23.8.17

DEL RASPONAZO LABORAL

Gustave Caillebotte, Les raboteurs de parquet
Ganar tiempo: hasta ahora eso quería decir guardar momentos para uno mismo en mitad de las tareas serviles y agotadoras. Ahora significa productividad empedernida, acumulación maniaca de años suplementarios arrancados a la cronología.
Pascal BRUCKNER
La euforia perpetua 

¡Oh dioses, cuántos hombres hace trabajar un solo vientre! 
SÉNECA
Cartas morales a Lucilio

Al vasallo contemporáneo se lo bombardea de manera intensiva para que luche no contra sus enemigos reales, que desde su relación de inferioridad son para él difusos, inaccesibles y anónimos fantasmas, sino contra sí mismo con toda la artillería de una competitividad equiparable al desquiciado torneo de andariegos narrado por Stephen King en La larga marcha, una obra no menos descriptiva de una época que Nosotros, de Zamyatin, o la película Brazil, de Terry Gilliam, entre otras miradas capaces de captar el reverso lóbrego del progreso.

Sin menoscabo de que el trabajo pueda ser concebido como un distraído refugio para el saturado de sí y como un medio de creación a juicio de artistas, investigadores y otros animales de ingenio, la realidad predominante es la de funcionar como un simple medio de conservación: si no lo tienes, te aplastan, y si lo tienes, te asaltan. Que la dignidad del trabajo remunerado es un valor cuestionable al que subyace una sordidez asentada en un sinfín de presiones mentales y materiales se advierte con especial crudeza en los riesgos de indigencia, repudio moral y defenestración civil que comportan las tentativas de salirse o desviarse de la prioridad que ocupa en la vida presente la obligación de tener un empleo. No es necesario ir muy lejos para encontrar autoridades que avalen esta afirmación: Ayn Rand, una de las más ardientes defensoras del liberalismo al integrista estilo americano, sostiene la opinión de que «no hay forma más segura de destruir a un hombre que forzarlo a estar en un puesto donde su objetivo deba ser no hacer las cosas lo mejor que sepa, donde debe luchar por hacer un mal trabajo, día tras día». En efecto, nada prueba mejor lo bajo que ha caído la especie humana en este campo que la molestia que se toman empresarios, exactores, padres y pedagogos por inculcarnos la idea motriz de que el trabajo es un bien por excelencia. ¿A cuento de qué tanto optimismo? Tirando de Oscar Wilde respondería que se debe «al puro terror». Y según Nietzsche, a quien no he tenido el gusto de saber contradecir sin contradecirme, «fantasmas tales como la dignidad del hombre y la dignidad del trabajo son los productos mezquinos de una esclavitud que se oculta a sí misma».

Como las causas de opresión a escala individual ilustran con dramatismo el grado de ruina que puede verificarse a escala nacional y viceversa, diríase que un país que se enorgullece de ser una «marca» y mide su nivel de prosperidad en función de las cifras brutas del crecimiento, está decidido a arrastrarse al dictado de los proxenetas financieros sin ningún miramiento hacia sus habitantes ni sus descendientes, a los que ha hipotecado a cambio de subir algunas cotizaciones de la fábrica de perdición donde trae, como puta por rastrojo, los reclamos de su identidad. «Morir y desaparecer no son sinónimos para una nación», constata el forense insobornable del último siglo que fue Gómez Dávila, y en vista del desarrollo que ha tomado la autopsia de las naciones a manos de los grandes inversores y de sus agencias de descalificación, sería menos catastrófico para el ánimo y más realista para la percepción del dogma economicista que el asalariado en paro comprendiera que la incapacidad para trabajar no es suya, sino del mercado laboral, al que no sería exagerado denominar feria de esclavos por mor de su especialización en lograr que el empleador cuente con un arsenal infinito de mano de obra de repuesto al precio más barato y en las condiciones menos escrupulosas, incluso si para ello hay que recurrir a la farsa de atizar al candidato con pretextos desnortados, como el cada vez más recurrente rechazo por «sobrecualificación» profesional.

