14.8.17

LO JURO POR MIS HUESOS

René Magritte, La locura de Almayer
Es la vida lo que da miedo, no la muerte; que esté siempre al borde de la extinción y que exista donde no debería.
Mateo GIL 
Proyecto Lázaro

Con un deje de humor británico y un eje de simpatía latina, hace notar mi bienquisto J. Z., padre de una niña preciosa, que «no solo deben tener hijos los malvados; hay que contrarrestar a los del Opus». Entiendo la buena fe, valga la concomitancia, de su actitud; el problema, según lo percibo, es seguir tributándole inocentes a la opus de este horrible mundo, por no hablar de que pensar en los hijos como agentes del cambio social o de la expansión familiar es otra forma de servirse de ellos como objetos, y en última causa el percutor para convertirlos en legionarios del colonialismo biológico programado por los genes. Por supuesto, mi contertulio aclara que «es una forma de hablar» pues «no se tienen hijos por tener un ejército mayor que el contrario». Claro que no. Por encima de los propósitos individuales, engendrar hijos es un acto que boga en una misma dirección; por debajo de los motivos aducidos por sus responsables, el gancho para engendrarlos se restringe de ordinario al sentimiento hogareño de fundar una estirpe, versión en pantuflos de la necesidad heráldica de perpetuarse como remedo de la inmortalidad personal. Aun si los churumbeles se tuvieran por amor, lo que no sucede tanto como se cree, la naturaleza juega con nosotros para que la vida perdure. Ambas son las caras de una misma realidad, salvedad hecha de algunos desmedrados que, como yo, proclaman de manera pacífica la dignidad de ser un callejón evolutivo sin salida frente al apenas cuestionado poder genitivo de las hembras. «El corazón es muy práctico en engaños —podría afinar al respecto Chateaubriand—; y todo el que se haya alimentado en el seno de la mujer, ha bebido en la copa de las ilusiones».

Nuestra charla ha proseguido, dentro de la más exquisita cordialidad, en unos términos de los que quisiera retener el momento álgido por su valor ilustrativo. Agradezco a quien la ha hecho posible su paciencia conmigo, así como su consentimiento para compartir nuestro intercambio dialéctico con quien tenga el gusto de alternar puntos de vista, en los que constato mi voz como la parte cargante del diálogo:

—Con la maternidad —arguye mi amigo— se nos escapa un factor de suma importancia: no somos mujeres. Y aún más cuando por naturaleza los hombres solo podemos ser copuladores que sueltan la semillita en campo ajeno. Es como si nos quejáramos de sufrir discriminaciones en una sociedad racista sin pertenecer a ninguna de las minorías perjudicadas. 
—Acepto tu objeción e intentaré darle la vuelta.
—Por si fuera poca diferencia, no llevamos a la criatura alojada en el cuerpo durante nueve meses. 
—Eso no les da ningún derecho a las madres, solo es la constatación de un poder privativo en nuestra especie del sexo femenino. Crucemos los dedos para que siga siendo así.
—Ja, ja, ja.
—Ver la maternidad como un derecho viene a ser una perspectiva análoga a la que justifica la supremacía de un sector de la humanidad sobre otro. Consideremos el caso de una sociedad esclavista, donde su economía dependa de la fuerza de trabajo de personas que por imperativo legal y vicio consuetudinario están condenadas a ser propiedad de quienes tienen consolidado su estatuto de amos. En una sociedad de ese tipo, la gran mayoría pensará que la esclavitud no supone ningún daño para quienes la padecen, sino que por el contrario es lo más natural del mundo, y se mirará con iracundo recelo y racionalizada enemistad a los abolicionistas, gente subversiva que conspira contra el orden establecido. Ahora bien, ¿el hecho de que la maternidad se contemple como un derecho humano fundamental excusa por ello el daño a terceros que supone traer más vida doliente a este mundo? Mi respuesta sería que no, de la misma forma que una legislación favorable a la esclavitud tampoco la justifica moralmente.
—Cuentas con que hay un daño por el hecho de nacer. Muy bíblico…
—En efecto, y el primer detrimento de todos, el padrino de ellos, es la arbitrariedad a partir de la cual se precipitan otras manifestaciones ineludibles de sufrimiento, algo que ningún padre, por auspiciosas que sean sus intenciones, puede ahorrar a su prole. A esas concreciones variables pero insoslayables del daño que comienza con la gestación y concluye con la guifa me gusta llamarlas «contraindicaciones vitales». La lista de ellas es ingente.
—Luego para evitar ese daño habría que eludir la maternidad.
—Aplicado a nuestra especie, el principio de no agresión comienza por no hacer daño de vida. Sin embargo, no pretendo actuar como un censor, me limito a plantear objeciones que contribuyan a que uno piense mejor, con más tacto, el sufrimiento innecesario que puede ocasionar a otros seres cuando decide procrear. La vida ya es demasiado dura por sí misma como para ver un motivo de festejo en la incorporación de otro ser al descalabro que aquí reina.
—Eres un desencantado de cojones.
—¡Nunca mejor dicho!
—Me parece una postura maximalista, aunque entiendo tu razonamiento.
—Si relativizamos todo el mal existente, como suelen hacer los criadores aprensivos cuando evalúan las contingencias nocivas que planean sobre sus hijos, nada real nos parecerá demasiado malo contra la posibilidad precaria de hacer bien, de modo que no temo ser maximalista en materia de ética siempre y cuando el criterio adoptado no pretenda imponerse fuera del fuero individual. O en otras palabras, nunca haría extensiva mi postura moral al ordenamiento jurídico. Abogo porque la ley no se inmiscuya en lo que hace cada uno hace o deja de hacer con sus genitales, incluso si como resultado conlleva el perjuicio de producir más vida.
—En el fondo es una postura libertaria.
—Puesto que hay necesidad de regular derechos y deberes para un amplio abanico de visiones de la realidad, el principio menos lesivo para dar cabida a las diversas sensibilidades es el respeto a la noción de soberanía personal. No obstante, convendría implantar algunas disposiciones frente a los peores grados del daño causado por el nacimiento. Creo así que debería penalizarse al insensato que procrea a sabiendas de que su progenie padecerá graves deficiencias innatas. Asimismo, a título preventivo, introduciría la figura de una institución civil basada en un juramento que los padres habrían de formalizar ante la autoridad judicial. Tengo algunas líneas esbozadas.
—Pásamelas para saber a qué atenerme.
—Ahí va:

PROMESA AL HIJO

Juramento natalicio en virtud del cual se suscriben las atenciones y prestaciones fundamentales que los progenitores se comprometen a proporcionar a sus descendientes, so pena de ser demandados de oficio por haber impuesto con voluntad dolosa una vida en condiciones inaceptables.

Juro por la memoria de mis antepasados, por la viabilidad de mi genotipo, por la salud de la linfa que mantiene sano mi organismo, por los hematíes que oxigenan mis tejidos y por la firmeza de cada uno de mis huesos, que decidido como estoy a cometer el abuso de emplear mis gónadas con fines reproductivos, paliaré a mis hijos, de acuerdo con los mínimos fijados por la ley, la enfermedad, la pobreza, el trabajo, la inadaptación, el desaliento; estos y otros males, cuantas penurias y penalidades entraña el tránsito por la existencia, hasta que mi muerte o la suya nos separe.

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Aunque uno sea por defecto dueño de lo que calla y prisionero de lo que dice, por aquí gustan las cabezas que no marchan al pie de la letra.

 
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