por servir de postre a la veleidad de las palabras. 

*

El origen de la higiene física no es el interés por la salud, sino el horror. Nos lavamos porque de lo contrario oleríamos terriblemente mal: apestaríamos a muerto viviente

*

Quien juzga, incomprende y blasfema contra la transparencia del saber. Para una mente clara, imponer un criterio es tan absurdo como vituperar una estrella; lo que no impide que una mente veterana en la claridad contemple la suspensión del juicio como una pretensión doblemente absurda. 

*

No tengo ideas; creo ideas que incendio después para sentirme iluminado. 

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¿Cuál es la raíz de un hombre especial? Su poder para especializarse en la falta de especialización, es decir, su facultad para desplazarse al margen de las órbitas comunes adquiriendo una panorámica tentacularidad. 

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Es probable que algún día, cuyo malentendido intento sugerir, mis cuadernos valgan su peso en oro. Hasta entonces, mi cerebro con su lujoso cúmulo de excrecencias sólo vale su peso en aire —aire puro, eso sí. 

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Declararse a la cajera de un supermercado formando un mensaje tridimensional con los productos colocados en la cinta transportadora. 

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Sublimación de la vanidad: hacerse el despistado para no pasar desapercibido. 

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El mamíferoz. ¿Cómo me cuido? Es obvio, mis llagas no mienten: poniéndome en peligro. 

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Donde tú ves una persona notable, yo advierto un mono rebosado por alguna extremidad. 

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Poder es, ante todo, poder matarse. El resto de manifestaciones que pasan por poderosas, incluso cuando interviene un esfuerzo de naturaleza superior, solo son simulacros de derroche. 

Denis Forkas, Allegory of Martyrdom

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Arrebato panfletario. En la génesis del Estado se concentran el deseo y la voluntad de normalizar un tipo de violencia contra las violencias discordantes; el fuego y la sangre son sus genuinos, constantes apellidos. Pero no es menos cierto que un Estado bien construido, ágil en la estabilidad, tan flexible como eficiente, astuto sin caer en la demencia, es un aparato demasiado valioso para ser despreciado por un análisis de crítica recalcitrante o, por el contrario, saqueado indecorosamente por grupos de rapiña que carecen del necesario conocimiento y calidad anímica para administrarlo sin hacerlo estallar. Lo ideal es que los individuos sean suficientemente conscientes de su fuerza y sensibles al desafío para prescindir del Estado en las zonas de actividad vital donde sobra su intervención y obra bien reducido a su mínima expresión y máxima funcionalidad —no funcionaridad—. La noción política que debe prevalecer en una sociedad apta para este tonificante proyecto es que el equilibrio sólo es atractivo en el caos —del mismo modo que el caos resulta tentador cuando el orden aprieta—, observación que traducida a una orientación gestora aconsejaría aligerar la presión estatal sobre lo particular y desmantelar otros componentes de verticalismo abismal al tiempo que se potencian los recursos que permiten ampliar el juego que cada individuo puede ejercer en función de sus méritos y talentos. El Estado debe cumplir la exigencia de reciprocidad con el pueblo que aspira a vertebrar y, de igual modo, las diversas personas implicadas en la dinámica social tendrán que estar a la altura de los hechos afrontando la complejidad mutante del destino colectivo. Puede que resulte obvio —lo que sería un síntoma esperanzador—, pero la espontaneidad bien entendida no es más que la cosecha del poder correctamente distribuido. 

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Actuar es resignarse a seguir. Morir es cuanto podemos ser. 

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El origen de la tragedia radica en nuestras limitaciones para comprender sin espanto la existencia ilimitada donde nos movemos. 

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La especie humana merece ser conservada solo en tanto que proyecto de enmienda. Nuestra única perfección es nuestro afán de perfección. 

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No habría ciencia sin los caprichos de la ficción. La ciencia es precedida por los inventores, pero estos solo llegan cuando se ha hecho fábula con factores imposibles. 

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De la ciencia estimo sus fines: esencialmente, comprender el organismo del universo para poder recrearlo. Sin embargo, sus medios resultan pobres, a veces incluso ridículos por el reduccionismo con que manejan sus pretensiones de veracidad: el método científico se me antoja anacronismo incapaz de renovarse abriendo puntos de conexión con otros sistemas de penetración en la realidad; diría que es el estertor de un dinosaurio petrificado en dogmático fetiche, beata categoría de única e irreparable dirección... pero yo de esto, por supuesto, no sé nada —aunque mis nervios, sumergidos en los extraños cultivos del tiempo, no hayan dejado de ser un laboratorio elocuente

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Quizá estemos locos de manera tácita y lo hemos olvidado a base de respirar una y otra vez un psiquismo viciado. Quizá el núcleo de la distorsión sea que la vida nos fuerza a ser en relación a ella misma, convirtiéndonos en putas perpetuadoras que carecen de objetividad para interpretarse sin renunciar al cambio y fluctuación de los aconteceres. Somos inaccesibles para nosotros mismos y esta nocturna verdad, que adquiere furia de vacío en la intimidad sin rostro, se compensa en la práctica diaria con la levedad de la apariencia que otorga a cada humano la mascarada precisa para perderse en la textura de las impresiones. 

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Atribuirse el rango de carecer de complejos demuestra lo clandestinamente acomplejado que se está. 

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La palabra debe apuntar a lo que no se dice; es necesaria justo porque es prescindible. 