A nadie desengañaré si hago notar que el trabajo ya no garantiza por defecto una renta estable y decente a las personas que lo ejecutan, ni asegura el hecho de estar dado de alta la pertenencia a un grupo social protegido con derechos. El trabajo muestra hoy su peor resaca histórica a lo largo de las degradaciones paulatinas que ha de asumir como normalidad el contratado, al que los señores del nuevo orden quieren ver reducido al mínimo común desechable, el precariado, figura emergente de la nueva y cuasidistópica ciudadanía a la que yo mismo anticipé con el rebuscado y olvidable nombre de labilidariado. Se puede acabar aceptando con relativa entereza que la dura realidad del trabajo sea, desde una edad temprana, la vía principal de retribución para cubrir las necesidades básicas, pero que la valía singular, el reconocimiento público y el uso del tiempo se supediten a este canonizado concepto ganadero es una cláusula tan penosa que ni el más idiota de los lacayos la aplaudiría. ¿Hasta cuándo consentirá la codicia imperante que la humanidad se deshaga de sus finados en lugar de multiplicar con ellos los eslabones de la cadena de consumo? En las zonas populosas del orbe, un rumor de dentelladas alerta que la carne de los exánimes podría valer más que las labores de los doblegados.

Infortunio asignado a los esclavos, el trabajo en la cultura grecolatina no fue por definición un tipo de actividad que se vieran forzadas a realizar las personas libres, como sucede ahora. Otra ventaja de los escándalos del mundo antiguo sobre nuestra hipócrita celebración de la libertad es que tanto los esclavos como las bestias de labranza holgazaneaban los días festivos, que en el Imperium se estima fueron más numerosos que los consagrados al trajín de los oficios, de ahí la necesidad de mantener entretenido al pueblo llano mediante baños, lupanares y espectáculos. Además, mientras a un esclavo había que proporcionarle vivienda, alimento y atuendo, el trabajador actual debe costearse con su peculio menguante estos y otros gastos. La eficiencia de la industria moderna podría habernos descargado de las tareas más pesadas si la mezquindad de sus amos, cohonestada con el apetito de los consumidores embelesados, no nos hubiera subyugado a la renovación de un cometido sin descanso, de una consunción sin tregua.

«Mejor el día de la muerte que el del nacimiento», reza al bies de su bruma milenaria el Eclesiastés, y a mayor abundamiento podríamos aducir en consonancia que puesto que nadie ha pedido venir a la existencia y nimio es cuanto puede hacer por enmendar el metrónomo del mundo a cuya danza feroz ha sido empujado, todas las personas deberían tener derecho a una vida regalada o ese, al menos, habría de ser el horizonte exigible a una sociedad organizada a partir de la sensibilidad, no a costa de violarla. Comoquiera que el programa de los capataces económicos debe su triunfo al encanallamiento de las circunstancias con una lógica inmisericorde que impone austeridad a fuerza de derroche, nada más natural para el credo capitalista que desacreditar el principio de gratuidad —estimulado en la encíclica Caritas in veritate por Benedicto XVI— y execrar como un activo tóxico cualquier método de gestión de los recursos que respete, por encima de todo, el ser de cada ser. De la cuna al féretro, la individualidad resulta estabulada como «capital humano», es otra mercadería ligada al feudo de unos rendimientos viciados, de unas rendiciones retropopulsadas, donde tiempo significa deuda creciente, nunca dominio propio, y el ocio se factura como una calculada dosificación de recompensas que prolongan por etapas el voto de productividad. El futuro, de acuerdo con esta alienación sucesiva de lo propio y de lo ajeno, fecunda la matriz imaginaria donde el capital se inventa la demanda desmandada de su más irresistible oferta, la univocidad.

