16.8.16

EMBOSCADAS

Falsos profetas del The Queen Mary Apocalypse (Royal MS 19 B XV, fol. 30v)
Al despuntar la aurora, hazte estas consideraciones previas: me encontraré con un indiscreto, un ingrato, un insolente, un mentiroso, un envidioso, un insociable.
Marco AURELIO
Meditaciones

La vitalidad, que a eones está de ser un bien a mi alcance, me hubiera facilitado con creces el donaire frente a los primeros tropiezos del día, de los que habría podido salir con menos pudores propios que lamentar y ajenas desvergüenzas que reprochar.

A los cuatro trotes de irrumpir en el proscenio, un guayabo ataviado con prendas de eunuco e insoslayables signos de sodomita —aún no estoy anósmico— me ha cercenado el paso. Decía representar a una ONG que, si doy fe a la perorata pegajosa de su portavoz, trabaja en beneficio de los refugiados sirios, aunque a nadie que simpatice con esa organización se le haya ocurrido pensar, para empezar, que su solidaridad carecerá de fundamento mientras se omita el ejercicio de franqueza que implicaría denunciar a los criminales de jergón capaces de procrear, dentro de los campamentos, a sabiendas de hallarse en condiciones de infrapocilga. Nada le he objetado en tal sentido porque el gayito, antes de que mi reparo tuviera engarce verbal, me ha confundido con algún ligue urdido en farra, situación que me ha hecho invertir de inmediato mi actitud abierta al agonismo. Una vez iniciada la retirada del epicentro del malentendido so pena de ser presa de peores silogismos, el activista de pro, más dado a lo greciano que a lo siríaco, sin el menor decoro por moderar el tono y a pique de provocar una isquemia en el flujo de viandantes, se ha puesto a rogarme que me quedara, que se acordaba perfectamente de mí y sentía «haberme acosado», reacción que contra mi acendrada impavidez me pone en la necesidad de revisar la imagen que proyecto... Parece que hoy, con la legión de modernillos añorantes de brutalidad oliéndose las pelambres, no basta con lucir al viento el vello de las extremidades, que tan denostado fuera en la víspera, para obtener un salvoconducto de indiferencia entre los más descocados manfloritas. Huelga aclarar que nada tengo en contra del homoerotismo, ¡al contrario!, brindo por estimular cualquier forma voluntaria de sexualidad no reproductiva.

Resuelto con aceptable prontitud mi esquinazo al efecto Doppler producido por ese campo minado de ambiciones espermáticas, dos sexagenarias testiguistas de Jehová han estado bien cerca de forrarme la tez recién lavada con un panfleto no exento de luminaria: «La Biblia: un libro de supervivencia». Con alto riesgo de exponerme al cazabobos acunado entre los sebos de este binomio de adictas a la inopia, he logrado a expensas de una firmeza trufada de cortesía zafarme del sobresalto sin suscitar incorrecciones. No obstante, en previsión de asaltos mayores, durante el recorrido restante hasta mi tanqueta he velado al mundo el abismo de mis ojos con lentes polarizadas, y escudado mi hermetismo con el prospecto del fármaco que acababa de adquirir en la botica, una pócima en la que deposito una confianza probada en la brega de pretéritas reconstituciones.

Debo enmendar la avitaminosis debida a mi cambio de régimen alimenticio, a no ser que atribuya carencias imaginarias a ciertos y prematuros achaques de viejo, factor que no dejaría de ser una terrible ironía para mis propósitos éticos y, precisamente por ello, no puedo descartar a la ligera. Deduzco que me falta vitamina B12 porque a la fatiga de las cuatro últimas semanas sin mejores causas que la expliquen hay que añadir la parsimonia con que me han asomado las garras durante el mismo periodo, además de otro síntoma significativo que no cometeré la negligencia de obviar: anoche una copa de verdejo me revolvió el ático como un bidón de calimocho, y sabido es que el metabolismo del etanol resulta muy deficiente si no interviene en el proceso la acción de sustancias como la cianocobalamina. Cuando estudie a callo cubital el Guyton y Hall que acabo de conseguir a un precio difícilmente igualable, espero hacerme diagnósticos sin la vaguedad de mis actuales tanteos galénicos sobre fisiología humana.

Crudo pronóstico tiene, por otro lado, la telemolestadora de las cuatro y dos minutos, para la que no existe tratamiento más preciso que el escarmiento:

—Señor Autógeno, está de enhorabuena, la compañía quiere premiarle su fidelidad.
—¿De verdad? ¡Eso es genial, señorita! El titular de la línea estará encantado de agradecérselo personalmente cuando regrese de la cárcel. Dígame su nombre completo y dónde localizarla, por favor.

Mientras apuro al regusto de estas emboscadas la jornada, como no todos los males se curan con amistad de biblioteca, vergel de vulvas, drogas varias y salario seguro, ya que hablamos de salud anticipo que estoy flojo —me conformo con imitarme a mí mismo— y excuso que entre mis frecuentes zambullidas de alcoba me consuele, a mayor desvelo de libreta, ideando la casa por el tejado con títulos bajo los cuales quisiera resguardar algunos textos venideros:  

— Uebos de indiferencia.
— Mis acúfenos favoritos.
— Ombligo solo mal se lame, mas sólo el ombligo es patria.
— La ordenada orgía de la soledad.
— Al aire mis flechas hieren.
— Vestigios de un futuro difunto.
— Menú de horrores (sabor de mundo).
— El trucaje del despertar.
— No más cansado de todo que de mí.
— ¿Cómo no ser pesado si universales son mis pesares?
— Sabiduría de la esterilidad.
— Aún no he muerto: confesiones últimas sobre mis congéneres.
— Qué dicha si no fuera chicha.
— Al coño que más calienta. 
— Por una especie libre... de herederos.
— Manifiesto contra todos.
— Prontuario de ausencias.
— Posologías marginales.
— El clan de sí mismo.
— La prevaricación de los cuerpos.
— Cuando todo caiga.
— Abecedario de la catástrofe.
— Diario de una bomba.
— Lumbreras por apagar.
— La búsqueda de la llama perfecta.
— Antes de que arrase el alba.
— La conciencia o la vida. 
— La fuerza del fracaso.
— Donde Dios me nace bobo.
— Aquí se muere.
— Postumacias.
— Cúbranse las costras, por favor.
— Voces del barbecho.

Mi juicio en relación a las personas no varía, en lo esencial, del criterio que sigo con la música o la literatura: prefiero no alzar muros entre géneros, épocas, autoridad, éxito y proyección, sólo diferencio entre obras memorables y despreciables. Como puede verse, incluso las más insignificantes tienen para mí una fracción inspirada.

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Aunque uno sea por defecto dueño de lo que calla y prisionero de lo que dice, por aquí gustan las cabezas que no marchan al pie de la letra.

 
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