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Ustedes pueden deshacerse de mí haciéndose una idea equívoca sobre mi carácter al tacharlo de pesimista cuando soy exactamente lo contrario: trágico. La tragedia es una constante que rige la inconstancia de las criaturas, el contorno fiel de los efímeros perfiles del mundo. Lo pésimo, sin embargo, es carecer de la inmortal sensibilidad muriente; pésimo es estar en la vida sin ser la vida ni atreverse al contraste y la elevación de una perspectiva fatal que, pese al primer sufrimiento, establece un atributo redentor frente a la maniática acumulación de actos. Redentor porque en la tragedia todo muere por ser imprescindible, todo duele porque exige ser gozado y todo asusta para ocasionar valentía, mientras que el pesimismo es la estrechez del desatino en una historia sin mito ni destino. 

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Tengo ideas, pero las comprendo tan intensamente que no puedo creer en ellas. He muerto innumerables veces, pero en cada intento me he alejado más de la muerte. La enfermedad me ha sido fiel, la enfermedad sin título del último hombre que sueña con ser el primero, pero en su clima hediondo no he aprendido a ser fuerte, sino a tener un fuerte. 

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Podría ser nazi si el racismo belicoso tuviera como fin eliminar las razas pueriles que aún creen en el orgullo racial. Gustosamente me apodaría nazi si no despreciara solemnemente los conceptos nada respetables de nación y socialismo, verdaderos baluartes de una filosofía digna de subhombres. Adoptaría, en fin, la identidad nazi si con ello multiplicara las potencias de mi ser, pero lo único que aumentaría sería el volumen de mi estupidez. Aparte de «la banalidad del mal» tan bien descrita por Hannah Arendt en referencia a los crímenes imperdonables que cometieron, de los nazis no soporto: 
— Que hayan monopolizado la esvástica sin el mínimo interés por comprender su profundo y nada gregario significado simbólico —jainistas, tomen la palabra.
— El haber denigrado, desde la mediocridad uniformada de un establo furioso, el concepto de eugenesia atribuyéndose el falso mérito de estar en la vanguardia del ennoblecimiento de la especie. 
— La arrogante cobardía de masacrar personas de manera industrial y de haberlas asesinado, además, no por el gusto de comérselas, sino movidos por una aspiración supremacista, movidos por asco. 

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Convencida está la luciérnaga de que cuanto la rodea es refulgente sin sospechar que la sombra que persigue su chispazo amenaza con disolverlo. 

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Lo que hace tan atractivas las aventuras fugaces, especialmente las sexuales, es su brevedad: la carencia de futuro se traslada a los hechos estimulando la intensidad del presente, de la presencia. Al acceder a la tentación de una experiencia semejante buscamos, sin saberlo quizá, la muerte del tiempo, un sucumbir al instante. Por eso no hay nada más detestable que la fuerza gravitatoria de las consecuencias cuando lo deseable era el crepitar de una secuencia en un recuerdo sin materia. 

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El contacto prolongado con la verdad embrutece o asesina... ¿Futilidad? Puede, pero fulminar las cuestiones vitales con un arranque de trivialidad es también un gesto rebosante de vida; es justamente vivir. 

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La inocencia no consiste en estar libre de culpa, sino en gozar del poder de negarse todo. 

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¿El peor de los errores imputables? El disparate de no cometerlos. No quien se esfuerza por obrar bien, que responde a una preocupación que denota ser saludable en su origen, sino quien procura no equivocarse jamás sigue una pretensión que revela en sus últimas consecuencias cuánto ignora de lo que la vida debe a los fallos y, aún más retorcido, cuánto quiere hacernos creer que no ignora cuando acierta sin saber. 

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Si no nos ocupamos de lo imposible, bien merecemos no entender lo posible. 

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En el cosmos todo tiene su razón de ser; lo cual no implica que todo ser tenga razón. 

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No se trata de entrar en el juego del mundo, sino de abrirse a él sin reticencias, selectiva pero gratuitamente, actuando como una concubina en una postura cósmica. Y si el deseo de dominio —ese hollar compulsivo— nos agita más que la libertad de percepción —que limita, en realidad, con la percepción de la falta de libertad—, la fórmula propuesta también sirve porque no hay rastro más hondo que el efectuado hacia dentro: esa impronta jamás se borra ni viento alguno la erosiona. Para desplegar el ser, comprendido el ser como se quiera, no basta con que el ser esté ahí; se requiere que el ahí esté en el ser.

Jean Delville, Le crime

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La necesidad masculina es un querer exteriorizar, fecundar, verterse hacia fuera. La femenina, en cambio, se basa en un movimiento centrípeto para interiorizar, concebir, recoger. Por eso el hombre eyacula, crea arte y guerrea, mientras que la mujer consta de vagina (túnel dispuesto para acercar la tierra al cielo), se permite el lujo de prescindir del arte y lleva la guerra consigo allá donde esté. La estructura psíquica del hombre prefiere pensar el mundo para tomarlo; la mujer toma el mundo sin necesidad de recurrir al pensamiento. 

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Hombre y mujer como ninguno, el escritor notable une a su deseo de precisión la inseguridad vocacional, pues está obligado a penetrar en territorios del alma donde falla la vista y sobran las manos no obstante a conseguir expresar lo máximo con recursos mínimos poniendo el acento en el potencial humano sin extraer e iluminando aquello que, de no ser por su habilidad subterránea, permanecería olvidado en la inmediatez de la conciencia. 

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Tanto en la literatura como en la vida —esa otra novela escrita en la carne con caracteres enfermizos—, la razón debe limitarse a coordinar y desinfectar, a precisar y ordenar, pues aun siendo herramienta útil, tiende a amputar la mano que la maneja.