Hemos pasado de una economía en expansión, dispuesta a hacer concesiones a la masa con sus excedentes, a una economía de concentración que avanza como una cruzada cuya primera ofensiva ha desplazado la realidad humana hacia las timbas del interés crediticio; todo lo demás debe ser suprimido como una presencia deficitaria. Ante la coacción sistemática de esta economía desalmada y desalmante, hecha por y para la hibris, no es eludible pensar en las neoplasias e hipertrofias del poder fáctico que fiscaliza cada tramo y pormenor vital al igual que antaño el poder eclesiástico tomó a su cargo la monitorización del sujeto, aunque para el desamparo del alma coetánea sea la técnica computacional el ojo totémico que ostentó la ortodoxia. A semejanza de lo que se ha hecho con el poder religioso en los Estados laicos, contra el desafuero urge disociar el poder político del económico para que los caudillos de la especulación encuentren dificultades severas a la hora de sabotear las administraciones públicas siempre que las reputan poco rentables, proclives a actuar con independencia o, sencillamente, cuando no están por acatar el seppuku de someterse a la agenda de una oligarquía que extiende su red de sargazos clientelares. 

«¿De qué aprovecha al hombre ganar todo el mundo si pierde su alma?», leemos en Mateo. Para David Frayne, estudioso de la ética del trabajo, «como sociedad, tal vez estemos perdiendo el control sobre los criterios que juzgan que una actividad es significativa y merece la pena, aunque no contribuya a la empleabilidad o a las necesidades de la economía. Esas actividades y relaciones que no pueden defenderse en términos de aportación económica están siendo devaluadas y descuidadas». Y no se queda corto, pues no solo son devaluadas las actividades según este rasero, sino también las actitudes, y atacadas ambas por la sofistería de la recuperación, la estabilidad o cualquier otro procustiano lecho crematístico. Frente a un plan de mercado que condena todo lo que no hagas «con el sudor de tu rostro», justo sería honrar todo lo que haga uno por no cumplirlo, desde la ignavia a la contemplación, como una posición reconquistada. No en vano, en sus Avisos espirituales San Juan de la Cruz indicaba: «El que cargado cae, dificultosamente se levantará cargado». Soltemos lastre, rehusemos la carga de tanta ansiedad, de esa absurda carrera hacia el nunca llegar. Berdiaeff, un profeta tardío de origen ruso al que no se consultará sin hacer acopio de hallazgos, bendice la moción: «Para poder continuar viviendo, los pueblos en quiebra se verán quizá obligados a emprender otro camino: el de la limitación de las ambiciones de la vida —poniendo un freno al aumento indefinido de las necesidades—, el de la limitación de la procreación; será el camino de un nuevo ascetismo, es decir, la negación de las bases del sistema industrial-capitalista». En puridad, se trata de «sustituir el principio de la competencia por el de la cooperación» para «pasar a una cultura material más simplificada y elemental y a una cultura espiritual más compleja». Estas palabras, que vieron la luz en 1924, podrían haber sido escritas en la víspera de mañana con idéntico tino, y aunque parezcan hijas del capricho la pertinencia del vaticinio que las secunda no deja lugar a dudas: «El fin del capitalismo es el fin de la historia moderna y el comienzo de la nueva Edad Media. La grandiosa empresa de la historia moderna debe ser liquidada, el negocio no ha salido bien. Pero antes quizá la civilización técnica intente el experimento de desarrollarse hasta sus últimos límites, hasta la magia negra, a la manera del comunismo». Un síntoma inequívoco de esa socialización extrema es la transparencia que ha barrido la frontera entre la explotación, el control policial y el espacio íntimo. La nueva docilidad es instalada en la interioridad desde los gustaderos de ágoras postizas. Allí donde la persona cede sus vivencias al politburó virtual formado por compañías dedicadas a patentar el mundo que succionan, está la nueva cantera. 

