23.1.15

DEL ARTE DE CONTAR NADA

Siempre me habían reprochado la extravagante imaginación que me había llevado a argumentos insólitos y tan distantes de mi experiencia como mis facultades de darles buen fin. De nada servía lo impecable de mi argumentación: crear es inventar, asacar un mundo verosímil en su propia atmósfera, sin deudas, esas sí que inverosímiles, con algo tan ajeno como la realidad nuestra de cada día.
Dimas MAS
Poliantea

Imprecisas coladas son los contornos del estilo cuya ausencia, en la investigación piromántica que lo persigue, implora ese reencuentro armonioso con la forma de la que supo gozarse agraciado al acariciar su perfil, huidizo juego de encajes como la experiencia del rostro amado antes de evolucionar en la distancia nebulosa hacia el olíbano de un momento perdido.

Accedo con mis lecturas a tales colmos de belleza, que mis pequeños textos se achican aún más tras el cursor parturiento. Creo que si me hiciera justiciero aristotélico habría de blandir el implacable I would prefer not to de Bartleby a fin de restañarme la incontinencia mental derramada en estos desencantamientos de dudoso conjuro. Puedo exhortarme a dejar que sean otros curiosos, acaso extemporáneos para que me hurten con la generosidad que no me debo, los que decidan si hay valores dignos de ser invocados entre las brumas permanentes de su génesis imperfecta. A nadie desengaño, sin embargo, colgando tulipanes de hápax entre los pliegues del velo de Maya o componiendo con las suertes y fragancias de mis obras marchitas el palafito impertinente de una suerte acibarada sobre las corrientes del hallazgo, que ya ni la espuma lúgubre de los abortos creativos llega a desembocar en la desmantelada Brautigan Library, una biblioteca consagrada al fiasco donde hasta no hace demasiado flotaban reunidos en azarosa hermandad los manuscritos rechazados por las editoriales y donados por los autores, supongo que inoperantes para guiarse con sus criaturas a imitación de Abraham con Isaac, su respectivo gazapo.

La tragedia, bayadera fatal, reserva un contoneo feroz a cada espectador involucrado en los misterios y peripecias de la danza humana. Pensando en ella me tocaré a rebato, para que luego digan mis fementidos mengues, francos en las pullas de sus medias mentiras, que el alma se me escapa por el rabo...

Me topé con el cabriseñor del cuadro en esta galería de Bill Mayer.

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Aunque uno sea por defecto dueño de lo que calla y prisionero de lo que dice, por aquí gustan las cabezas que no marchan al pie de la letra.

 
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