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Es obvio que cada suceso tiene unas causas; tan obvio, como que cada causa pertenece a un destino. 

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Si pudiéramos establecer un balance exacto e inmediato de los procesos que ocurren en el cosmos, seríamos conscientes de que el espacio está indisolublemente unido a la materia y de que el cambio, aunque adopte formas antagónicas para nuestro humano criterio, no deja de ser una ilusión provocada por la simultaneidad. El universo, abarcado con una sola mirada, presentaría el aspecto de un hermético mosaico de mosaicos donde el tiempo sería el intervalo empleado en ajustar el zoom para navegar a través de su fatigosa densidad. 

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El teólogo habla de Dios con rebuscada ligereza; el científico lo hace con acomplejada esperanza; el místico con prodigioso entusiasmo; el ateo con fanático encono; de Dios sólo habla con propiedad quien oculta su apostasía tras el renovado maleficio de la duda, pues Lo conoce bien y, pese a ello, se abandona a una soledad digna de diablo donde se mantiene próximo y distante de Él. 

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RICO: Aquel que no tiene nada que perder.
 POBRE: Aquel que no tiene nada que ganar. 
FILÓSOFO: Aquel que comienza a saber que no sabe lo que tiene que perder o ganar. SABIO: Aquel que sabe que ganar o perder da igual cuando se sabe ser.

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La tesis que asegura la invalidez de lo infinitamente pequeño acusando contradicción conceptual supone erróneamente que la infinitud es una proporción cuantitativa y, por ende, de aberrante asociación con lo pequeño. Sin embargo, el infinito no es una magnitud, sino una cualidad que se define por su siempre remota posibilidad; no se trata de un atributo de volumen, sino de una jerarquía estructural ilimitada. Cuando me refiero a lo infinitamente pequeño, lo que postulo es la divisibilidad absoluta de la realidad positiva, su continua dispersión en el vacío. Para mí, el infinito es una idea reversible que concuerda tanto con la función multiplicadora como con la reductora; diferencias puramente teóricas de denominador común sin el cual sería inconcebible lo inconcebible: la esfericidad del espacio-tiempo o, para ser más acertados, su extensión en n dimensiones. 

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Entre la sensación y la demostración media un abismo de fe; de ahí que la ciencia se desvirtúe a sí misma mediante la presunción de objetividad. Os contaré una parábola que no recuerdo haber leído nunca pero que acude a mi memoria como si así fuera: «Un sabio, cuyo conocimiento atravesaba una fase de escrúpulos hacia los sentidos, concibió un dispositivo para reconocer el espectro de los colores con la intención de mitigar su creciente desesperación. Cuando lo puso en funcionamiento, enfocó hacia él un haz de luz y el aparato dictaminó: ROJO. Satisfecho por la coincidencia con la información que sus ojos le brindaban, el sabio suspiró aliviado: “Así es, ¡qué sabio soy!”». 

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Quisiera a partir de ahora sustituir uno mismo por la locución menos impropia pluro mismo; claro, que también podría manejar idéntico significado escribiendo uno disímil, multiuno o ningunalguien... 

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Se puede tener la razón a favor y equivocarse rotundamente. Por eso desconfío de los economistas, pedagogos, fiscales, sociólogos y demás calaña tecnoburocrática en materia de vida: ponen tanto celo en su ecuánime raciocinio que se olvidan del fin primordial del intelecto: resolver problemas, no dilatarlos. 

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Desopinando. Durante estas últimas semanas —que ya empiezan a ser demasiado últimas— se pretende juzgar al chabacano golpista Pinochet por tribunales ajenos a su país. Mientras las víctimas de su régimen exigen carnaza para saciar su comprensible vindicación, los mamarrachos encopetados que rigen el proceso no se atreven a tomar una decisión. Es debido a este antagonismo imperante, y no a inquietudes humanitarias, que voy a mezclarme con el ruido de fondo proponiendo una aventura jurídica: que al ya tembloroso tirano, junto con algunos de sus secuaces más selectos, se les condene a gobernar un pequeño Estado del modo más liberal y democrático posible. Estrictamente vigilados por comisiones internacionales y por el propio pueblo elegido a tal fin, la mínima desviación de las leyes o el abuso más ridículo por parte de los gobernantes se castigarían con el linchamiento inmediato a manos de quienes deseen participar en la tortura. ¿Existe pena más salvaje para un dictador que investirlo de poder a condición de no usarlo? De reyezuelo bananero a títere amenazado de muerte, la experiencia bien vale su riesgo. Menos leyes de juristas, más espadas de Damocles.

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En el jovial Bakunin encontré la primera espuela sincera para erguir el pensamiento —contaba dieciséis veranitos— y hoy sería capaz de asesorar a un aciago ser como Hitler si una suerte de trastorno espaciotemporal lo hiciera posible. Conservo mi mente abierta y una sensibilidad viva, pero a estas cualidades preciosas he incorporado el interés por el poder concebido como un inmenso laboratorio, el desprecio por los amasijos sociales y una transparente atracción por poner la vida en jaque. Soy claramente consciente de que en estos apetitos insatisfechos subyace la necesidad de compensación y una acicalada pasión de muerte, de muerte grandiosa quizá, pero a mi edad no estoy dispuesto a retractarme (y no es cuestión de orgullo, sino de lasitud): prefiero estar desvergonzadamente loco a padecer una ordinaria neurosis. 

