23.11.13

EXCULPATORIO

Los actos de los hombres no merecen ni el fuego ni los cielos.
Jorge Luis BORGES
Fragmentos de un evangelio apócrifo

Si juzgar al padre por el hijo y al hijo por el padre manifiesta atamiento de criterio aun sabiendo lo mucho antes que poco pueden deberse el uno al otro, ¿cuán inaceptable no será tomar enteramente al hombre por su obra, o a la obra por el hombre que le sirve de partera, una vez se entiende que ambos, emparentados por la causa y el efecto, no obstante pertenecen a especies distintas?

Como la incomprensión que lo motiva, todo juicio es a mi juicio inevitable; inevitable, múltiple y fugaz cual esa verdad mutante que se chotea de cuantos la quieren en propiedad y juega al arte de engañar manteniendo veredictos irreconciliables para desmentirse mejor. Sólo desde el último tramo de su declive puede ser juzgada la vida, y sólo un nivel de creciente desengaño puede aproximarla a la objetividad funeraria. Mientras la huesuda urde, júzguese a cada uno por los actos que materialmente lo delatan, pero hágase el arbitraje sin ignorar que el espectáculo humano no está hecho para ser ordenado, que el iluso alarde de enderezarlo nada más lo afea, y que nadie sujeto a su trama es culpable, salvo quien tal se siente. Recuérdese que en cualquier régimen de tasación moral no se castiga por reparar, sino por venganza, y tampoco se perdona por amor, sino por vanidad. La única indulgencia posible la concede el olvido al que se llega, en ocasiones, por querella de necesidad.

Una de las seis piezas del Políptico de la muerte que se conserva en el Museo Nacional del Virreinato, en Tepotzotlán, y yo tuve la suerte de encontrar en El blog de la Muerte.

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