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Esther VILAR
El varón domado
Sin ganas de armar otra exégesis lexicográfica, y aún con menos humos para armarla —como la ocasión merece— contra quienes desde las ramas del verbo se aferran al sesgo del género creyendo asir con él todo principio moral, encuentro por los márgenes del asombro una razón válida que cualquier persona inteligente podría aducir en amparo de objeciones mayores cuando tropiece en el lexicón realacadémico con la semántica de «feminismo», voz que allí se define en primera acepción como «igualdad de derechos entre el hombre y la mujer», lo que invita a plantearse una lectura adicional: ¿qué pasaría si, mediante una acción recíproca, alguien propusiera alternar el uso de ese vocablo con el término «masculinismo»?
A efectos de una superación complementaria de estas rivalidades empobrecedoras, la opción en verdad cabal consistiría en aportar una palabra neutral, inclusiva e incluso transversal a ambos géneros, y he aquí que no será menester urdir neologismos ni tender la propia lengua como alfombra roja a la intrusión de barbarismos porque ese vocablo idóneo existe y data de un concepto nacido en la Hélade: isonomía, que significa igualdad ante la ley, sin restricciones de sexo, clase, nivel de renta u otras contingencias en virtud de su etimología, compuesta por el prefijo iso-, igual, la raíz nomos, norma incardinada en la costumbre, y el sufijo de cualidad -ía. Helena, una de las eruditas que hay detrás del Diccionario etimológico español en línea, explica que «entre los griegos ἰσονομία se utilizó algunas veces casi como sinónimo de democracia. De hecho suelen caracterizar el sistema democrático por tres rasgos: isonomía (igualdad jurídica, ley igual para todos), isegoría (libertad de expresión, igualdad de condiciones para hablar y discutir en el ágora, en la asamblea) e isocracia (igualdad de condiciones de acceso a los cargos de poder)». Nada que ver, por otra parte, con la superstición que da boga a los gobiernos parlamentarios desde que los tronos endogámicos quedaron demodés.
Al feminismo supremacista, que hoy parece haberse adueñado de las reivindicaciones con forma de mujer en el ámbito de la cultura de masas, lo adecuado sería denominarlo «hembrismo» en justa paridad con el «machismo», así las pugnas que mantienen por la alfalidad del establo resultarían empatadas en la bajeza que comparten como fuerza aglutinante. Y por ende no se tema cavilar, a partir de esta apostilla, acerca de la utilidad que tiene la «guerra de sexos» para consentir al Estado nuevas atribuciones sobre las vidas privadas, para que las relaciones domésticas sirvan de foro a la inspección ideológica y, por supuesto, para soslayar la atención debida a la lid natural que se libra, en todos los órdenes de coexistencia, entre los brutos que siguen las consignas como mandamientos y los lúcidos que oponen a la estulticia común un pensamiento orientado a esclarecer, no a enardecer, las causas de las pasiones involucradas en los conflictos sociales.