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Sólo durante el periodo de transición que va desde el final de la adolescencia a la primera juventud, quise adoptar el papel de artista maldito; si lo que he hecho y escrito después posee rasgos calificables de malditos, se trata de un vulgar malentendido: desde hace unos años soy demasiado siniestro para ser maldito. 

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¿Y quién me asegura que las estrellas no puedan ser opacas ni blancos los agujeros siderales? 

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En puridad, el amor y el deseo se excluyen. No pudiendo equilibrarse el uno en el otro ni crear una amalgama emocional, terminan por enfrentarse tortuosamente. Al final, según las cualidades que nos inspire la persona involucrada, la degradaremos al rango de mero objeto carnal o la idealizaremos hasta convertirla en un tótem intocable por incestuoso.

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Los legisladores proceden con una lógica inversa: parten de la idea abstracta hacia el hecho concreto; primero elaboran un esbozo de lo que el hombre debe ser y después extraen las consecuencias irrefutables de sus geniales espectros. Habría que tener presente que la naturaleza —y con ella, la humana verdad— es cruelmente ilógica y que toda presunción de equilibrio trasciende nuestras facultades cognoscitivas. Por tanto, sería más que deseable —sería realista— diseñar el cuerpo legislativo desde la relatividad para atender, en cada momento, a lo que los hombres son en cada lugar. 

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Cada cual sufre individualmente los complejos y carencias de la especie. Que la frustración es esencial al humano se hace palmario porque disuelve gradualmente la existencia que la padece. En el paroxismo del sufrimiento y de la extrema necesidad, ya no somos nosotros: somos una delegación de la pesadilla global. 

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Pocas cosas tan intempestivas como una eyaculación en un mundo superpoblado. Nada tan superfluo como una erupción seminal en el instante de anticiparse al menudo cielo de la carne. Mientras el placer erótico sea indisociable de la fuga de materia, no tendremos derecho a considerarnos sapientes. 

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Algunos literatos, sin duda sagaces, han aprehendido en el semen un simbolismo sacrificial; también la historia biológica, sin duda ladina, se permite la elegancia de la excusa. 

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Hay circunstancias en que la generosidad no consiste en dar, sino en evitar, en ahorrar lo duro. No se diga que fui avaro: los últimos pensamientos siempre los reservé para mí —para mi deuda de olvidos. 

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¿Seré miedoso por querer ocultarme la luz? ¿No es ya un gesto de valentía declarar el miedo? ¿Acaso el valiente, en vez de ajeno al miedo, no ha hecho sino concentrar la fuerza motriz de sus energías en el miedo al propio miedo? 

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Sobre el sentido aristocrático de «cuidarse». Frecuente es el error de confundir el cuidado personal con la abstención de placeres intensos. Nada más extraño al concepto elevado que palpita en la protección de uno mismo, pues no difiere de la necesidad de exponerse al peligro con el honesto objetivo de fortalecer las partes implicadas de nuestro ser. Cuidarse no es un simple huir tras el caparazón, sino un querer encontrarse seguro en las situaciones más inhóspitas y arriesgadas. Se cuida quien por preservar lo mejor cultiva géneros de desafío a efectos de adquirir inmunidad y atletizar la independencia. En el cuidarse tampoco consta un rechazo al deleite de los sentidos, sino exactamente lo contrario: la salud es entendida como una armonía de opuestos donde la riqueza de sensaciones se traduce en estímulo orgánico. No se pretende la acumulación rutinaria de longevidad, que es un anhelo mórbido y sospechoso de agotamiento, sino la calidad plena. Cuidarse exige, frente a la común opinión, sazonar y saborear la existencia, no exprimirla.

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El tributo que se paga por el pecado es la soledad. La intensidad de los goces y pasiones nos aleja de la vida tras una eventual atracción, nadie escapa de sí mismo por más que se procuren éxtasis y desenfrenos. Puede que con algún que otro traspiés afortunado el camino del exceso conduzca al palacio de la sabiduría, pero quien allí entra no vuelve a salir íntegro y todo lo que atesora en su memoria se resume en una mazmorra de ecos. 

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Me siento como un sátiro en paro, soy un león abocado a la santidad. Más que heterosexual mi condición erótica es etereosexual. 

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Círculo viscoso. Cuando pienso en todo lo que me queda por hacer, me dan ganas de retirarme; si pienso en retirarme, deseo hacer sin demora todo lo que dejé pendiente. 

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Hasta que la citología y la astrofísica no se integren en una disciplina sin lagunas, no debería hablarse de ciencia, sino de protociencia. 

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En este mundo hiperdeterminado por la totalidad de las partículas existentes, de lo único que somos culpables es de creernos culpables. 

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La belleza erótica es para mí un acontecimiento pírrico; cada vez que una mujer con encantos desfila ante mis sentidos, subraya lo absurdo de mi animalidad. 

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Rizas el rizo y empieza la calvicie. 

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Nada consuela tanto como la falta de consuelo: es la riqueza abrupta del cansancio en el llano límite del fin. 

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Grito de guerra. ¡Quizá-pero-también-sino! 

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Axioma. Lo que es válido para todos es lo que menos vale. 

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Lo llamaban sofista porque su hábitat predilecto era el sofá —y como ustedes sabrán, tumbado se piensa mejor. 

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Ecologistas, ¿desesperáis por descontaminar el mundo? Muy bien, respaldo vuestra iniciativa: quien lo quiera libre de impureza, que sea el primero en suicidarse.

Mariano Barbasán Lagueruela, La noche de Walpurgis

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En la máscara reside un poder que excede lo humano y un horror que retrata nuestros orígenes monstruosos. No hace falta ser antropólogo para percibirlo; los bebés, a su manera, también lo saben.



