21.11.13

LA MANO IZQUIERDA DE LEVIATÁN

El comienzo de todas las sociedades grandes y duraderas no ha consistido en la buena voluntad que los hombres se tenían unos a otros, sino en el temor recíproco. 
Thomas HOBBES
Tratado sobre el ciudadano

En parte porque el Estado ya no puede permitirse el coste de ejercer un poder anquilosado a la usanza cuartelera, en parte porque la implantación de las nuevas tecnologías —que, como internet, tienen su origen en el ámbito castrense— dotan de medios y servicios autodisciplinarios que mejoran los modelos tiránicos de gobierno con todos los efectos del totalitarismo aunque sin algunos de sus defectos más acusados, está en la lógica de nuestra época que el orden exterior que rige para los bienes acceda al ordenamiento interior de las experiencias. Congruente con lo antedicho pero escandaloso para un concepto retributivo de la justicia, más que trivial como dato resulta revelador que cada vez extrañe menos a especialistas y profanos que los tribunales, a la hora de juzgar a alguien, consideren prioritario el examen de la personalidad sobre los actos. Lo importante para la regla instituida parece residir en la disponibilidad o indisponibilidad de la forma de ser, en conocer el grado de tolerancia a la deformación de cada ser.

Como una continuación por otros cauces del adagio en el que Claude Bernard aseguraba «no hay enfermedades sino enfermos», Foucault ha señalado correctamente que «se juzga al criminal antes que al crimen», y lo que esta observación pone de relieve es que en los fundamentos del código penal preexiste la tentativa de corrección moral según los criterios de quien, valiéndose del aparato legislativo, trata de diseñar a su ventaja y entender la estructura y el contenido de las relaciones humanas, motivo inmortalizado en la paremia «hecha la ley, hecha la trampa» y excelente razón para argüir que en todos los delitos, lejos del discurso oficial que juega con procurar el tratamiento médico preciso a las conductas que reinventa como patológicas y para las que busca la reinserción cuando falla la prevención, subyace una cuestión determinada por las asimetrías y eventuales confrontaciones de poder; todos los delitos, por tanto, alteran en primerísima instancia una susceptibilidad política concreta. Para Hobbes, muy afecto a la sentencia categórica, «donde no existe ley civil no existe delito», dejando a la vista una fisura social que otros, más aguerridos, han tomado después como punto problemático de partida para blandir la teoría de los izquierdos frente a los derechos.

En realidad, las leyes no combaten la ilegalidad que han previsto por el peligro que puedan representar las transgresiones para la seguridad pública, más bien persiguen las expresiones que escapan de su control con el objeto de sistematizarlas en la regulación del crimen que, como cualquier otra actividad, cae dentro de los cometidos, explícitos o silenciados, del derecho, cuya potestad no funcionaría sin arrogarse la inocencia para evaluar y castigar a los súbditos bajo la excusa de un conjunto de abstracciones que remozan el artefacto simbólico encargado, en tiempos premodernos, de sancionar en el regente la majestad personificada de Dios sobre las almas. Para el poder, la delincuencia no supone un conflicto por sí misma ni es un accidente aparejado al desvelo de su enmienda; lo dota, por el contrario, de una herramienta estratégica que timonea mediante dispositivos específicos de transacción y maneja en su propio interés a modo de mesnada soterrada.

Huelga añadir que cuanta mayor alarma causen los hechos criminales, con mayor grado de conformidad asumirá la población la vigilancia y represión policiales. Siempre que se declara desde arriba la voluntad de atajar un mal se da alas a otro. Y mal por mal nunca fue bien, sino remal.

Hoy tomo por insignia a Jasón encantando al Dragón de Salvator Rosa.

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