8.1.15

DIME CÓMO MATAS... Y TE DIRÉ QUIÉN ERES

Si la pluma es más poderosa que la espada, es de esperar que quienes manejen las espadas deseen enfundar las plumas de sus adversarios.
Friedrich NIETZSCHE
El Estado griego

Ayer me planteaba escribir una glosa sobre los previsibles efectos secundarios de la matanza en la sede de la revista Charlie Hebdo en París (incremento de la presión policial sobre la población con el pretexto de aumentar la seguridad, recorte de las libertades civiles, ofuscación patriótica, oleada empalagosa de solidaridad, etc), sin obviar la insidiosa criminalidad inherente a los monoteísmos organizados (no vayan a pensar los cristianos que su secta se conduce de forma menos beligerante cuando se siente amenazada, si incluso lejos de estarlo esgrime amagos en el artículo 525 del Código Penal), además de poner de relieve la escandalosa disparidad existente entre el valor mediático concedido a los muertos por causas violentas en los continentes ricos y los aplastados por sistema (desde frentes oenegeros, mercenarios e industriales) en las extensas zonas depauperadas del orbe, por no especular con el probable papel de los States como principal instigador del choque de civilizaciones en aquellos escenarios donde pueden arrogarse el derecho, con aspiraciones cosmopolitas, de rentabilizar la guerra contra el terrorismo y difundirla como una maniobra de remodelación psicológica sobre una premisa no por rudimentaria menos asumida para la generalidad de la audiencia: quien mueve el miedo, mueve el mundo; todo esto escardaba ayer cuando al transcribir hoy a mi hipomenata o colección de citas las frases que marqué en un opúsculo de José Bergamín, encuentro esta gema que parece tallada para la ocasión y vuelve prescindible mi argumentario:

«El crimen no lo comete sólo el criminal —dice Séneca— sino el que se aprovecha de él; o de ellos, del criminal y de su crimen. Parecería entonces que el policía, el fiscal, el juez, el carcelero y el verdugo... Y hasta el abogado y el médico. Y, ni que decir tiene, el periodista. Todos los que ganan su vida de levantar muertos. En una palabra, que quien lo comete, porque lo aprovecha del todo, es la sociedad que lo organiza».

Aunque parezca un exabrupto de innecesaria mala leche, no quiero despedirme sin aludir a la enhorabuena que supone el atentado para los jerarcas de la Iglesia Católica y los teolépticos de la comunidad de judíos ortodoxos: sin recibir la ominosa unción de una mota de sangre se han librado de iconoclastas incómodos para sus respectivos credos, a la vez que asisten a una reactivación del desprestigio que merecen sus rivales yihadistas. Eso es derribar dos pájaros de un tiro sin apretar el gatillo. Y así les alcance la gangrena de la podredumbre tras el parapeto triunfal, aquí detento mis palabras armadas de fuegos fatuos; flaco favor haría a la causa de la libertad de conciencia, quizá el único engendro digno que ha parido Occidente, si me obstinara con los sobejos como un vulgar carroñero de los que opinan, con Vitelio, que «el enemigo muerto siempre huele bien».

Crudita y elocuente, La mort de Sénèque de Claude Vignon.

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Aunque uno sea por defecto dueño de lo que calla y prisionero de lo que dice, por aquí gustan las cabezas que no marchan al pie de la letra.

 
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