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Si la naturaleza se autoorganiza sin prescindir de la exuberancia, del delirante derroche, de la predación, ¿dónde hallar el motivo para justificar el no menos atroz apetito humano de moderación, ahorro, limitación, previsibilidad y quietud? ¿Qué fuerza, salvo el respeto a un juego de artificio, pueden invocar esas correctas tentativas de programación si en sí mismas constituyen un soterrado crimen contra su condición natural? 

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La antihistoria, o mejor expresado, la retrocausalidad es un atributo que hilvana los acontecimientos por el envés. Ejemplificaré. No es falso afirmar que la revolución bolchevique se debió en gran medida a la influencia de Marx en el descontento pueblo ruso, como también es cierto asegurar que sin la revolución comunista el amondongado salvador de la era industrial nunca hubiera existido…

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Copulópolis. Sin ánimo de cortar el hilo de lujurias que se ovilla en la fiesta urbana nocturna, a poco sensible que uno sea le resultará inapropiado asumir un encuentro sexual en esas circunstancias. Al contrario de lo que suele ser creído, el sexo nunca es libre en esos ambientes; pueden surgir arrebatos de pasión mutua y un ávido desenfreno genital, pero están sujetos a la más estricta normalización ritual. Para que el sexo sea liberador, debería realizarse con un sentido más catártico de descarga espiritual y en condiciones menos fortuitas para lograrlo. Preferiría visitar, con la regularidad que mis hormonas precisen, lugares específicamente habilitados para la gimnasia sexual compartida que tener que acceder al patético juego de comerle la oreja a mi presa durante media noche para comerle después la flor durante medio minuto. Propongo la creación de termas sexuales —no lupanares—, centros centrados en el placer carnal con instalaciones semejantes a saunas y balnearios donde cada uno acuda a ejercitar sin ambages ni estrategias de hampón lo que ni sus manos ni cualquier otro deporte pueden proporcionarle a su cuerpo en tensión: un harén sin esclavos donde buscar el sosiego del jeque. 

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Entre la anestesia y la crucifixión. Impasible y, no obstante, hiperexcitable. Mi cerebro no se inmuta, acompasado por un corazón que late despacio mientras mis glándulas estallan frente a la más ínfima vibración ambiental. Hay algo macabro en esta disposición, un debate permanente y sigiloso entre querer matar la vida o dejar que la vida me mate. Siempre con rumbo pero sin ruta; victorioso a costa de vesanias; congelado en los suburbios de la normalidad. Todo me interesa a condición de no interesarme seriamente. Y dudo si el problema reside en el seriamente o en el interés. La muerte, me dice, tampoco resolverá nada... 

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A todo laberinto le precede un calculado diseño. Se debe ser estrictamente lógico para poder permitirse los fastos del caos. 

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La fuerza es un don que no puede resistirse a los hechizos del laberinto. A la fuerza le encanta extraviarse confiada a la magia del reencuentro. El fuerte se concentra y se dispersa, se concentra y se dispersa, se concentra y... miro atentamente el espejo, el espejo me mira y me vuelco: hay nada detrás de mis ojos. 

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El nihilismo incapaz de devorarse a sí mismo sigue manteniendo vigente la fe en el mundo que pretende derrumbar; no destruye dejando campo abierto al torbellino de la acción ni crea destruyendo las cobardías aceptadas: sólo perpetúa la transición, el interregno agotador, la vulgaridad bastarda de las inercias. Es un nihilismo necio y accesorio como lo sería una tienda de forúnculos a medida. 

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Dueño de mi pedestal y mi condena, despierto sueño que sigo soñando, soñando sueño que sigo despierto. 

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Palabra de caído en combate. Sin mujer no habría descanso. La mala mujer es aquella que contraviene este enunciado y, en lugar de apaciguar los ánimos exaltados de su amante, los envenena prolongando con medios de ofuscación biológica otra clase de guerra... 

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A propósito del próximo siglo, veintiuno desde el ucase de Herodes. Algunos voceros de la Nueva Era elogian el advenimiento de una mística de impresionante capacidad adhesiva que transformará la concepción humana del cosmos dando origen a un orden social más sabio y armónico; otros, apólogos del capitalismo radical, tecnofanáticos y optimistas ansiosos, aseguran que el mundo por venir será cualitativamente superior al actual en conocimientos y, por supuesto, mucho más rico en su aprovechamiento del ocio. Creo que ambos se equivocan; quizá su error se produzca debido a un acuerdo esencial que ninguno ha sabido aprehender sin tergiversar: el milenio que viene padecerá de hastío, confusión y sufrimiento tanto o más que el pasado, porque las épocas cambian, pero las carencias humanas permanecen… multiplicándose entre sí. La tendencia actual hacia la abstracción progresiva —o dicho de otro modo, la inercia del abismo— se perfeccionará en un sistema de locuras democratizadas, asépticas, refinadas y clínicamente testadas que plantearán nuevas relaciones de miedo y sumisión. La realidad espesará sus nieblas y llegará a desbordarse de los cerebros distribuyendo a cada individuo su ración regular de esquizofrenias normalizadas. Nuestra peor pesadilla será la cotidiana angustia de comprobar en cada detalle la incertidumbre de no saber si estamos delirando o despertando. 

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Invitación a todos, absolutamente a todos quienes aman el trabajo: ¡limpiadme las botas! 

