15.1.15

MONUMENTO AL VERBO FUTURO, II


Ceñidas las sienes por el abrazo de las nieblas que me rodearon juguetonas en la noche precedente, amplío la lista de proyectos creativos que anticipé en 2008 sin sustraerme a un adarme de sentimiento abortivo —deberían ser toneladas a tenor de lo incumplido— y sin enfundar del todo los temores infundados de arriesgarme a ser objeto de un latrocinio literario que solo podría colmarme de gratitud hacia sus emprendedores. No se me ocurre mejor ni mayor homenaje que ser plagiado, aunque sea en las minucias del empujón que intento hallar consignando la simiente de estas obras. Por otra parte, las ideas no pertenecen a nadie, salvo a quien las usa o las descarta en la ordalía constante que pone a prueba cuanto de fortuito hay en un conocimiento nunca exento de criptomnesia e intertextualidad. El pensamiento es tanto de quien lo provoca como de quien lo sabe hospedar, y de ninguno cuando acostumbra a creerlo suyo. En contraste con la arrogancia de quienes gustan de atribuirse en propiedad las ideas, las ocurrencias que pueda yo reseñar vienen, principalmente, a fingirme el alivio de consumarse una vez colgadas junto al marbete de mi casa, mudanza que las eximirá de vegetar en la bodega de silencio donde hasta la fecha de airearlas se malcriaban.

En el ínterin que media entre lo que anuncié y lo que anuncio, he dejado apagarse a medio trayecto Llamamiento a los caídos, una novela que como nadie leerá aventuro a calificar de negrísima y psicodélica distopía; me vi atascado junto a Goran Negus, su antiprotagonista, cuando lo tenía dispuesto a iniciar, nada menos, que una cruzada alrededor del mundo. Él la denominaba Marcha sobre la Humanidad y, consciente de que «cada vez hay más gente deseando abrazar una excusa para arrojarse al fuego y refulgir con los destellos de una muerte heroica», pretendía convertir al lumpen, «la turba extraviada de los desencantados e inaprensibles», en una nación de andariegos, «una potencia transversal a las coordenadas geográficas y ajena a los entramados políticos, potencia feroz sin dueños ni mendigos, potencia irreprimible por quererse móvil y errante». Tampoco han escaseado tiernos pétalos en la vereda, y al tiempo que menguaba mi ingenio durante estos años tortuosos he podido satisfacer, gracias a las antojadizas musas del tálamo, una fracción de mi palabra al reunir en un caos de inocencia y experiencia los Piropos agorados. Quizá no sean tan perdurables como ese Glosario para superhombres y otras bestias de artificio que abono, muy de subrepticio, con un amor puntual por la radicalidad que presiento risible a ojos de los morbosos que se asoman por estos riscos; locura innecesaria sería interrogarse acerca de lo que buscan tales benditos, mas la intuición de la que todavía no he renegado me insinúa que en la distancia pintan apuestos como ha de serlo quien se sabe pervertido por la voluptuosidad del ocaso. Sean quienes sean, pasen y revuelvan:

- Homo erecto, narración que podría subtitularse «El vacío, las mujeres y yo» o «Andanzas y tropiezos de un polinizador estéril». Debe reunir la dosis justa de especulación antropológica y una buena carga de ironía para describir las luces y sombras, el auge y la caída, de un galán que pretende escribir una novela sobre una secta de mujeres que aspira a dominar el mundo por medio de un credo pansexualista. A fin de documentarse, como un trabajo de campo decide impregnar de principios parecidos la relación que mantiene con el círculo de sus amantes y antiguas conjuntas, quienes desatan una serie de reacciones impredecibles que acaban sumiéndolo en un laberinto emocional responsable de su derrumbe vital. Para el pórtico de la historia escogeré una cita alusiva a la muerte de Orfeo, despedazado a manos de las bacantes, entre las más expresivas que pueda hallar en los autores clásicos que han hecho relato del suceso. Y emulando la mejor tradición cervantina, también podría intercalar varias novelillas ejemplares que funcionarían como una segunda melodía en torno al tema central del instrumento de dominio que va ligado en esplendores y confusiones al altar de la sexualidad. Pienso a tal efecto en El fornicador compasivo, fábula en la que una mujerona pocha y fea como un demonio orondo, metida en la fase terminal de una enfermedad incurable, le suplica a un buen amigo de pimpante presencia y ostentador de una reputada pericia como amante, que yazga con ella para no ser expulsada de la escena sin haber accedido a un placer del que ignora casi todo. El apuesto, más por poner a prueba sus facultades viriles que por una decisión condicionada por afectos generosos, corresponde a la petición y, para su sorpresa, vencido el asco inicial del brete, en el cuerpo de la ajada se descubre embriagado como nunca en su larga trayectoria copulatoria, contrariedad de la que en vano buscará reponerse en la belleza de los cuerpos que siguieron honrando su fama, que no su gozo, tras la pérdida de la amiga. Mientras esbozo estas líneas, una remembranza súbita me advierte del lejano parentesco con un cuento de Manuel Vicent que leí en la adolescencia.

- La descoñá, crónica satírica en la que describiré con profusión de detalles cómo me introduje bajo el manto de la Virgen del Rocío, de cuyo vientre figurado emergí en plena Romería como un recién nacido para demostrar a los incrédulos que, incluso en efigie y privada de órganos sexuales, la Blanca Paloma sigue gozando de fertilidad. Una chorrada.

- Mucho estudio de galénica necesitaré para componer Venenario, un vademécum de fármacos y sustancias imaginarias.

- Más amena cabe representarse la lectura del Diccionario de oficios por inventar, cual el de agitador ambulante de azucarillos.

- Con los magic fingers de mi amigo Víctor a la guitarra y yo a los trastes de una voz malpensante, desarrollar un espectáculo cuyo soporte textual provenga de una selección de los monólogos, epigramas y poesías más descalabrantes que he llegado a segregar. Podríamos llamarnos Dúo Tragicósmico y titular nuestra función Agradezco que seáis pocos. Humor metafísico sin red.

- Diseñar los arcanos mayores de una baraja alternativa de tarot con misterios de mi propia cosecha, como el análogo en correspondencias simbólicas al Emperador, que sustituiría por El Biseñor de los Gusanos Tristes, un personaje entronado en la espuma formada por la marea de su eyaculación infinita y portador de una cabeza siamesa que le permitiría contemplar Cielo y Tierra bajo la luz cinérea emitida por una aureola de larvas hambrientas.

San Jerónimo empuñando un pedrulo, como si al sopesarlo pudiera cerciorar el pulso de su propio corazón, según el pintor flamenco Jan Sanders van Hemessen.

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