12.8.16

SOL NIGER

Alen Kopera, Aquarius VI
Los dioses tienen oculto el sustento a los hombres.
HESÍODO
Los trabajos y los días

Me había hecho la propuesta de relatar el accidente anejo a la muerte al que hube de enfrentarme a principios de siglo, varios años antes de que la censura lacayuna de la prensa local y un vil pleito me clavaran en el ánimo la efeméride de botar esta nave de tragicósmico designio que pasado mañana celebrará su décimo aniversario, mas he decidido rehusar el descenso a la gehena de los detalles porque meterse en materia sería, de entrada, demasiado indigesto, y de fondo, porque la didáctica de aquella experiencia no necesita acudir a pormenores en los que huesos triturados, tendones desgarrados, articulaciones descoyuntadas y músculos traspasados por mecanismos de ciega motricidad hagan valer la lengua franca aprendida en los puestos fronterizos donde el dolor brilla como la única moneda válida entre el sujeto que lo padece y el peligro que lo causa. Por otra parte, hecho el pláceme de admitir que sería absurdo negar que sobreviví, no encuentro verosímil asir como argumento lo que se desconoce contra lo que se sabe a ciencia cabal. En consecuencia, tampoco seré yo quien vuelque la anamnesis de una salvación debida a un reflejo milimétrico en un intento de enterrar a los vivillos que aguardan su ocasión. Otros cultos llevan siglos dedicándose a ello con saña de viático y a mi esmero le basta con haberlos sorteado a la buena de Dios —Sebaot me tiene cariño, ¡a saber qué me reserva!

Los humanos, y a buen seguro otras bestezuelas de tormento, estamos equipados con ciertas facultades latentes que se activan en las más graves situaciones, en particular cuando la muerte no se columbra como un horizonte remoto, sino que se respira como un desafío intrínseco a la conciencia del acabamiento de las formas con que uno se había construido hasta el desfiladero en que se halla. Adentrarse en esos valles atestados de riscos exige dotes inauditas, entre las cuales no son menores bienaventuranzas la serenidad del juicio frente al espanto ni la asunción visionaria de la catástrofe, virtudes mercuriales que en el momento cumbre del desplome se abren como un paracaídas mientras las coordenadas usuales de tiempo y espacio se repliegan en el cuerpo herido, convertido en plataforma de despegue para una mente propulsada hacia una órbita desde la que alcanzará a leer en una sentencia el significado plenario de sus días. Se entra así en un mundo alquitarado, de balances puros; un mundo despejado de las antítesis y reticencias que el instinto de conservación impone en los estados menos lúcidos bajo toda clase de coacciones. Con la esperanza perdida, el reino de la confianza queda como una crátera dispuesta al trasvase de nuestra leal y letal entrega. Ya no hay zozobras ni titubeos que refracten la intelección con intereses mezquinos, uno empieza a equilibrarse entre el itinerario recorrido y el peristilo de una dimensión por conocer con la seguridad de no pertenecer a ningún lugar, de flotar en un interregno liminar que, concebido sin pavor, equivale a radicarse en el diorama compuesto por ambas realidades, la que se va y la que adviene, si acaso no derivan solamente de una cerebración especular.

Uno aún más que lo que hace es cómo mira cuanto hace, y en la mirada terminal que no llegué a coronar la panorámica anticipaba la compleción de su curvatura. De haber continuado, quizá me hubiera sentido arengado por una voz que, a remedo de aquella infame película, me hubiera persuadido con su «ve hacia la luz» de reptar en pos de una salida al otro extremo del túnel, cuya conclusión —sospecho— me hubiera vuelto a sacar desmemoriado por el cañón colorado de mi madre… Divagaciones de ultratumba y afluentes placentarios del Lete aparte, algo que sí pude confirmar allí mismo, recibiendo la caricia de la muerte, es que tan necio repercute el pánico que obstruye al discernimiento la familiaridad con el arcano que representa la propia disolución, como ignorante se consolida en un menosprecio irreflexivo quien actúa convencido de que ese cambio de condición no le compete.