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Para no enturbiarme. Que me incline a modelar mi discurso interior de forma incisiva y condensada, aforística y taxativa, no implica que mis pensamientos sean ráfagas de frasecitas descosidas. Tampoco puedo presumir sin faltar a la honestidad de un pensamiento coherente y homogéneo, pues el día que adquiera esa aparente solidez dejaré realmente de pensar. Perdigonadas mentales no escasean en mi repertorio habitual, pero procuro guiar el impacto en vez de abandonarlo a su ciega inercia. A menor escala y salvando las diferencias que nos acercan, me ocurre lo que a Wilde, de quien algún crítico resentido llegó a decir (intentando hacerse el Wilde) que su talento era como una máquina ruidosa de fabricar frases. Un lector a ratos de mi obra, que quizá no desconoce esta acusación contra el artista irlandés, me soltó una admonoción de idéntica ralea y no es otro el detonante de esta aclaración. Si fuera una máquina de frasear, no echaría tanto humo sin estar enchufado…

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Hubo un tiempo de pubertad en que creí convencerme de ser un robot camuflado. En la actualidad, me conformaría con seguir siendo humano... para seguir creyendo que lo inhumano sólo es un sueño.

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Pequeños peligros de cada día. En el mostrador de la sala de información, al entregarle a la linda recepcionista el correo certificado, no pude reprimir un discreto comentario que sólo pretendía transmitirle el placer que me causaba su demora en los trámites, ya que así podía contemplar con impunidad el aleteo de sus libidinosos dedos: «Es un lujo que existan personas con calma». Mientras lo pronunciaba, fui consciente del potencial irónico que una mente suspicaz, mal desayunada o fatigada por un trabajo aburrido podría desprender de mis palabras, lo que no me impidió seguir adelante, aunque modificando oportunamente el tono de voz para soslayar malentendidos. Sin embargo, la apuesta por la neutralidad, eludido todo entusiasmo gratuito, favoreció la ambigüedad expresiva de mis intenciones originales que, después de la fulgurante reflexión comprimida entre sílaba y sílaba, yo mismo empecé a sentir irreales hasta que comencé a tartamudear.

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Compensación. Tan natural, riguroso, como el constante pulso entre la noche y el día, la pasión por ocultar sucede (o precede, según se mire) a la voluntad de desvelar. Tras los brujos, el turno de los inquisidores. 

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Fieles a la verdad. Flotando sobre las testas del populacho gracias a dos imperturbables parejas de clavos, Cristo se confesó con la mirada puesta en el cielo: «No los perdones, saben como nunca lo que hacen». Del azote que vino después, conocemos bien el nombre.

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La consecuencia palmaria de tener un Padre Único no es la hermandad de los humanos, sino estar espantosamente encadenados unos con otros por medio de una Tara hereditaria.

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Sospecho que no seré un diestro novelista, que quizá no me convenga redactar mis ensoñados Desiertos Invisibles, pues adolezco de un exceso de ideación que infla el encadenamiento de situaciones y estados en detrimento de los caracteres de los personajes. Para escribir una buena trama que se dilate hasta producir una novela es preciso que la acción, los diálogos, las reflexiones y el universo de matices reflejados giren entorno a los personajes, que son quienes deben justificar la historia narrada. Mi temperamento literario funciona exactamente al contrario: primero parto de una escena o serie de acontecimientos que considero dotados de plasticidad psicológica y después le añado los protagonistas que su desarrollo exija. La imagen argumental siempre ha tenido más valor en mi afecto que su encarnación en un determinado tipo; no puedo evitar la relevancia del concepto frente a la densidad circunstancial de un ser determinado, así que tampoco estimo la fijación de los hechos como un factor predominante sobre sus inevitables actores. La personalidad es, en esencia, accesoria al papel representado y, desde una comprensión profunda, fatalmente indefinida contra el relieve de la ficción… o de la vida. Por otro lado, leo demasiado como para permitirme conservar intacto, siquiera parcialmente, la coordinación imprescindible de un estilo: estoy infectado de literatura.

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La originalidad creativa se comprueba cuando un autor, más que estimular sucesores (toda divulgación es sintomática patología de vulgaridad) se proyecta hacia el pasado indicando tácita pero elocuentemente sus precursores con una perspectiva que reinventa lo creado por éstos. 

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En este mundo nada se descubre; nos descubrimos en el mundo; descubrimos que no hay mundo. 

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Epicentro de esos vértigos casi letales en los que no sé si soy un hombre que sueña ser Dios, o un Dios que sueña ser un hombre. Ahora lo entiendo: soy ambos porque soy ninguno. 

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La fecundidad de la imaginación es finita, pero su sabor está destinado a saciar el infinito anhelo de los hombres. 

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Lenguaje. Un leve indicio de irrealidad convierte nuestros vibrantes gruñidos en sonidos articulados a los que posteriormente atribuimos significados por falta de pruebas. 

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Al Diablo no se le puede imputar falsedad; el Diablo es oscuro porque nos refleja. 

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ÉL: Tengo la sensación de que no te conozco de nada... y eso me excita. 
ELLA: Qué curioso, yo tengo la sensación de que te conozco desde siempre... y eso me repugna.

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La timidez del salvaje. Señores, ya que me obligan a decirles tanto con su capcioso silencio... así es, me deleito con el vino porque todavía no me atrevo a sorber vuestra sangre. 

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A Dios le toca ser mula en otra parte…

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Cada individuo tiene que llegar a ser todos los otros para ser él, ello mismo. 

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Por más que mires, sólo te verás a ti mismo; por más que hagas, no cesarás de ser tu invención. 

