2.8.16

INJERTADO DE ASTERISMOS

Chris Wormell
¡Ay de mí, madre mía, pues me engendraste,
soy objeto de querella y de contienda para toda la tierra!
Maldito el día en que nací;
el día en que mi madre me parió
no sea bendito.
¿Por qué salí del seno materno
para no ver sino trabajo y dolor
y acabar mis días en la afrenta?
Jeremías 15, 10; 20, 14.18


No es tan sabio el sabio por lo que sabe como por la conectividad intrínseca que le permite aprender de todo y de todos en cualquier momento y lugar de la rotación de alegorías que tomamos por acontecimientos. El espíritu superior sabe deleitarse con las más sencillas cosas porque en ellas desgrana signos inequívocos de grandeza, tesoros perennes cuyo realce radica en propiciar intercambios profundos sin mediación de las caras y cruces del ego nuestro de cada día. Por el contrario, ninguna grandeza puede estremecer al espíritu gorgojo que se engolfa en las cosas más groseras y endurece con ellas el exoesqueleto de sus fronteras, que de alba a ocaso confunde con lo más valioso del acervo génico que forman los seres que se oxidan respirando el mismo gas dentro del fabuloso catafalco que también es Gea.

Mi desvelo no transcurre hoy por un territorio cambiante según las hemorragias y cicatrices de la historia, sino que me abre a una geografía inmutable donde calibro mi pulso en función de medidas más fiables; es un paraje donde el código fuente de una realidad indivisa muestra, a quien se atreve a recibirla, la geometría de correspondencias invulnerables a los accidentes del estrato temporal, una hilatura de símbolos resuelta, como la luz en el diamante, con la imperturbable presencia de jerarquías que refulgen a través de las representaciones humanas y de la no menos ansiosa mudanza de las creencias que en toda época se han vertido como alquitrán sobre el temblor secreto de cuanto existe.


He dejado de entrenarme para la búsqueda porque me preparo para el hallazgo. Todos los caminos contienen su fruto como la pulpa encierra al hueso, esa fusión almendrada de muerte y de potencia, y en todos ellos se formula a su manera un acertijo que juega con el centro neurálgico hacia el que las ondas de nuestras iluminaciones terminarán proyectándonos.

Prefiero ser catalogado como avería natural que contado entre las bestias del haberío, pero mal halle quien de mí diga que así me hago vilordo o que actúo por avenate: soy sólo uno que a sí mismo se izó para salir de la corriente y recostarse en la orilla; uno que de sol a solo contempla, entre las sombras estuosas de sus cabezadas, correr el curso del río hacia la desembocadura con todo lujo de mundos y de inmundicias. 

A la vista de la recarga que el melenudo de la imagen hace en el Dolmen de Azután uno incuba firmes razones para sospechar que el antiguo vínculo con las piedras que actuaban como transductores telúricos no se ha perdido por completo.

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Aunque uno sea por defecto dueño de lo que calla y prisionero de lo que dice, por aquí gustan las cabezas que no marchan al pie de la letra.

 
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