Hoy por hoy, excepción hecha de una espumosa minoría, dejar de trabajar por completo es imposible y fiable augurio de contrariedad sembraríamos en el pensamiento si loásemos el porvenir del maquinismo aferrados a la esperanza de poseer criados robóticos inteligentes u otra clase de asistencia tecnológica que prometiera el advenimiento del fin del trabajo, a despecho de la revolución gloriosa pontificada por los cuentacuentos del MIT. El seguidismo, empero, no me complace, y con la autoridad de afectado que me otorga el mal compartido de haber nacido currito, se me ocurre una batería de medidas pacíficas de contención que haga frente a la avidez de totalidad de los depredadores económicos y ceda el territorio expropiado al resto de la población bajo el velo de la crisis, la recesión o como quieran bautizar al monstruo. Entre otros reajustes contra sus desbarajustes, un ingrediente primordial para que la gente pueda llevar una existencia menos prostituida tiene en la reducción de la jornada laboral su punta de lanza; de no ser así, la riqueza producida por los colectivos más exprimidos seguirá ocasionando que otra parte de la sociedad sea conducida al purgatorio del subsidio o al matadero de la depauperación... ¿Me he convertido en un cándido? Por el auge de esta iniciativa yo saludaría exultante la sustitución de la semana de siete días por la de seis, de los cuales cuatro serían laborables y dos de libranza con un máximo de veinticuatro horas semanales de faena. Humanizar las jornadas laborales aliviaría la cuota de sobrecarga y desgaste que soporta el trabajador, pero no supondría sin más que la actividad desarrollada fuera valiosa para él, inocua para la sociedad o menos exigente respecto a la entrega emocional que cunde como estandarización profesional dentro y fuera del sector servicios. La rutina mecánica preponderante en la era industrial, que desdeñaba la psique del trabajador mientras sus fluctuaciones no interrumpieran el quehacer, está siendo reemplazada por la implicación afectiva del operario en los objetivos de la organización; por ella debe adecuar los sentimientos a un nivel mental que inyecte en el ambiente donde actúa el estado más fluido, motivado y comunicativo en su relación con los demás, sean estos jefes, compañeros o clientes. Conminado a ser sonriente y parecerlo, o a parecerlo y serlo más bien, el trabajador que sufra la desgracia de enfermar padecerá la dolencia añadida de una penalización salarial. Aclarado este punto, discutir sobre las virtudes de la modificación del calendario sugerida y sobre cuáles han de ser los estratos donde recaiga el coste de la transición es levadura de otro pan; baste recordar a propósito la obviedad de aquellos que se han lucrado impunemente de una situación gravosa para amplias capas de la sociedad, y baste asimismo mencionar que solo el miedo de los votantes y la conchabanza del gremio político desaconseja reclamarles las debidas responsabilidades por haber inflado su botín con la todavía humeante campaña de tierra quemada que nos ha colocado en un marasmo donde apenas columbramos un cobijo sostenible de civismo. Lewis Mumford explicaba que «el robo es quizá el medio más antiguo de evitar el trabajo, y la guerra rivaliza con la magia en sus esfuerzos por conseguir algo por nada». Aquellos a quienes señalo nos han saqueado; han hecho del pillaje una estructura de gobierno y del gobierno una franquicia de guerra.

Tras una aproximación al «espíritu del capitalismo» desde el mirador erigido por el conocido ensayo de Weber, asombra ver cómo la institución del trabajo ha acabado siendo una fuente de disciplina fabril que sincroniza los ritmos biológicos, afectivos y lúdicos de sociedades enteras; cómo su desbordamiento del ámbito corporativo que le era propio ha hecho de la industrialización de las costumbres y de la racionalización comercial de las preferencias una razón de ser a instancias de una base religiosa, la puritana, que podríamos inventariar con la signatura destinada a las creencias nefastas, dicho sea con la venia de Calvino, quien tenía por enseñanza suprema que el esfuerzo en el trabajo y el éxito en los negocios son señales de haber sido tocado con la gracia divina. De aquellos cilicios, estas costras; mientras tanto, el diagnóstico que hizo Marcuse en El hombre unidimensional conserva su vigencia: «Vivimos y morimos racional y productivamente. Sabemos que la destrucción es el precio del progreso, como la muerte es el precio de la vida, que la renuncia y el esfuerzo son los prerrequisitos para la gratificación y el placer, que los negocios deben ir adelante y que las alternativas son utópicas. Esta ideología pertenece al aparato social establecido; es un requisito para su continuo funcionamiento y es parte de su racionalidad». 

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