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«Creced y multiplicaos» ¿por qué? Tal vez ese Dios quiere llenar la despensa…

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Algún día, cuya prosperidad ya me ilumina, incluso los niños se reirán del pringoso concepto de Dios, el Único al que vale la pena burlar.

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Mientras unos van al desierto para encontrar a Dios, otros lo hacen en busca de sí mismos y todos, Dios mismo, se esfuerzan por evitarse.

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¡Qué fantástica aventura revolcarse en un oasis de ordinariez cuando tu espíritu merodea continuamente entre desiertos de marfil y torres de arena! 

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Precisamente por disponer de una sensibilidad bien afinada, repudio cualquier indicio de sensiblería. La dramatización no sólo insulta la tragedia inherente a la vida, sino que impide el flamante sosiego de la risa. 

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Justo al contrario de lo que sospechaban los ideólogos anarquistas y otros revolucionarios decimonónicos en relación al panteísmo, es más fácil hacer que Dios sea Todo tras haberse convencido de que fue Nada. 

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Anti-Tao. Ni hay Camino, ni perdura el Camino hecho al andar. Nunca somos los mismos ni el producto de lo que hemos sido por más que no dejemos de ser lo que seremos. Nuestra senda, al igual que el incansable río de Heráclito (cuyas aguas se paralizaron desde que invocó su prisa), fluye y existe en tanto que ilusión: la vida ha transcurrido ya, el tiempo es ajeno a la conciencia y nada puede evitar que sigamos siendo misteriosamente nuestro no ser, siendo. 

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Es propio de la mentalidad beata pensar (por increíble que parezca a veces los meapilas también piensan) que si a pesar de la suma de nuestros esfuerzos seguimos sin creer en Dios se debe a que no lo comprendemos, cuando la verdad es que no creemos en Él porque hacerlo sería una blasfemia una vez hemos comprendido que posee más caracteres humanos que nosotros divinos. 

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Después de releer a Sebastián Fauré a uno le entran ganas no de afirmar a Dios —lo que sería un gesto de previsible mal gusto—, sino de renunciar a la razón para olvidarse de sus pedorros empachos retóricos. 

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La cuestión no es averiguar si existe o inexiste Dios, sino saber si puedes vivir y morir por encima de Él. 

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Si para Dios la historia del cosmos no es más que un suspiro, el místico revitaliza en cada inspiración una historia eterna. 

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Hay tantos criterios a favor de una cosa como en su contra; el problema es arduo, pero aún cabe la posibilidad de decidirse. La verdadera dificultad surge cuando queremos saber qué es la cosa y por toda respuesta no deja de interrogarse acerca de lo que es qué. 

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Nada puede arbolarse más allá del deseo, e incluso ésta es una tarea compleja y delicada que a menudo carece de solución. Si sólo deseas bienes de este mundo, sólo puedes conocer este mundo. Para abrir las puertas del conocimiento sin limitaciones mundanas hay que forzar el deseo sobre sí mismo: es necesario desear dejar de desear y desearlo como si dejarlo fuera innecesario. 

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El mundo de la creación artística es tan imprevisible como cualquier otro mundo. Mientras hay autores que sólo merecen recordarse como atributos secundarios de una obra, existen obras cuya única importancia se debe a la fuerza particular que irradia su responsable. 

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Una chica desconocida me ha preguntado con arrogancia estudiantil qué era un exordium tras un leve tanteo semifilosófico a las tres de la noche en un bareto atestado de coños y escrotos sudorosos. Naturalmente, yo le he respondido que me llamo Corpus y he presentado a mi amigo (cuya presencia también ha excitado el interés eroetílico de la conejilla) con el título de Hermeticum. 

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Quien sabe la verdad sabe también que no puede creer en ella. La verdad, ese tónico de la ignorancia. 

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Cuando se tiene la facilidad de buscar, encontrarse adquiere la pesantez de la costumbre. Lo difícil es perder, porque no se pierde nada; y conviene recordar, porque se olvida todo. 

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¡Cuánta lujuria invertida en mi angosta decisión de ser un santo, de santificar un ser lúcidamente despojado sin tomar nada de nadie! ¡La puta abierta e inaccesible, la puta sin salida, la puta absoluta de una relativa alteryoidad!

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La sociedad apresurada que nos ha tocado sufrir valora el espacio como simple distancia entre dos puntos, un recorrido vacío que implica y se traduce en pérdida de tiempo. Pero si perdemos el tiempo con el espacio es porque previamente hemos perdido el espacio con el tiempo. 

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Y Uroboros susurró al Coronado de Espinas: «¿Comprendes ahora, Desecho? La crucifixión es el círculo».

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Los pensamientos más nítidos son los que más confusamente se expresan. Por eso en las vidas demasiado claras existe el riesgo de que las palabras estén jugando a redimirse bajo la apariencia menos convincente. 

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San Nadie. Nunca apelo a la Humanidad —ni a sus rebaños ni a sus pastores— porque sobradamente sé que es el más tonto vicio de los tontos. En la Justicia acierto a ver un antojo agresivo de los débiles o, quizá, el camuflaje superlativo de sus atrofias. Y tampoco recurro a los ordenados delirios de la Ley, que confunde los deseos estatales con derechos humanos. Menos humilla mi estupidez desnuda que llevarla mal vestida con los harapos morales de la Razón. 

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No pudiendo participar en las penas y alegrías de lo humano, me contentaré siendo una bruma de Dios. 

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Uno de los mayores incentivos para querer tener amigos es poder tratarlos como fieles enemigos. 

