30.8.17

A CADA FECUNDIDAD SU CADÁVER

¿Por qué te ensoberbeces, ceniza? Polvo, ¿por qué presumes? ¿Qué locura es esta que os tiene ciegos en mitad del día?
Miguel de MAÑARA
Discurso de la verdad

Ya se frustre el hijo en los crisoles uterinos o en la sucesión de fruslerías que amortajan las edades de un títere, pase lo que pase con el fiasco de forzar el alma a encarnar el disparate de un «flan con pelo» —decir es de maginador—, la maternidad entraña siempre licencia para matar. Yerra, pues, la defensa del aborto como una baza progresista y ni puede siquiera reducirse la controversia que suscita a la muy exigua pero lícita libertad de elección cuando, por encima de cualquier otro interés particular, la interrupción prematura de un ser constituye un mal menor frente a la decisión de introducir otra vida en la maquinaria devastadora del mundo.

«Nosotros que aquí estamos por los vuestros esperamos», reza en alusión a los esqueletos de los visitantes la inscripción de entrada a la Capela dos Ossos en Évora, ciudad portuguesa.

3 comentarios:

  1. Golemita2/9/17 22:37

    Gravosas palabras ondeas cuando asocias, como la sombra al cuerpo, el crimen a la maternidad.

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    1. Visitante de secretas connotaciones nominales, bienvenido seas con tus objeciones a quien tiene por virtud el incómodo pero no injurioso gusto de poner en cuestión los hábitos y creencias que solo por estar arraigados en un sistema renovable de intereses tienden a parecernos benignos.

      A ninguna madre que haya traído hijos o los haya arrancado de su vientre podría yo incriminarlas y, sin embargo, en nada cambiaría mi contención la dura realidad donde se hace patente que multiplicarse es, a nivel ontológico, el equivalente de una tiranía a nivel político. La cantidad de usos atroces que se le puede ocasionar a un cuerpo humano solo es superada por las atrocidades que ha representado en la historia nuestra especie. No condeno lo que somos ni lo celebro, me limito a tomar distancia con el fin de analizar la obra trémula que se me muestra entre el agujero de donde venimos y el agujero hacia el que vamos.

      Admito que mi tono apodíctico sea reprochable cuando es recogido por oídos inadaptados, como no niego que más por razones de estilo que de actitud algunos de mis escritos resultarán hirientes a raudales, y, no obstante, la lectura del mundo que apunto con mis palabras se mantendría invariable aun si accediese a la necesidad que a menudo siento de hacerme callar. No he venido a remover avisperos, sino a indicar los que pasan desapercibidos a simple vista. Así pues, la ofensa no se cuenta entre mis objetivos; prefiero verme y ser entendido como un corresponsal de guerra que trae malas noticias del frente o que se ha malacostumbrado a glosar algunas batallas que muchos de los involucrados en ellas se resisten a contemplar en toda su espantosa dimensión.

      De mí mismo puedo declarar que quiero a mi madre sin querer privarla de ninguno de los defectos donde también reconozco, antes que caracteres compartidos, un trenzado carnal de fatalidad. Entre las concesiones afectuosas que me unen a ella mencionaré la promesa silenciosa que le he hecho de no atentar contra mi vida mientras la suya transcurra. Este simio sintáctico no le dará nietos ni tampoco lágrimas prematuras; no hacer vida y no hacer muerte son renuncias con las que frustro desdichas enormes bien fáciles de pronosticar. Y es que a diferencia de lo que opinan el torerófilo Fernando Savater y otros acomodadores del pensamiento respecto al valor ético de evitar daños a otras criaturas sensibles, postulo el carácter cuando menos indecoroso de los propósitos fundados sobre la extensión del sufrimiento ajeno.

      Hace poco aprendí, en referencia a las tragedias griegas, que Aristóteles llamaba hamartia al acto que por error o inconsciencia de los protagonistas marca el inicio de su progresión hacia la catástrofe. Dentro de la trama, la circunstancia de ignorar los males desatados por la imprudencia de una acción no es para ellos un eximente de responsabilidad. Me atrevo a pensar, no tanto con ánimo de rechazo cuanto en justa ponderación filosófica, que para los humanos traer descendencia supone la madre de las hamartias. Al mismo tiempo, si viéramos en la creación una prerrogativa divina y en su imitación homínida una idolatría vituperable, como algunas tradiciones religiosas proponen, ¿qué repertorio de epítetos provocaría la procreación? Por fortuna, mi religiosidad no funciona de esta manera...

      Tomando en préstamo la ocurrencia, en la entrada he hablado de «flanes con pelo» con una ironía que Platón no tuvo al definir al ser humano como un «bípedo implume»; más exacto hubiera sido hacer mención en mis líneas de que cada uno de nosotros es un golem.

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    2. Golemita, olvidé agradecerte que con tu escolio me dieras pie a asomar el alma que subyace a la escabrosidad proverbial de mis textos.

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Aunque uno sea por defecto dueño de lo que calla y prisionero de lo que dice, por aquí gustan las cabezas que no marchan al pie de la letra.

 
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