Siendo un preludio preparatorio para el trance final, la ingesta del fruto prohibido no nos ha vuelto «como dioses» (Génesis 3, 5), salvo que tal aseidad se reduzca a devenir conscientes de lo menesterosos que somos para participar en la abundancia que constatamos por doquier. Es más, cuando el esfuerzo aplicado del ingenio humano tiene éxito, no es posible conjurar el espectro de la miseria ni detener el empuje de otros desencantos, pues no dejan de surgir reacciones imprevistas y cada conato de avance hacia la esplendidez de la vida se ve saboteado con nuevas penurias. La prosperidad en materia de salubridad y nutrición, por ejemplo, multiplica de modo alarmante la cantidad de bocas que requieren ser saciadas: nido come nido. Según la moda de una u otra doctrina, no pasamos de organizar la indigencia original mientras rodamos en un totum revolutum por el mismo terraplén hacia el fracaso. El estilo puede mejorarse; su sentido, es el que es. Incluso cuando se corrobora en sus remiendos como un ascenso, la historia es un campo minado, y si por fortuna se alcanza una cima, pronto se sucumbe al rayo de la locura. ¿Por qué habría de celebrarse la victoria si no sirviera de tregua entre el percance del que todos procedemos y la calamidad que a todos nos arrastra? ¿Qué calla el triunfo ante sí mismo cuando ni gozarse puede sin un poso de acritud?

No hubo nunca ni habrá
cuna sin lamento,
ni hay sin el ay sustento
que no se haga llorar.

Otros han visto en la manzana edénica una metáfora de la hominización en tanto que apertura fatal de las puertas de la percepción, pero ni siquiera este salto cualitativo conduce a una revolución de las conciencias al auspicio de los catalizadores adecuados, como creyeron a pies juntillas los capellanes de la contracultura. A menudo puede traducirse en una quemadura psíquica por exceso de claridad, y con frecuencia también en un bloqueo de la voluntad indispensable para desenvolverse a través de las disonancias ordinarias, que son más viejas que el gritar. Lo que a toda evidencia conlleva una ruptura súbita de las fronteras sensoriales, sin embargo, es una mutación tan ontológicamente demoledora como el poder de desprogramar en una sesión la estructura previa de condicionamientos cognitivos. Hago notar, desde la eleusina pequeñez de mis acercamientos y sin propósito de aposematismo religioso, que no todos los nacidos son aptos para morir. Todo agonizante comparte con sus semejantes la inmensidad de esta prueba, pero mal se fundirá con el cosmos si se adentra en el laberinto de las postrimerías dando por consumado el desenlace como si no hubiera acto más pulcro y democrático tras la angostura de los preámbulos.

Nadie resulta solarizado sin merma. «Así he empezado la lucha: o la existencia o yo. Y ambos hemos salido vencidos y mermados», dramatizaba Cioran. Al igual que para Heráclito, cuestión de carácter para El Cabrero:

«¿Quién sabe de querencia más que tú?
Quizás el río,
que desde el nacimiento ya presiente
el fin de su albedrío».

Si te parecen malas noticias, pídele cuentas a tus progenitores. Ahora bien, tampoco es necesario ir tan lejos para cerciorarse de nuestro abolengo avernícola. Más acá del bien y del mal, a la sombra de la inanidad que proyectan las artes de osadía que se tienen por hazañas, vibra agazapada en el rincón más lúgubre de uno mismo una avidez de horror que se lanza con paradójica euforia sobre los padecimientos que cada existencia prodiga a su portador. Hace gala esta polifagia de una virulencia que no por peregrina en su tarea de socavamiento conviene minimizar si se quiere vislumbrar cuanto debe cada individualidad al estigma que la retuerce, hostiga y mancilla. Cae esta fuerza ignota sobre el ser hasta quedar fieramente incrustada en la celda de la autoconciencia; cae como una erupción arrojada por un sol negro sobre el magma espiritual, al que se unirá después de haberlo inseminado de suplicios con la estela de una presencia cautiva.

Sea como fuere, a medida que la evolución avanza hacia su fatiga, disminuyen para las especies supervivientes las probabilidades de preservarse de la bajeza. La nuestra, con su bagaje sanguinario y sepulcral, no constituye una excepción. Por eso la catábasis debe desnudar las entrañas de la naturaleza hasta conseguir que revele todo lo abyecto que contiene y negligentemente oculta como requisito para prolongar la plétora de sus desastres.

Nunca me he reservado como un privilegio la llave que a partir de las anomalías de este mundo, sobrepoblado de mendicantes de unanimidad, me ha franqueado el paso a niveles supremos de acoplamiento al destino, aunque debo mantener en secreto la razón de que al emprender cada vericueto de serpiente, más veces de las que bonito es reconocer, el extravío supusiera para mí un riesgo asumible.

¡Diáfana nulidad del eremita! Anoche mismo rondaba los veinte y hoy sumo más del doble. Básicamente, no he hecho nada desde entonces, la poca nada que me ha dado la gana. Ya desde crío me parecía que la cárcava era una tarifa que podía permitirme abonar. Y en rigor, cierto es que no espero más de mí.

En flamenco vida es vía
que me hace descarrilar
 y en esta su petenera
os la canto fiel padentro.

1 comentario:

Aunque uno sea por defecto dueño de lo que calla y prisionero de lo que dice, por aquí gustan las cabezas que no marchan al pie de la letra.

 
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