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A poeta que habla de poesía, más le vale ahogarse en su ambrosía. 

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Listo es quien consigue beneficios de la ignorancia ajena; el sabio tiene la virtud de obtenerlos de la suya propia. 

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Cada punto pasa por los demás puntos: a esta intersección constante la bautizamos movimiento. Cada punto prologa, porque la prolonga, una geometría interminable de abismos aleatorios: a este verso suelto lo llamamos universo. 

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0-360º. Aunque el mundo pueda ser una pesadilla, comportémonos por amor de lo Alto como si estuviéramos soñando. 

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Esto no es un sueño (tampoco una pipa). Sueño que mi sueño no es ya sueño, es ni un dormir ni un despertar. Sueño que me levanto y piso sueño y el paso sigue yaciendo sin permitirme avanzar. Sueño que me digo «esto no es un sueño» y que sin decir nada del sueño lo cuento porque lo sueño.

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Lo nunca visto. Si los déjà vu fueran revelaciones o fisuras en el eterno retorno de los seres, bastaría experimentar uno para quedar permanentemente absorto en los infinitos reflejos de cada acontecimiento sucesivo. Sin dejar de postular la hipótesis del perpetuo regreso, intuyo en cada déjà vu una equivalencia más profunda, casi impronunciable, que nos advierte de lo que nunca ha sucedido hasta ese preciso instante y centra el foco de la pesquisas en una variación mínima respecto al ciclo anterior que se siente como una fuga de la conciencia por el embrujo de lo inédito. 

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No se puede hablar de pensamiento libre sin cometer piratería intelectual. Si se piensa es por carencia de libertad, no a causa de sus propiedades. La liberación, cirugía del espíritu a partir del engelamiento de las pasiones, comienza a medida que se aprende a desprenderse de todo y, en primer lugar, de la carcoma que nos rumia con el pensamiento. 

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Ninguna planta florece en movimiento. Pero la flor sería un prodigio absurdo sin el polen que viaja mareado por el viento. 

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Se me hace extraño y metafísico que los espejos antiguos puedan reflejar caras, cuerpos y artefactos que no existían cuando fueron creados... 

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Dios no ha muerto, insensatos; el drama de Dios es que aún no ha nacido, que le cuesta horrores engendrarse, pues tal acto comete sabotaje contra la tiránica dispersión de la materia. Mientras los epígonos del intelecto enmohecido se empeñan en catalogar los espasmos parturientos del cosmos dentro de los alegatos dinámicos de la Creación, los espíritus más atrevidos, ansiosos de un orgasmo apocalíptico en sintonía con el estertor de las creencias, han llegado a confundir el progreso de los conocimientos empíricos con un funeral precipitado del Absoluto. Pero a pesar de las tentaciones de ocaso colectivo y de otros brillantes equívocos que aguijonean en los límites de lo concreto, mucho me temo que la inminencia del Ser Supremo es tan exacta como fatua o inalcanzable… 

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Estable inestabilidad, cuanto más me entrego a la acción, más inseguros se vuelven mis pensamientos. Y al contrario, la parálisis atenaza mi voluntad y mis sentidos cuanto mejor afinados están mis pensamientos.
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No hay tragedia donde nada se espera, sino donde todo desespera. «Volverás —reza la materia—, volverás a ser efímero y a desear no saber que lo efímero permanece».

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Dislate de muchos, éxito terco. En un futuro hipotético que me ha visitado despierto el abastecimiento de alimentos escaseará para la mayoría de la población, también la de los países más ricos. Como el canibalismo seguirá estando universalmente reprobado pero el sacrificio personal en aras de un ideal se considerará elogiable, los gobiernos establecerán un acuerdo: subvencionar un tipo de quimioterapia para producir tumores controlados de crecimiento muy veloz que, una vez extirpados, sirvan de alimento al canceroso anfitrión. Con la imparable demanda, las instituciones no podrán costear por sí solas los gastos del tratamiento y se establecerán una serie de tasas y severas condiciones de acceso al mismo. Al final, la autofagia se convierte en un nuevo privilegio, la carne humana es objeto de trata ilegal y el hambre vuelve a expandirse.

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Compulsión. Realizar la morfología de uno mismo registrando todas las huellas detectables de la existencia en su devenir y sus posibles afinidades combinatorias: trayectorias de las corrientes de aire inspiradas y expelidas por los pulmones, sonidos emitidos por los diversos calzados que se han utilizado, vueltas que se dieron en la cama dormido después de haber cenado huevos fritos, masticaciones realizadas con los molares izquierdos en tardes soleadas llevando calcetines negros... pienso incluso en establecer disciplinas profesionales que permitan evaluar y ordenar adecuadamente los materiales recopilados: caspólogos que se encargarían de confeccionar colajes con los residuos de los múltiples pellejillos del cuerpo, servilletólogos para analizar el régimen alimentario del protagonista, flatulentólogos aplicados a la tarea de recuperar ventosidades anales y estomacales con el fin de fundar una pedoteca, etc.

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Los dioses me encomendaron la incalificable tarea de trazar los cielos cuando apenas sabía alzar la vista. En ese afán invertí la totalidad del tiempo que me fue asignado, cada matiz de mi caduca energía, y con los primeros ataques de la vejez quise detenerme a meditar sobre lo que había hecho. Los dioses no se opusieron. En la distancia, mimetizándose con estrellas inalcanzables, las líneas discretas que hube desenrollado durante el decurso de mi abnegada existencia dibujaban una formidable proyección de mi cara en ese preciso instante de perplejidad.

 
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